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Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
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«Será como un fósil, papá. Fíjate en esta foto. Como algo que se desentierra, o te encuentras empotrado en la pared de un acantilado. ¿Qué opinas? ¿Te parece una buena idea? ¿Me darás un trozo de piedra para hacerlo?»

Podía oír su voz, tan cariñosa, tan clara. Era como si el chico estuviera con él en la habitación, como si nunca se hubiera marchado de Hammersmith. Tan cerca de él. Mattie se encontraba tan cerca.

Kevin aferró los tiradores del cajón superior y lo abrió. Sus manos temblaban. Consiguió impedirlo asiendo con fuerza el cajón, pero no logró aplacar su respiración entrecortada. La lluvia golpeaba contra el tejado de la casa y se filtraba por las tuberías de desagüe. Durante unos segundos se concentró en estos sonidos, borrando todo lo demás de su mente. Luchó por recuperar el control y salió triunfante al enfocar su atención en una leve corriente de aire que se introducía por debajo de la ventana cerrada y enfriaba su nuca.

Tanteó ciegamente los escasos objetos que contenía el cajón. Los sacó, los examinó, los dobló y volvió a doblar, alisó las arrugas. Todo era viejo, fuera de uso, inadecuado o impropio para el colegio. Tres deshilachados jerséis que Mattie utilizaba cuando paseaba por las orillas del Támesis; dos pares de calzoncillos cuya goma elástica se había aflojado; una señal de ferrocarril en miniatura; un viejo par de calcetines; un cinturón de vinilo barato; una gorra de punto deformada. Las manos de Kevin se demoraron en esta última prenda, tirando de los bordes de lana. Se imaginó sin esfuerzo a Mattie tocado con ella, inclinada sobre la frente, las cejas ocultas y la nariz fruncida por el roce de la lana contra su piel. Sería en invierno, cuando el viento aullaba desde el río y golpeaba las paredes, pero ellos saldrían sin temor, ellos dos solos, arropados en sus chaquetones de marinero, en dirección al muelle.

«¡Papá! ¡Papá! ¡Cojamos un barco!»

«¿Con este tiempo? Tú estás loco, chaval.»

«¡No, hagámoslo! ¡Di que sí, papá! ¡Di que sí!»

Kevin se apretó los ojos cerrados, como si así pudiera enmudecer aquella voz alegre que sonaba en sus oídos, superponiéndose a la lluvia, el viento y el torrente de agua que se precipitaba por las tuberías. Se apartó con movimientos rígidos de la cómoda y se acercó a la cama de Matthew. Se sentó en el borde, sin pensar en sus ropas mojadas, cogió la almohada y la apretó contra su cara. Respiró hondamente contra ella, deseando captar el olor de su hijo, pero tanto la funda de la almohada como las sábanas se habían lavado, y si olían a algo era a limones, un residuo aromático del detergente que Patsy utilizaba.

Kevin experimentó una oleada de resentimiento. Era como si Patsy hubiera intuido que su hijo iba a morir y se hubiera esforzado en tenerlo todo a punto, lavando la ropa de cama, barriendo la habitación y guardando sus prendas de vestir en los cajones. ¡Maldita fuera la obsesión de la mujer por mantener la vida limpia y ordenada! De no haberse preocupado tanto por la limpieza de todas las cosas, incluido Mattie, quedaría algo del chico en la habitación, siquiera una sombra de su olor. Maldita mujer.

– ¿Kev?

Se hallaba de pie en la puerta, un espectro deforme embutido en una bata arrugada. El borde era irregular, y se alzaba sobre una rodilla. La parte delantera cedía bajo el peso de los pechos y quedaba abierta. La seda estaba salpicada de manchas. No parecía la misma prenda que Matthew le había regalado la pasada Navidad.

«El coronel Bonnamy y Jean dijeron que te sentaría bien, mamá. Dijeron que te gustaría mucho. ¿Te gusta? ¿Te gusta, mamá? También te he comprado estas enaguas, pero no sé si hacen juego con los dragones.»

Kevin buscó en su interior una dureza que fuera impenetrable a la memoria. El chico estaba muerto. Muerto. Nada podría devolvérselo.

Vio que su esposa entraba en la habitación con paso vacilante.

– La policía vino otra vez -dijo.

– ¿Y qué? -Kevin notó la cólera que embargaba su voz.

– Mattie no se escapó, Kev.

Kevin pensó discernir cierto alivio en sus palabras, una leve suspensión del dolor. No podía creer que una información tan ínfima cambiara el hecho de que su hijo estaba muerto, y que ella lo aceptara. No había huido del colegio. No había ido de visita a casa de unos amigos. Estaba muerto. Desaparecido. Ausente para siempre.

– ¿Me has oído, Kev? Mattie no…

– ¡Maldita seas, mujer! ¿Crees que me importa? ¿En qué cambia lo sucedido?

Ella retrocedió, pero continuó hablando.

– Le dijimos a la policía que no se había escapado, ¿verdad? Teníamos razón, Kev. Mattie no se fugó. Nuestro Matt nunca haría eso. -Avanzó otro paso. Sus zapatillas produjeron ruidos sordos sobre el piso de madera-. Encontraron sus ropas en el colegio. Creen que seguía allí cuando… cuando…

Los músculos de Kevin se contrajeron. Su pecho se tensó. Una enorme presión martilleaba su cerebro.

– La policía sabe todo acerca de Matt. Lo adivinaron al saber que no distinguía los colores. Saben que… Saben que no era nuestro, Kev. Les dije cómo había llegado a ser nuestro hijo. Les hablé del señor Byrne, de…

– ¿Que no era nuestro? -estalló él-. ¿Que no era nuestro? Si no era nuestro, ¿de quién era, mujer? El nacimiento de Matt no les importa una mierda. ¿Me has oído, Pats? ¡No les importa una puta mierda!

– Pero necesitan saber todo lo que…

– ¡No necesitan saber nada! ¿Para qué? El chico ha muerto. ¡Nunca volverá! Haga lo que haga la policía, la situación no va a cambiar en nada. ¿Me has oído? En nada.

– Han de averiguar quién le asesinó, Kev. Han de hacerlo.

– ¡Eso no le devolverá a la vida! Maldita sea, ¿no lo entiendes? ¿Has perdido el poco sentido común que tenías? ¡Maldita imbécil! ¡Imbécil!

La mujer emitió un grito inarticulado, el quejido de un animal inocente al ser golpeado.

– Quería ayudar.

– ¿Ayudar? Joder, mujer, ¿querías ayudar?

Kevin estrujó la almohada. Sus manos sucias dibujaron manchas oscuras sobre la tela blanca, al igual que sus téjanos sobre el cubrecama.

– Estás ensuciando la cama de Mattie -dijo la mujer, con voz quejumbrosa, de anciana-. Tendré que lavarlo todo otra vez.

– ¿Por qué? -preguntó Kevin, alzando la cabeza. Como ella no contestó, el hombre empezó a gritar, presa de una violencia incontenible-. ¿Por qué, Pats? ¿Por qué?

Patsy, en lugar de responder, retrocedió hacia la puerta. Se llevó la mano a la nuca, un gesto que su marido reconoció al instante, un preámbulo a fingir confusión, un preámbulo a la huida. Se negó a permitirlo.

– Te he hecho una pregunta. Contéstame.

Ella le miró. En las sombras, sus ojos parecían oscuras depresiones formadas en su rostro, indescifrables, carentes de sentimiento y profundidad. Que estuviera de pie ante él, hablando de ropa de cama sucia, que hasta se atreviera a hablar de lavarla, que preparara bocadillos, que bebiera té, que hablara con la policía… mientras el cuerpo de su hijo yacía en el depósito de Slough, aguardando la disección, ofreciendo su belleza al bisturí…

– Contéstame, mujer.

Ella se dio la vuelta para marcharse. Kevin se levantó de la cama como una exhalación, cruzó la habitación en tres zancadas, la agarró del brazo y la obligó a mirarle.

– No me dejes con la palabra en la boca cuando te hablo. No lo vuelvas a hacer nunca más. No lo vuelvas a hacer nunca.

Ella se soltó de un tirón.

– ¡Déjame en paz! -Brotó saliva de sus labios-. Estás loco, Kevin. Enfermo, loco y…

El hombre la abofeteó con la palma de la mano. Patsy gritó, luchando para liberarse de su presa.

– ¡No! No te…

El volvió a golpearla, esta vez con el puño, sintiendo el brutal contacto de sus nudillos contra la mandíbula de su mujer. La cabeza de Patsy salió disparada hacia atrás. Habría caído al suelo, de no ser porque él siguió aferrándola por el brazo.

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