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Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
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Patsy emitió un único grito.

– ¡Kev!

Kevin la empujó contra la pared y arremetió con la cabeza contra su pecho, golpeando salvajemente sus costillas. Le abrió la bata, descargó puñetazos contra sus muslos, pellizcó sus pechos.

Estremeció el aire con las maldiciones más soeces que se le ocurrieron. Pero no lloró.

Capítulo 16

En lugar de utilizar el aparcamiento subterráneo, Lynley frenó ante la puerta giratoria que permitía el acceso a la zona de recepción de New Scotland Yard. Las secretarias y funcionarios rezagados, terminada la jornada, se dirigían hacia la entrada de la estación de St. Jame's Park, al otro lado de la calle. La sargento Havers suspiró al verles marchar y abrir los paraguas para protegerse de la lluvia.

– Si hubiera tenido el sentido común de elegir una carrera diferente, llevaría un estilo de vida que me permitiría comer en horas normales -dijo Havers.

– Pero no experimentaría la satisfacción psicológica que proporciona la emoción de la caza.

– Ésa fue mi reacción ante Giles Byrne, aunque emoción es una palabra que no hace justicia a la sensación. ¿Conviene conmigo en que es la única persona que sabe por qué se suicidó Edward Hsu?

– No. Hay otra, sargento.

– ¿Quién?

– La madre natural de Matthew.

– En el caso de que se crea esa historia.

– ¿Alguna razón en contra?

– Estaba sentada a su lado en el sofá, inspector. Le daba un apretón o una palmadita cuando la cosa se ponía fea. Rhena. ¿No se llamaba así? No me diga que a nuestro Giles no le gustan las mujeres exóticas. En cuanto a por qué les gusta a ellas… Ni se me ocurre. Podríamos deducir que Edward Hsu tenía una hermana, una prima o una persona especial que entabló una amistad excesiva con nuestro Giles, y cuando éste se lo montó con ella e hizo a nuestro Matthew, la abandonó. Al saber que su dios protector tenía los pies de barro, Eddie se largó, saltando desde el tejado de la iglesia.

– Su teoría contiene elementos decididamente primorosos, Havers, como un cruce entre una tragedia griega y un auto sacramental medieval. El único problema que me plantea es el de la credibilidad. ¿Cree de veras que el chico se suicidó después de descubrir la fatal imperfección de Giles? Llámese infidelidad, falta de moralidad, incapacidad de cumplir el deber prescrito, o como quiera.

– Era una idea. Yo de usted no la desecharía, señor. Fíjese en mis palabras. Nuestro Giles no nos dijo la verdad, ni por asomo. Y apuesto a que la pequeña Rhena lo sabía. El podía mentir como un bellaco y salir tan campante, pero ella no nos miró ni una sola vez mientras el hombre hablaba. ¿Se dio cuenta?

Lynley asintió y alargó la mano hacia la manecilla del coche.

– Curioso, ¿verdad?

– ¿Qué le parece si verificamos su historia de Exeter? ¿Cuántos hospitales aceptarán mujeres embarazadas? El nacimiento debió de registrarse, ¿no? Seríamos idiotas si aceptáramos la historia de Byrne por su cara bonita.

– Tiene razón. -Lynley abrió la puerta del coche-. Encargue del asunto al agente Nkata, Havers. Entretanto, iremos a ver si la policía de Slough ha dicho algo.

Corrieron bajo la lluvia y entraron en la zona de recepción de New Scotland Yard. Dos recepcionistas de paisano estaban hablando con el agente uniformado que se hallaba de pie ante la barrera que separaba la sala de espera para el público del mundo custodiado en el que se realizaba el trabajo policial. Apoyaba las manos en el letrero metálico que exigía, en letras negras, la presentación de credenciales y pases oficiales. Mientras Lynley y Havers sacaban sus identificaciones, una de las recepcionistas habló.

– Tiene una visita, inspector. Le espera desde las cuatro y media.

Señaló hacia la pared en la que estaba colgado el manuscrito iluminado que exaltaba en cada página un servicio distinguido de un oficial.

En una de las sillas de cromo y vinilo situadas bajo el memorial estaba sentada una colegiala, todavía de uniforme, con un cartapacio arrimado contra su costado y sujeto con un brazo, como si temiera que se lo fueran a robar. Contemplaba la llama eterna que ardía al otro lado del vestíbulo.

Lynley había oído hablar de ella, la había visto en la foto que tenía Matthew Whateley en su pesebre de Bredgar Chambers, pero no estaba preparado para la realidad de que aparentaba bastantes más de sus trece años. Era de piel tostada, ojos casi negros y facciones perfectamente esculpidas. Yvonnen Livesley, pensó Lynley, la antigua compañera de Matthew en Hammersmith.

Cuando cruzó el vestíbulo, se detuvo ante la muchacha y se presentó, ella le examinó sin el menor disimulo.

– Identifíquese, por favor -dijo Yvonnen-. Lynley sacó su tarjeta y ella la leyó. Sus grandes ojos se desplazaron desde el carnet al rostro de su propietario. Se puso en pie y cabeceó satisfecha. Docenas de abalorios que adornaban unas trenzas repiquetearon al unísono-. Tengo algo para usted, inspector. Es de Matt.

Ya en el despacho de Lynley, Yvonnen acercó una silla al escritorio. Apartó un montón de cartas para colocar el cartapacio.

– No he sabido lo de Matt hasta esta mañana -empezó-. Un tío del colegio lo supo por su madre, que lo había sabido por su hermana, que conoce a la tía de Matt. Cuando me enteré… -Jugueteó unos momentos con el nudo del cartapacio-. Quise volver a casa al instante para coger esto, pero la directora no me dio permiso. Ni siquiera cuando le dije que era un asunto concerniente a la policía. Se lo tomó como una broma. -Desató el nudo, abrió el cartapacio y depositó una cinta de audio sobre el escritorio de Lynley-. Esto es lo que usted quiere. Aquí está el maldito bastardo que le mató.

Dicho esto, se sentó y aguardó la reacción de Lynley. La sargento Havers cerró la puerta del despacho y se sentó en la segunda silla.

Lynley cogió la cinta.

– ¿Qué es esto?

Yvonnen asintió con brusquedad, como si la pregunta indicara que había superado una prueba de su propia invención. Cruzó las piernas y se apartó el pelo. Los abalorios oscilaron rítmicamente. Introdujo la mano en el cartapacio y extrajo una pequeña grabadora.

– Matt me envió la cinta hace tres semanas -explicó-. También adjuntó una nota, pidiéndome que la guardara en el lugar más seguro que pudiera encontrar. Me decía que no se lo contara a nadie, que no dijera que la tenía, ni siquiera que él me había hablado de esto. Decía que era un duplicado de otra que tenía en el colegio, y que me lo explicaría todo cuando nos viéramos. Eso es todo. La escuché una vez, pero no… No lo entendí. Hasta saber lo que le había ocurrido a Matt. Escuche.

Cogió la cinta de las manos de Lynley y la introdujo en la grabadora. La voz de un chico gritaba… una palabra indescifrable. A continuación seguía un gruñido, un ruido sordo y el sonido apagado de un golpe, como si un cuerpo cayera sobre un suelo desnudo y le golpearan varias veces seguidas contra él. Un segundo grito era ahogado. Después, alguien empezaba a hablar, un siniestro susurro teñido de maligna perversidad.

«¿Quieres un revolcón, maricona? ¿Quieres un revolcón? ¿Quieres un revolcón? Oooh, ¿qué es esa cosita linda que tienes en los pantalones, ummm? Echemos un vistazo…»

Otro grito. Otra voz.

«Basta. Ya está bien. Basta. ¡Déjale en paz!»

Y después, la primera voz de nuevo, menos aguda en comparación con la primera.

«Oooh, ¿tú también quieres tu parte? Ven aquí. Echa un vistazo.»

Una tercera voz, quebrada, muy próxima a las lágrimas.

«Por favor. No.»

Luego, risas.

«Si sabes que te gusta, maricona. Lo sabes muy bien.»

El sonido de un golpe. Otro grito ahogado.

Lynley se inclinó hacia adelante y paró la cinta.

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