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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Aterrizaron al fin en las estribaciones de las montañas Khalkist. Cuando examinó su entorno presa de una gran inquietud, Tanis vio que las hordas de draconianos se acercaban en una desenfrenada carrera.

«Quizá logremos engañarles», pensó, aunque sus disfraces, en principio, sólo debían permitirles llegar hasta Neraka y no burlar a un grupo de recelosos draconianos. De todos modos, merecía la pena intentarlo. Sólo le cabía confiar en que Berem sabría conservar la calma y permanecer en segundo plano.

Sin embargo, antes de que el semielfo acertara a decir una sola palabra, el Hombre de la Joya Verde saltó a tierra para emprender la huida en dirección a las vecinas montañas. Tanis vio que los soldados lo señalaban entre agitadas voces.

Su idea de mantenerle en la sombra había fracasado antes de ponerla en práctica. Tanis esbozó un nuevo reniego, pero trató de concentrarse en concebir una farsa susceptible de ayudarles a salir del apuro. Podía fingir que aquel hombre era un prisionero ansioso por escapar, mas no tardó en comprender que si los draconianos creían esta historia se lanzarían en su persecución y acabarían por apresarle. Si las revelaciones de Kitiara eran ciertas, todos los miembros de sus huestes poseían descripciones de Berem.

—¡En nombre del Abismo! —El semielfo se esforzaba en recapacitar, pero aquella situación se le escapaba de las manos—. !Caramon, ve en busca de Berem! Flint, tú te ocuparás...¡No, Tasslehoff, vuelve aquí! ¡Maldita sea! Tika, detén al kender. Pensándolo mejor, quédate a mi lado; tú también, Flint.

—¡Pero Tasslehoff ha ido al encuentro de ese viejo orate!

—Con un poco de suerte la tierra se abrirá y los engullirá a ambos.

Desmontando tras los otros compañeros, el semielfo giró la cabeza y no pudo reprimir una severa imprecación al ver la escena que se desarrollaba en la ladera. Berem, azuzado por el pánico, trepaba entre las rocas y los arbustos de espino con la ligereza de una cabra montesa mientras Caramon, a causa de su arsenal de artilugios guerreros, resbalaba sin cesar perdiendo un paso de cada dos que avanzaba.

Al posar una vez más los ojos en el llano, Tanis distinguió a los draconianos con absoluta claridad. La luz del sol reverberaba en su metálico atuendo, sus espadas y sus lanzas. Quizá aún existía una posibilidad si los Dragones de Cobre accedían a atacar.

Pero en el instante en que daba la orden de combate el anciano mago apareció por detrás de un peñasco, bajo cuya sombra se había posado el Dragón Dorado, para desbaratarsu plan.

—¡Vosotros cuatro, volved al lugar de donde surgisteis! —vociferó el humano a la vez que corría hacia el grupo.

—¡No, espera! —Tanis casi se arrancó la barba de un tirón a causa de su ira y de su impotencia. No era para menos, pues el viejo hechicero corría entre los cobrizos animales ahuyentándoles como un granjero a sus gallinas cuando las conduce al corral.

De pronto el semielfo abandonó sus lamentaciones, al advertir perplejo que los animales se postraban en presencia del humano de túnica grisácea y, desplegando las alas, alzaban el vuelo.

Tanis, enfurecido, cruzó la enmarañada hierba en pos del mago. Al oírle, Fizban se volvió para encararse con él.

—Estoy decidido a lavar tu sucia boca con jabón —amenazó el anciano al mismo tiempo que clavaba en el semielfo una furibunda mirada—. Todos vosotros sois ahora mis prisioneros, de modo que comportaos como es debido o probaréis los efectos de mi magia...

—¡Fizban! —exclamó Tasslehoff, que regresaba por el otro lado del peñasco al no encontrarle junto a su Dragón. El kender echó a correr y estrechó al atónito humano entre sus brazos sin darle tiempo a retroceder.

—Pero si es Tassle... —masculló éste.

—Burrfoot —apostilló el interpelado, soltándole e inclinando el cuerpo en una cortés reverencia.

—¡Por el fantasma del gran Huma! —profirió Fizban.

—Este es Tanis el Semielfo, y aquél Flint Fireforge. ¿No te acuerdas de él? —preguntó Tas a la vez que extendía el índice en dirección al enano.

—Sí, por supuesto —repuso el mago balbuceante y ruboroso.

—Y Tika, y Caramon; aunque ahora no puedes verle, está en esa ladera. También nos acompaña Berem, un hombre extraño que recogimos en Kalaman y que tiene una joya verde incrustada... ¡Ay! Tanis, me has hecho daño.

Tras mirar de hito en hito a todos los presentes, Fizban se aclaró la garganta e inquirió:

—¿No os habréis unido a los ejércitos de los Dragones?

—¡Claro que no! —le espetó Tanis en sombrío ademán—. Por lo menos, hasta hoy. De todos modos quizá la situación cambie de un momento a otro —añadió, haciendo un significativo gesto hacia atrás.

—¿No tenéis ninguna vinculación con ellos? —insistió el mago con renovada esperanza—. ¿Estáis seguros de no haber sido convertidos? Podrían haberos convencido a la fuerza.

—¡No, maldita sea! —El semielfo se desprendió violentamente de su yelmo—. Soy Tanis ¿recuerdas?

El rostro de Fizban se iluminó.

—Es para mí un gran placer volver a veros, señor. —Asiendo la mano de Tanis, la estrechó en un cálido apretón.

—¡Lo has estropeado todo! —le reprendió el semielfo exasperado, a la vez que se desembarazaba de su conciliador saludo.

—¡Pero cabalgabais a lomos de dragones!

—Sí, de Dragones del Bien. ¡Han regresado! —Tanis no lograba contener su ira.

—¡Nadie me lo comunicó! —protestó el anciano, presa también de cierta indignación.

—¿Sabes lo que has hecho? —El semielfo ignoró aquel intento de interrumpirle—. Nos has derribado en el aire y, no contento con ello, has expulsado a nuestro único medio seguro para llegar a Neraka.

—Me doy cuenta —admitió pesaroso Fizban. Tras lanzar una mirada de soslayo a la llanura, añadió—: Esos individuos nos ganan terreno, no debemos permitir que nos alcancen. ¿Qué hacemos aquí charlando mientras se acercan? !Vaya un cabecilla! —Clavó sus ojos en Tanis—. Supongo que tendré que asumir yo el mando. ¿Dónde está mi sombrero?

—A unas cinco millas —declaró Pyrite, que se había reunido con el grupo. Un prolongado bostezo brotó de su arrugado hocico.

—¿Qué haces en estos parajes? —dijo el mago visiblemente disgustado.

—¿Dónde debería estar? —preguntó el Dragón.

—¡Te ordené que levantaras el vuelo en cuanto lo hicieran los otros!

—No he querido ir con ellos —se rebeló el animal. Estornudó y una lengua de fuego afloró por sus fosas nasales, seguida de una tremenda bocanada de aire—. Esas criaturas cobrizas no respetan a sus mayores —explicó malhumorado—. No cesan de hablar ni de reír por tonterías. ¡Me ponen nervioso! .

—En ese caso, tendrás que regresar solo. —Fizban alzó la vista para clavarla en los empañados ojos del animal—. Vamos a emprender un largo viaje por una región llena de peligros...

—¿ Vamos? —intervino Tanis—. Escúchame bien, Fizban, o como quiera que te llames: te sugiero que tú y tu... amigo sigáis vuestro camino. Tienes razón, nuestro periplo será arriesgado y, ahora que hemos perdido a nuestros dragones, también más prolongado de lo que en principio calculamos.

—Tanis —gritó Tika espiando a los ya próximos draconianos.

—Rápido, a las montañas —apremió el semielfo a la vez que emitía un hondo suspiro en un intento de controlar su miedo y su furia—. Vamos, Tika, adelante. Flint, síguela. Tas... —tiró de su brazo para azuzarle.

—No, Tanis, no podemos dejarle aquí —suplicó el kender.

—¡Tas! —le atajó el semielfo en un tono que dejaba patente su resolución de no admitir más demoras. También el anciano pareció comprender que nada lo detendría.

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