Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Reina de la Oscuridad
La Reina de la Oscuridad - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 110
Перейти на страницу:

—Me acompañarás a Neraka —insinuó Tanis sin inmutarse—, o te entregaré ahora mismo a Gilthanas. El Príncipe elfo profesa un gran cariño a su hermana y no vacilará en ponerte en manos de la Reina Oscura si piensa que de ese modo puede obtener su libertad. Tú y yo sabemos la verdad, sabemos que tu sacrificio no cambiaría la situación; pero él lo ignora, como miembro de su noble raza está convencido de que la tenebrosa soberana cumplirá su parte del trato.

—¿No me dejarás a merced de esa terrible criatura? —preguntó Berem a Tanis con temeroso recelo.

—Sólo quiero averiguar qué ocurre —declaró fríamente Tanis, evitando una respuesta directa—. Pero para lograrlo necesitaré un guía, alguien que conozca la zona.

Forcejeando hasta desembarazarse de Caramon, Berem los observó a todos como sumido en un encantamiento.

—Iré —balbuceó——. No me entregues al elfo.

—De acuerdo —accedió Tanis—. No es momento para gimoteos —añadió al percatarse de su agitación—, partiremos al anochecer y debemos prepararnos a conciencia.

Giró bruscamente la cabeza, mas no se sorprendió en absoluto al sentir unos poderosos dedos cerrados sobre su brazo.

—Sé lo que vas a decir, Caramon, pero la respuesta es no. Berem y yo haremos este viaje solos.

—Entonces os enfrentaréis «solos» a la más terrible de las muertes —replicó el guerrero en tonos apagados, sin aflojar su presión contra el miembro del semielfo.

—Si es así, sucumbiremos a nuestro destino. —Trató sin éxito de liberarse del forzudo compañero——. No llevaré en esta misión a ningún miembro del grupo.

—Fracasarás —se obstinó Caramon—. ¿Es eso lo que quieres? ¿No será que buscas un modo de ahogar tu culpabilidad para siempre? Te ofrezco mi espada, resulta más rápida y certera que una azarosa aventura, si tal es tu intención. Pero si de verdad pretendes rescatar a Laurana, necesitarás ayuda.

—Los dioses nos han reunido —apostilló Goldmoon con dulzura—. Han hecho que volvamos a encontrarnos en un momento crucial. Es una señal de las divinidades, Tanis, no la rechaces.

El semielfo inclinó la cabeza. No podía llorar, se habían agotado sus lágrimas. Tasslehoff deslizó su pequeña mano entre las suyas y dijo con festivo talante:

—Además, piensa en cuántas complicaciones surgirían en tu camino sin mi intervención.

9

La llama de la esperanza.

En la ciudad de Kalaman reinaba un letal silencio la noche del ultimátum lanzado por la Dama Oscura. El Señor de la Ciudad, Calof, declaró el estado de guerra, lo que significaba que las tabernas permanecían cerradas y las puertas de la ciudad cerradas y atrancadas para impedir la salida, siendo las familias de las aldeas de pescadores y granjeros que circundaban la urbe las únicas personas autorizadas a entrar. Estos refugiados empezaron a afluir cerca del crepúsculo, y contaron siniestras historias sobre los draconianos que habían irrumpido en sus dominios a fin de quemar sus casas y practicar el pillaje.

Aunque algunos de los nobles de Kalaman se habían opuesto a tan drástica medida como era el estado de sitio, Tanis y Gilthanas —unidos por una vez— habían forzado al máximo dignatario a tomar tal decisión. Ambos describieron vivas y espantosas imágenes del incendio de Tarsis. Sus argumentos resultaron tan inapelables que Calof siguió su consejo, si bien quedaba patente que no sabía qué hacer para defender su ciudad a juzgar por las miradas desvalidas que lanzaba a los insignes luchadores. La ominosa sombra de la ciudadela flotante sobre el recinto había desquiciado al Señor de Kalaman, y los altos mandos militares no gozaban de mayor cordura. Tras escuchar las más disparatadas ideas, Tanis se puso en pie.

—Deseo hacer una sugerencia, señores —dijo en actitud respetuosa—. Hay aquí alguien que sabrá proteger la ciudad eficazmente...

—¿Tú, semielfo? —le interrumpió Gilthanas desdeñoso.

—No —respondió Tanis—. Tú, Gilthanas.

—¿Un elfo? —se sorprendió Calof.

—Estuvo en Tarsis. Posee una larga experiencia en la lucha contra los reptiles perversos y los draconianos. Los Dragones del Bien confían en él y acatarán sus órdenes.

—Eso es cierto —admitió Calof. Una expresión de alivio surcó su rostro cuando se volvió hacia Gilthanas para añadir—: Sabemos qué sentimientos albergan los elfos respecto a los humanos, señor, y debo reconocer que la actitud es recíproca. Pero os estaremos eternamente agradecidos si queréis ayudamos en esta hora de necesidad. Después de todo, existen significativos precedentes.

Gilthanas observó a Tanis, sumido en una momentánea perplejidad, pero nada pudo leer en la barbuda faz del semielfo. Calof repitió su ruego, mencionando la posibilidad de una recompensa como si pensara que la vacilación del Príncipe elfo se debía a la falta de un incentivo tangible.

—¡No, señor! —Gilthanas despertó de aquella ensoñación en la que el rostro de Tanis se le apareció marcado por la muerte—. No necesito, ni siquiera deseo, recompensa ninguna. Si puedo contribuir a la salvación de los habitantes de esta ciudad me consideraré satisfecho en mis más altas aspiraciones. En cuanto a nuestra pertenencia a razas irreconciliables —miró una vez más al semielfo—, la experiencia me ha demostrado que es una falacia. Siempre lo fue.

—¿Qué debemos hacer? —inquirió, entusiasmado, Calof.

—En primer lugar quiero sostener una conversación privada con Tanis —declaró Gilthanas, viendo que el semielfo se disponía a partir.

—Por supuesto. Hay una pequeña estancia a vuestra derecha donde podréis hablar sin ser molestados —ofreció el noble con el índice extendido hacia una puerta.

Una vez en la reducida pero lujosa sala ambos permanecieron de pie en un tenso silencio, sin lanzarse ni siquiera miradas de soslayo. Pasados unos interminables minutos Gilthanas se dirigió al fin a su interlocutor.

—Siempre menosprecié a los humanos —dijo despacio —, y, sin embargo, he decidido aceptar la responsabilidad de protegerles. Me gusta lo que siento —añadió, escudriñando por vez primera el semblante de Tanis.

También el semielfo observó a Gilthanas y su contraída expresión pareció relajarse, aunque no pudo devolver la sonrisa esbozada por su oponente. Bajó los ojos, y la gravedad tiñó de nuevo su faz.

—Has resuelto ir a Neraka, ¿no es cierto? —preguntó Gilthanas tras otra larga pausa.

Tanis asintió sin despegar los labios.

—¿Te acompañarán tus amigos?

—Algunos de ellos. Todos quieren seguirme, pero... —No pudo continuar al recordar su inquebrantable lealtad, de modo que se limitó a hundir la cabeza sobre su pecho.

El Príncipe elfo posó la vista en la mesa, profusamente tallada, mientras acariciaba con aire ausente su lustrosa madera.

—Debo marcharme cuanto antes —declaró Tanis encaminándose a la puerta—. Tengo mucho que hacer. Abandonaremos la ciudad a medianoche, cuando Solinari se oculte...

—Espera. —Gilthanas apoyó la mano en el brazo del semielfo—. Quiero que sepas que lamento mis palabras de esta mañana. No te vayas aún, Tanis, no sin escucharme. —Lanzó un suspiro y prosiguió—: He aprendido mucho sobre mí mismo, Tanis, y puedo asegurarte que las lecciones fueron duras. Sin embargo, las olvidé todas al conocer la suerte de Laurana. Estaba furioso, espantado y quería vengarme atacando a alguien, a ti puesto que eras la diana más próxima. Laurana actuó como lo hizo empujada por el amor que te profesa. ¡Amor! También he empezado a profundizar en ese sentimiento, o por lo menos lo estoy intentando. —Su voz tenía ahora ribetes amargos—. Pero es el dolor lo que de forma más punzante se abre camino en mis entrañas, aunque ése es asunto que sólo me concierne a mí.

Tanis lo escuchaba con muda atención, notando un nuevo calor en aquella mano que mantenía sobre su brazo.

1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 110
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)