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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—Lo lamento, Tanis —farfulló entre sollozos una vez hubo concluido—. No me ocupé de ella como me encomendaste.

El viejo enano estalló en tan violento llanto que Tanis sintió una punzada en el corazón. Estrechando al hombrecillo entre sus brazos, trató de consolarle.

—No te culpes, Flint —dijo sin lograr sobreponerse a su propia desazón—. Soy yo el causante de su infortunio, fue por mí por quien se arriesgó a morir.

—Empieza profiriendo reproches y acabarás maldiciendo a los dioses —intervino Riverwind, al mismo tiempo que daba una palmada en el hombro del semielfo—. Es un antiguo refrán de mi pueblo.

Tanis no se dejó reconfortar y, conocedor del rumor que corría en la ciudad acerca de la inminente llegada de Kitiara, pregunto:

—¿A qué hora vendrá la Dama Oscura?

—A mediodía —contestó Tas con un hilo de voz.

Era ya casi la hora señalada y Tanis fue a reunirse con los ciudadanos de Kalaman para aguardar la llegada de la Dama Oscura. Gilthanas se hallaba a cierta distancia del semielfo, ignorándolo de un modo patente. No podría reprochárselo, el elfo sabía por qué Laurana se había embarcado en tan arriesgada aventura, cuál fue el señuelo utilizado por Kitiara para atraer a su hermana. Cuando le preguntó fríamente si era cierta su convivencia con la Señora del Dragón, Tanis no pudo negarla.

—Entonces te consideraré el único responsable de la suerte de Laurana —se limitó a decir el dignatario elfo con la voz quebrada por la ira—. Y suplicaré a los dioses una noche tras otra que compartas su cruel destino, aunque aumentado en sus aspectos más dolorosos.

—Puedes estar seguro de que lo aceptaría de buen grado si eso pudiera devolvérnosla —repuso Tanis. Gilthanas se limitó a alejarse sin despegar los labios.

El gentío comenzó a señalar el horizonte entre inquietos murmullos. Una sombra se perfilaba en el cielo, el inconfundible contorno de un Dragón Azul.

—Ese es su animal —anunció solemnemente Tasslehoff—. Lo vi en la Torre del Sumo Sacerdote.

El Dragón trazó perezosas espirales sobre la ciudad para, acto seguido, posarse sin violencia a escasa distancia de las murallas. Un mortal silencio flotó en el aire cuando su jinete se alzó sobre los estribos y, quitándose el casco, se dirigió a la multitud con una voz que resonó en todos los tímpanos.

—Supongo que ya os habréis enterado de que la mujer elfa a la que llamáis Aureo General está en mi poder. Por si necesitáis pruebas, quiero mostraros esto. —Alzó la mano, y Tanis vio el resplandor del sol reflejado en un yelmo de plata de exquisita filigrana—. En mi otra mano, aunque no podéis distinguirlo desde detrás del muro, guardo un mechón de cabellos dorados. Dejaré ambos objetos en el llano cuando parta para que recordéis a vuestro general a través de estas reliquias.

Un ininteligible susurro agitó a los ciudadanos congregados en la muralla. Kitiara se interrumpió unos instantes para mirarles con aquellos gélidos ojos que petrificaban a sus oponentes mientras Tanis, sin cesar de observarla, hundía sus uñas en la carne para obligarse a conservar la calma. Había cruzado por su mente la absurda idea de saltar sobre ella y atacarla por sorpresa.

Al ver su expresión, a un tiempo salvaje y desesperada, Goldmoon se acercó al semielfo y posó la mano en su hombro. Sintió cómo el cuerpo de Tanis se estremecía, antes de tomarse rígido bajo su contacto en un intento de recuperar el control. Al mirar sus puños la mujer de las Llanuras vio horrorizada que la sangre manaba por sus muñecas.

—Lauralanthalasa, la doncella elfa, ha sido llevada a presencia de la Reina de la Oscuridad en Neraka. Será rehén de Su Majestad hasta que se cumplan las condiciones que paso a exponeros. En primer lugar, la Reina exige que un humano llamado Berem, el Hombre Eterno, le sea entregado sin tardanza. También desea que los Dragones del Bien regresen a Sanction, donde se rendirán frente a Ariakas, y por último quiere que Gilthanas, Príncipe de los elfos, ordene a los Caballeros de Solamnia y a los miembros de las tribus Silvanesti y Qualinesti que depongan las armas. Por su parte Flint Fireforge, el enano, dará idénticas instrucciones a su pueblo.

—¡Eso es un desatino! —se rebeló Gilthanas avanzando hacia el borde del parapeto para enfrentarse a la Dama Oscura—. ¡No podemos acatar tales demandas! No sabemos quién es Berem ni dónde encontrarle, ni tampoco puedo responder en nombre de los elfos o los dragones bondadosos. ¡Carece de sentido cuanto nos propones!

—La Reina no es una insensata como sugieres —repuso Kitiara sin alterarse—. Sabe muy bien que necesitaréis tiempo para satisfacer sus deseos, y ha decidido concederos tres semanas. Si en ese plazo no habéis hallado a Berem que, según nuestros informes, está en las inmediaciones de Flotsam, ni habéis despedido a los Dragones del Bien, regresaré... pero esta vez no depositaré tan sólo unos bucles de la melena de vuestro general ante las puertas de Kalaman.

Hizo una nueva pausa.

—El trofeo que encontraréis será su cabeza.

Arrojó entonces el yelmo a los pies del Dragón y éste obediente a su escueta orden, desplegó las alas para emprender el vuelo.

Durante unos interminables momentos nadie habló ni movió un solo músculo. Los ciudadanos observaban petrificados el yelmo que yacía frente a la muralla y cuyas cintas rojas constituían, en su incesante revoloteo, la única nota de color en aquel opresivo ambiente. Al fin alguien señaló al horizonte lanzando un grito de terror.

Apareció en lontananza una increíble visión, tan espantosa que cuantos la contemplaban se decían para sus adentros que quizá habían perdido el juicio. Pero el objeto de su desasosiego se acercó por el aire hasta que todos tuvieron que admitir su realidad, un hecho que no contribuyó precisamente a disipar sus temores.

Fue así como el pueblo de Krynn conoció la existencia del más ingenioso pertrecho guerrero de Ariakas: la ciudadela voladora.

Trabajando en las secretas cámaras de los templos de Sanction, los magos de Túnica Negra y unos clérigos tenebrosos arrancaron un castillo de sus cimientos y lo lanzaron hacia la bóveda celeste. Ahora la ciudadela se hallaba suspendida sobre Kalaman en medio de un banco de nubes tormentosas, que festoneaba el aserrado zigzag de los relámpagos, y era custodiada por centenares de escuadras de Dragones Rojos y Negros eclipsando el sol del mediodía al proyectar su ominosa sombra sobre la ciudad.

La muchedumbre abandonó la muralla. El miedo a los dragones, como un hechizo invencible, envolvió a los habitantes de Kalaman para sumirles en el más profundo desaliento. Sin embargo, los dragones que escoltaban la ciudadela no atacaron. La Reina Oscura había sido precisa en sus instrucciones, debían dar tres semanas a aquellos humanos a la deriva. Lo único que tenían que hacer era mantener la vigilancia para asegurarse de que, en ese tiempo, ni los Caballeros ni los Dragones del Bien organizaran escaramuzas de batalla.

Tanis se volvió hacia el resto de los compañeros, que permanecían apiñados junto al parapeto sin apartar la mirada de la ciudadela. Acostumbrados a los efectos del pánico que provocaban los reptiles no huyeron en desbandada como los restantes ciudadanos y, por consiguiente, al poco rato quedaron solos en su atalaya.

—Tres semanas —susurró Tanis, y todas las miradas confluyeron en él.

Por vez primera desde que salieran de Flotsam vieron que su expresión se había liberado del destructivo remordimiento que la atenazaba. Sus ojos reflejaban paz, una paz muy similar a la que había advertido Flint en las pupilas de Sturm después de su muerte.

—Tres semanas —repitió el semielfo con una voz pausada que produjo escalofríos en la espalda de Flint—, tenemos tres semanas. Creo que son suficientes. Me voy a Neraka, donde habita la Reina Oscura. Y tú vendrás conmigo —añadió señalando a Berem, que permanecía mudo a escasa distancia.

Los labios del Hombre Eterno se abrieron en una mueca de pánico para esbozar un «¡No!» desgarrado, a la vez que se encogía todo su cuerpo. Viéndole dispuesto a huir, Caramon extendió su enorme mano y lo apresó con firmeza.

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