La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
—Debemos llegar a tiempo al campo de batalla —declaró Pyrite hecho una furia—. ¡Huma está solo ante el peligro!
—¡Huma! —farfulló el hombre—. En cualquier caso, si pretendes sumarte a esa liza llevas algunos siglos de retraso. No es ése el combate al que quiero acudir, sino en pos de los cuatro dragones que vuelan hacia levante. ¡Son criaturas perversas! Tenemos que detenerles...
—Sí, ya los veo —anunció Pyrite y trazó una rauda espiral en persecución de dos sobresaltadas águilas.
—¡No! —protestó desalentado el jinete sin cesar de espolear los costados del animal—. !Pon rumbo al este, dos grados más en esa dirección!
—¿Estás seguro de ser mi hechicero? —preguntó el Dragón con voz cavernosa—. Nunca antes me hablaste en este tono.
—Lo lamento, viejo amigo —se disculpó el anciano— estoy un poco nervioso. Este conflicto me tiene desquiciado.
—¡Por los dioses, he avistado cuatro reptiles voladores! —anunció Pyrite al distinguir al fin sus contornos, que aparecían borrosos ante sus cansados ojos.
—Acerquémonos a fin de no errar en la diana. Deseo utilizar un encantamiento espléndido, el de la bola de fuego. Si logro recordar cómo invocarlo —añadió el humano en sususurro.
Dos oficiales de los ejércitos de los Dragones surcaban el aire junto a los cuatro reptiles de cobre. Uno cabalgaba en cabeza, un hombre barbudo cubierto por un yelmo que parecía demasiado ancho para su cabeza y que le cubría por completo el rostro, ocultando sus ojos. El otro iba en la retaguardia. Era un individuo corpulento, que parecía a punto de reventar embutido en su armadura negra. No llevaba casco, quizá por no haber hallado ninguno de su tamaño, y su faz exhibía una expresión lóbrega y vigilante, sobre todo cuando miraba a los prisioneros que avanzaban a lomos de los dragones en el centro de la escuadrilla.
Formaban los cautivos un heterogéneo grupo: una mujer; enfundada en una armadura de piezas desiguales, un enano, un kender y un varón de mediana edad con el cabello largo y enmarañado.
El mismo viajero que podría haber observado al viejo y a su Dragón se habría percatado de que los oficiales y sus prisioneos se desviaban de su ruta para evitar ser detectados por las tropas de tierra del Señor del Dragón. Cada vez que un grupo de draconianos los descubría y comenzaba a gritar a fin de atraer su atención, los oficiales lo ignoraban de un modo patente. También se habría preguntado un curioso caminante qué hacían los dragones de cobre al servicio de un dignatario de las huestes oscuras.
Por desgracia, ni el anciano ni su decrépita montura poseían excesivas dotes de observación. Refugiándose en los bancos de nubes, avanzaban sin ser vistos hacia el desprevenido grupo.
—Cuando yo te lo ordene sal tan rápido como puedas de nuestro escondrijo —dijo el hombre, emitiendo chasquidos de júbilo ante la perspectiva de una batalla—. Los atacaremos por la espalda.
—¿Dónde está Huma? —preguntó el dorado reptil mientras trataba de aclarar su visión entre las nubes.
—Ha muerto —farfulló el viejo concentrándose en su hechizo.
—¡Muerto! —repitió consternado el animal—. ¿Hemos llegado demasiado tarde?
—¡No te preocupes ahora por eso! —le espetó el hombre encolerizado—. ¿Estás preparado?
—Muerto. —El Dragón no podía creer tan luctuoso suceso. Tras unos instantes de reflexión, declaró con furibundos centelleos en los ojos—: ¡Le vengaremos!
—De eso se trata. —El anciano había decidido seguirle la corriente—. Atento a mi señal... ¡no, todavía no!
Sus últimas palabras se desvanecieron en la ráfaga de viento que provocó el animal al abandonar su aéreo parapeto para lanzarse en picado sobre los pequeños dragones, como una flecha arrojada por una mano invisible.
El fornido oficial que cerraba la singular comitiva advirtió un movimiento sobre ellos y alzó la cabeza.
—¡Tanis! —llamó alarmado al otro oficial con los ojos fuera de sus órbitas.
El semielfo dio media vuelta. Alertado por la atronadora voz de Caramon se aprestó a la lucha, pero al principio no vio a ningún posible rival. Señaló el guerrero hacia las alturas, y fue entonces cuando levantó los ojos y exclamó:
—En nombre de los dioses, ¿quién...?
Tanis vio como, surgido de la bóveda celeste, un Dragón Dorado surcaba el espacio directamente hacia el grupo. Cabalgaba a su grupa un viejo con el cano cabello ondeando a su espalda y la barba blanca esparcida en remolinos sobre sus hombros. La boca del animal estaba retorcida en una mueca que habría sido agresiva de no estar por completodesdentada.
—Creo que nos atacan —dijo Caramon sobrecogido.
Tanis había llegado a idéntica conclusión.
—¡Dispersaos! —ordenó, renegando para sus adentros. A sus pies una división de draconianos contemplaba la batalla aérea con intenso interés, y lo último que deseaba en el mundo era atraer sus miradas. Después de pasar desapercibidos a lo largo de muchas millas, ahora un viejo loco venía a desbaratar sus planes.
Los cuatro dragones rompieron de inmediato su formación, pero no fueron lo bastante rápidos. Una brillante bola de fuego estalló en medio del grupo y los lanzó despedidos en todas direcciones.
Cegado momentáneamente por tan inesperado resplandor, Tanis soltó las riendas y rodeó con los brazos el cuello de su montura mientras ésta daba incontrolables voteretas en el vacío.
De pronto el semielfo oyó una foz de familiar.
—¡Ya son nuestros! ¡Qué magnífico hechizo!
—Fizban —gimió perplejo Tanis.
Sin cesar de pestañear, luchó con denuedo para recobrar el equilibrio. Al parecer el animal sabía cómo manejar la apurada situación mejor que su inexperto jinete, pues no tardó en enderezarse por su propia iniciativa. Ahora que podía centrar su mirada, el semielfo observó a sus compañeros. Estaban ilesos, pero diseminados por el cielo. El anciano y su Dragón perseguían a Caramon, el hombre tenía la mano extendida como si se dispusiera a formular un nuevo encantamiento. El guerrero gritaba y gesticulaba, signo inequívoco de que también él había reconocido al mago.
Flint y Tasslehoff, que se habían situado a su espalda, avanzaban presurosos hacia Fizban. El kender agitaba las manos pletórico de júbilo, mientras que el hombrecillo se aferraba a lo que podía para salvar la vida con un tinte verdoso en su desencajado semblante.
Pero el mago se había obstinado en dar caza a su presa. Tanis le oyó pronunciar unas frases arcanas destinadas a crear dardos de fuego con los que fulminar al guerrero. Al fin brotaron éstas de las yemas de sus dedos, aunque por fortuna erraron su diana. El guerrero tuvo el buen acierto de inclinar la cabeza en el instante en que los mágico relámpagos pasaban junto a él, de modo que no resultó herido.
Tanis lanzó un reniego tan vil que él mismo se sorprendió. Espoleando los flancos de su dragón, señaló con el indice a su oponente y ordenó:
—¡Atácale! No le lastimes, limítate a mantenerla a raya.
Quedó perplejo cuando el dragón cobrizo rehusó obedecer. Tras menear la cabeza la criatura comenzó a trazar círculos, y, de pronto, el semielfo comprendió que se preparaba para aterrizar.
—¿Te has vuelto loco? —le imprecó—. Nos posaremos en medio de las tropas enemigas.
El animal le prestó oídos sordos y, para colmo de desdichas, los otros dragones resolvieron imitarle y planearon en el aire en busca de un lugar propicio donde tomar tierra.
En vano suplicó Tanis a su montura que depusiera su actitud. Berem, sentado detrás de Tika, se abrazó a ella con tal vehemencia que la muchacha apenas podía respirar. Los ojos del Hombre Eterno estaban fijos en los draconianos, que corrían por el llano en dirección al paraje hacia el que volaban los reptiles cobrizos mientras Caramon, por su parte, se debatía en su silla para tratar de evitar los relámpagos que zigzagueaban a su alrededor. Incluso Flint había reaccionado y tiraba frenéticamente de las riendas de su dragón, sin preocuparse de los gritos que Tas seguía dedicando a Fizban. Este último avanzaba detrás del grupo y conducía a los animales como a un rebaño de ovejas.