Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
Lockwood se frotó con la palma de la mano una herida producida en el cuello con la navaja de afeitar.
– Tiene una irritante manía de enfocar indirectamente ciertos temas, inspector. Un comportamiento que no me esperaba en un policía. ¿Por qué no me pregunta lo que tiene ganas de preguntarme, y se deja de subterfugios?
– Sólo me estaba preguntando -sonrió Lynley-. Si Giles Byrne exigió el pago de una deuda que no entraba en los planes que usted tenía para el colegio. Si tenía la intención de enviar la mayor cantidad de estudiantes posible a Oxford o Cambridge, o al menos más estudiantes de los que habían sido enviados desde la guerra, no le haría ninguna gracia que le impusieran a un estudiante poco dotado.
– Nadie me impuso a Matthew Whateley. Fue elegido, mediante un procedimiento justo en el que participó toda la junta de gobierno.
– ¿Y Giles Byrne en particular?
Lockwood empezó a perder los estribos.
– Escuche -siseó-. Usted dirige la investigación, pero yo dirijo la escuela. ¿Está claro?
Lynley se levantó. Havers le imitó, guardando el cuaderno en su bolso. Lynley se detuvo en la puerta del estudio.
– Dígame una cosa, rector. ¿Sabía que John Corntel y Cowfrey Pitt habían intercambiado sus guardias de fin de semana?
– Sí. ¿Representa algún problema?
– ¿Quién más lo sabía?
– Todo el mundo. No es ningún secreto. El nombre del profesor de guardia se anuncia en la puerta del comedor y en la sala de reuniones de los maestros.
– Ya. Gracias.
– ¿Qué tiene eso que ver con todo lo demás?
– Tal vez todo. Tal vez nada. -Lynley se despidió con un movimiento de la cabeza y salió de la habitación, seguido de Havers.
No hablaron hasta que estuvieron fuera del edificio. Se detuvieron cerca del coche de Lynley, en el camino particular. Ocho estorninos pasaron sobre sus cabezas, cortando el aire de la tarde con su aleteo. Se posaron en la mayor de las dos hayas que se erguían como centinelas a cada lado del sendero que conducía a los terrenos del colegio. Lynley observó sus evoluciones.
– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Havers.
Lynley dejó de contemplar a las aves.
– Investigar el origen de Matthew Whateley, sea cual sea. Necesitamos averiguarlo con toda certeza antes de proseguir.
– El aspecto de la discriminación, en ese caso -dijo ella, mirando de reojo el tejado de la capilla-. ¿Supone que por ese motivo Edward Hsu se suicidó, señor?
– Al igual que la provocación, el racismo es bastante insidioso, ¿no? Un chico solo, lejos de su familia, encerrado en un ambiente que le resulta extraño, en el que no se encuentra tan a gusto como quisiera.
– Más o menos, como Matthew Whateley, ¿verdad?
– En efecto, sargento. Eso es lo que me preocupa.
– ¿No estará pensando que Matthew Whateley se suicidó y que todo es una especie de complicada farsa que intenta simular un asesinato?
– No lo sé. Necesitamos el resultado de la autopsia de Slough, que el inspector Canerone nos facilitará. Los resultados preliminares nos revelarán algo, nos indicarán la dirección a seguir.
– ¿Y hasta entonces?
– Haremos lo que podamos. Vamos a ver qué nos cuentan los Whateley sobre su hijo.
Como de costumbre, Harry Morant fue el último chico en colgar sus ropas de deporte en la habitación de Calchus que se destinaba a secarlas. Siempre se quedaba rezagado cuando terminaban los partidos para no tener que mezclarse con los demás en la habitación.
No le molestaba el barullo que provocaban los demás muchachos, sino el olor a sudor y ropa sucia. La temperatura de la habitación, similar a la de una sauna, producto de las cañerías de agua caliente que corrían horizontalmente a lo largo de una pared, intensificaba este olor. Si Harry esperaba a que los demás chicos acabaran de utilizar la pequeña habitación, podía inhalar una profunda bocanada de aire antes de entrar, precipitarse al interior para colgar las ropas y la toalla de una cañería y salir corriendo, sin tener que respirar el hedor que un ama de llaves había calificado en cierta ocasión, con arrobo, de «puro aroma a chico». Siempre tardaba más de la cuenta en ducharse, cambiarse de ropa y dirigirse a la esquina suroeste del edificio, donde la habitación para secar la ropa estaba oculta a la vista de los que pasaban.
Caminaba con parsimonia en esa dirección, sosteniendo en una mano sus útiles de hockey y la toalla. Los pies le pesaban y los hombros le dolían. Sentía un hueco en el pecho que parecía ensancharse a cada hora que pasaba. Algo en su interior le devoraba sin cesar, excavando el hueco, y a Harry le parecía completamente razonable que le continuara devorando hasta que el miedo, la pena y la responsabilidad perforaran su carne, convirtiéndole en un cadáver desangrado. Recordó vagamente haber leído algo sobre un asesino estadounidense que, cuando le sentenciaron a morir en la silla eléctrica, dijo al juez que había pronunciado la sentencia: «No pueden matarme. Ya estoy muerto.» Harry empezaba a sentirse de la misma manera.
Al principio, no había sido así. El miedo le había cerrado la boca, pues no había tardado mucho en circular el rumor entre los alumnos de tercero que Matthew Whateley había sido torturado antes de morir. Como Harry no era muy valiente, el terror de enfrentarse a un destino similar había bastado para asegurar que no diría nada a nadie. Sin embargo, el dolor había reemplazado sin tardanza al miedo, engendrado por el conocimiento de que él había jugado un papel fundamental en el drama protagonizado por su amigo, engendrado por el recuerdo de la determinación de Matthew de poner remedio a la pesadilla en que se había convertido la vida de Harry en Bredgar Chambers. Por culpa de este conocimiento, el sentido de la responsabilidad le desgarraba, devorando su corazón y su conciencia al mismo tiempo. Combinado con el temor y la aflicción, bastaba para que Harry deseara poner fin a todo. Por eso, cada vez se sentía más identificado con aquel asesino estadounidense de ojos llameantes, lo cual le procuraba una especié de alivio. Si ya estaba muerto, nada podía hacerle daño.
Respiró hondo al llegar al final del pasillo, dejó escapar el aire y abrió la puerta de la habitación donde se secaban las ropas. El calor de las tuberías se alzó ante él como una muralla. Entró en la habitación poco a poco.
Era del tamaño de una alacena, con paredes de argamasa manchadas, suelo de linóleo gris y un techo ocupado en su mayor parte por una trampilla cerrada con candado, sobre la cual un estudiante, que había subido por la oxidada escalera metálica, había pegado numerosos chicles que formaban las letras «f-o-l-l-a», y el principio de una «r». Una bombilla desnuda situada sobre la puerta iluminaba la habitación, y Harry vio a esta escasa luz no sólo el reducido espacio que quedaba entre las tuberías de agua para colgar sus prendas, sino también muchas otras ropas que habían sido tiradas de cualquier manera en la habitación, y que ahora formaban pilas, impregnadas de sudor en el suelo. Al ama de llaves no le haría ninguna gracia, ni al prefecto de la residencia. Si no se ponía orden en la habitación, todos serían castigados.
Harry suspiró, inhaló una bocanada de aire fétido y caliente, se estremeció cuando recogió el montón de prendas más próximo y empezó a colgarlas de las tuberías para que se secaran. Tenían un tacto viscoso en sus manos, y cierta subrepticia pegajosidad perturbó sus recuerdos. Era como si, nuevamente, en este momento desgajado, apretara el puño contra el jersey empapado de sudor que cubría el pecho que le aprisionaba contra el suelo en la oscuridad.
«¿Quieres un revolcón, maricona, quieres un revolcón, quieres un revolcón?»
Harry lanzó un grito. Quería escapar, y tiró las ropas sobre las tuberías con la mayor rapidez posible.