La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
Al anochecer, el grupo se detuvo en un pequeño saliente rocoso que se extendía en la parte superior de la ladera. Ante ellos se dibujaba un hondo desfiladero en cuyo centro, al pie de las verticales paredes, reptaba un río abriéndose paso como una sinuosa serpiente.
Tanis calculó que el precipicio superaba los cuatrocientos pies. El camino que ahora seguían jalonaba el cerro, con la piedra desnuda a un lado y el vacío al otro. Sólo existía un medio para cruzar la garganta.
—Ese puente —dijo Flint tras varias horas de silencio— es más viejo que yo... y está más desvencijado.
—Ese puente ha perdurado durante años, sobreviviendo incluso al Cataclismo —replicó Fizban indignado.
—Lo creo —apostilló Caramon.
—Al menos no es demasiado largo. —Era Tika quien hablaba, en un intento de infundir ánimos pero con voz entrecortada.
El puente que unía las dos vertientes estaba construido según un diseño único. Ambos extremos, incrustados en las montañas, eran sostenidos por unos enormes troncos de vallenwood que formaban una letra X donde se apoyaba la plataforma de listones de madera. En un tiempo remoto aquella estructura debió constituir una maravilla arquitectónica, mas ahora las tablas aparecían podridas y astilladas. Si en su día existió una barandilla, había caído sin dejar rastro en el angosto precipicio. Los troncos de su base crujían y se balanceaban en la fría brisa de la noche.
De pronto los compañeros oyeron a escasa distancia ecos de voces guturales, acompañadas por repiqueteos metálicos.
—No podemos retroceder —constató Caramon—. Propongo que crucemos el puente de uno en uno.
—No hay tiempo —repuso Tanis levantándose—. Sólo nos cabe esperar que los dioses nos acompañen. Y, aunque detesto admitirlo, Fizban tiene razón; una vez al otro lado no nos resultará difícil vencer a los draconianos que, apiñados en la plataforma, se convertirán en excelentes dianas. Iré delante y los demás me seguiréis en fila. Caramon, mantente en la retaguardia y tú, Berem, colócate detrás de mí.
Avanzando con toda la premura que permitía la situación, Tanis pisó el puente en un tanteo inicial. Bajo sus pies los listones se estremecían de un modo ominoso mientras que, en lontananza, el río fluía en sucesivos rápidos entre los muros del cañón con irregulares rocas proyectadas sobre su blanca y espumosa superficie. El semielfo contuvo el aliento y desvió los ojos de las profundidades.
—No miréis hacia abajo —recomendó a los otros, sintiendo un doloroso vacío donde debía hallarse su estómago.
Durante unos momentos el semielfo no pudo moverse, pero al fin logró contenerse y emprender la travesía. Berem andaba pegado a sus talones, atenazado por un pánico que borraba cuantas sensaciones de temor había experimentado en su prolongada vida. .
Tras el Hombre Eterno, Tasslehoff, con la ligereza y agilidad que caracteriza a los kenders, abría camino al aterrorizado Flint, sostenido por Fizban. Al fin, Tika y Caramon acometieron la pasarela sin cesar de vigilar la ineludible aparición de sus enemigos.
Tanis se encontraba casi a medio camino cuando una parte de la plataforma cedió bajo sus pies, quebrándose la añeja madera de varias tablas.
En una reacción instintiva, motivada por el paroxismo del momento, el semielfo se aferró a los listones del borde. Pero éstos se desmenuzaban en su mano, hasta que sus dedos empezaron a deslizarse y... alguien lo agarró por la muñeca.
—¡Berem, aguanta! —jadeó Tanis a la vez que intentaba mantenerse en suspenso, a sabiendas de que cualquier movimiento por su parte no haría sino dificultar la ayuda que le brindaba el Hombre de la Joya Verde.
—¡Tira de él! —vociferó Caramon—. No os mováis los demás, la estructura podría ceder y nos precipitaríamos en la cañada.
Desfigurado por la tensión, en un baño de sudor frío, Berem obedeció la orden del guerrero. Tanis vio cómo se hinchaban los músculos de sus brazos, con las venas a punto de estallar. Tras unos segundos, que el semielfo se le antojaron siglos, el insondable humano izó su cuerpo por el borde del puente para depositarlo sobre las tablas aún enteras donde, aturdido se desmoronó. Permaneció en el inseguro suelo tembloroso, agarrado a la madera.
Tika lanzó un repentino grito y, al levantar la cabeza, Tanis comprendió con una mueca irónica que había salvado la vida para perderla de nuevo. En efecto, una treintena de draconianos acababan de aparecer en el sendero que dejaran atrás. El semielfo miró el trecho que se extendía al otro lado de la brecha, comprobando que la plataforma seguía encajada en su estructura y que tanto él como Berem y Caramon podían alcanzarla de un salto, pero no así Tas, Flint, Tika ni el viejo mago.
—Antes hablaste de «excelentes dianas» —murmuró Caramon, a la vez que desenvainaba su espada.
—¡Formula un hechizo, anciano! —exclamó, de pronto, Tasslehoff.
—¿Cómo? —Fizban no daba crédito a sus oídos.
—¡Un hechizo! —repitió el kender señalando hacia los draconianos que, al ver a los compañeros atrapados en el puente, se disponían a aniquilarles.
—Tas, ya tenemos bastantes problemas —le recordó Tanis con la madera resquebrajándose bajo sus pies. Caramon se plantó entonces de espaldas al grupo, resuelto a defenderles de los soldados.
Imitando al valiente guerrero, Tanis insertó una flecha en su arco y disparó. Uno de los reptiles se sujetó el pecho con las manos antes de precipitarse entre desgarradas voces seguido por otro, víctima también de un certero dardo del semielfo. Los draconianos que se hallaban apostados en el entro de la línea titubearon, escudriñando su entorno en una gran confusión: no había ningún parapeto seguro, ningún escondrijo donde cobijarse de la mortífera arremetida del barbudo adversario. Los de primera fila, no obstante, se lanzaron en pos del puente.
En aquel instante Fizban empezó a invocar su encantamiento.
Al oír el cántico del mago Tanis se sintió desfallecer, pero enseguida rectificó pues lo cierto era que nada en el mundo podía agravar todavía más su situación. Berem, erguido junto a él, contemplaba a los draconianos en una postura estoica que parecía incomprensible de no saber que aquel hombre no temía a la muerte debido a su seguridad de renacer poco después. El semielfo arrojó una tercera flecha, que provocó el grito agónico de otro enemigo. Tan concentrado estaba en su blanco, que olvidó por completo a Fizban hasta que Berem emitió una exclamación de asombro. Al alzar los ojos vio que el humano miraba perplejo al cielo, le modo que trató de localizar el objeto de su asombro... y casi dejó caer el arco cuando lo descubrió.
Descendía entre las nubes, refulgiendo bajo los últimos rayos del sol, un tramo de puente de tonos dorados. Guiada por la mano de Fizban, la aparición se desprendió de sus invisibles sujeciones para cerrar la brecha.
Tanis se recobró de su estupor y, al mirar a sus oponentes, advirtió que ellos contemplaban también el tramo dorado con sus ojos de reptil, totalmente transfigurados.
—¡Rápido! —ordenó. Asiendo a Berem por el brazo, el semielfo lo arrastró en su carrera y saltó sobre el tramo cuando se hallaba suspendido a escasa distancia del vacío que debía cubrir. Aún soportando el peso de ambos el fantasmal objeto se mantuvo firme en su descenso, aunque ahora un poco más lento fiel a las instrucciones de Fizban.
En el momento en que la dorada pasarela se hallaba a escasas pulgadas de su ajuste, Tasslehoff, con un salvaje grito, se encaramó a ella seguido por el aturdido enano. Los draconianos, comprendiendo, de pronto, que sus presas escapaban, aullaron enfurecidos y corrieron en tropel hacia la plataforma. Tanis se había detenido en el extremo del mágico trozo de puente, desde donde disparaba flechas a la avanzadilla mientras que Caramon contenía su arremetida con la espada.
—¡Adelante! —instó Tanis a Tika quien, tras alcanzar de un brinco la tabla salvadora, se situó junto a él—. Permanece al lado de Berem y vigílale. Acompáñala, Flint. ¡Deprisa!