La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
—Ahora sé, después de haber reflexionado —continuó el elfo— que Laurana tenía razón al dejarse llevar por su impulso. Debía ir, de lo contrario su amor carecería de sentido. Había depositado toda su fe en ti, creía lo suficiente en sus sentimientos como para acudir a tu lado cuando pensó que estabas moribundo... incluso a costa de aventurarse en un lugar maldito.
Gilthanas aferró, ahora con ambas manos, los hombros del cabizbajo semielfo.
—Theros Ironfeld dijo en una ocasión que, en toda su vida, no había visto nunca que de un acto de amor se derivasen consecuencias perniciosas. Debemos creer en sus palabras, Tanis. Laurana corrió en tu busca por amor, lo mismo que te dispones a hacer tú ahora. Sin duda los dioses bendecirán tu empeño.
—¿Acaso bendijeron a Sturm? —preguntó el semielfo con aspereza—. ¡También el amaba!
—¿Cómo sabes que no lo hicieron?
Tanis cerró sus dedos en torno a los de Gilthanas y meneó la cabeza. Quería creer, se le antojaba bello, inquietante... como las leyendas de dragones. En su infancia había anhelado que aquellas criaturas existieran en realidad.
Suspirando, se apartó del elfo. Tenía la mano en el pomo de la puerta cuando Gilthanas habló de nuevo:
—Adiós, hermano.
Los compañeros se reunieron en una pequeña estancia en la que había una puerta secreta que llevaba, a través de las almenas, hasta el exterior. Gilthanas podría haberles autorizado a salir por uno de los accesos principales pero cuantas menos personas conocieran el proyecto de Tanis mejor sería para todos, en especial para el semielfo.
Solinari había empezado a zambullirse tras los abruptos perfiles de las montañas y Tanis, apartado del grupo, contemplaba a través de una ventana los últimos reflejos de los argénteos rayos lunares sobre las torres de la siniestra ciudadela. Vio luces en el castillo flotante, negras sombras que se recortaban en su interior. ¿ Quién vivía en aquel inefable ingenio? ¿Draconianos? ¿Quizá los magos de Túnica Negra y los perversos clérigos que lo habían desprendido del suelo?
A su espalda oía hablar a los otros en tonos apagados... salvo a Berem. El Hombre Eterno, bajo la estrecha vigilancia de Caramon, se mantenían al margen con el pánico dibujado en sus ojos.
Tanis se volvió para contemplarles unos minutos y al fin se dijo que debía enfrentarse a una nueva despedida, tan dolorosa que se preguntó si no flanquearía su voluntad en el último instante. Observó, tratando de ocultar el rostro, los cálidos haces luminosos que la poniente Solinari prendía de la bella melena metálica de Goldmoon. Su faz irradiaba paz, serenidad, pese a conocer las posibles implicaciones del viaje a las tinieblas que sus amigos se disponían a emprender. Aquello confirió fuerzas al semielfo.
Con un hondo suspiro, se apartó de la ventana para reunirse con el grupo.
—¿Ha llegado la hora? —preguntó ansioso Tasslehoff..
Tanis sonrió, a la vez que estiraba la mano para acariciar el ridículo copete de su cabeza. En un mundo cambiante, los kenders se revelaban inmutables.
—En efecto —dijo en voz alta—. Para algunos de nosotros —añadió con la mirada fija en Riverwind.
Al cruzarse sus ojos con los del semielfo, firmes y graves, los pensamientos que surcaban la mente del hombre de las Llanuras se reflejaron en su semblante, tan límpidos para Tanis como los contornos de las nubecillas en una noche de luna. Al principio Riverwind se negó a comprender, ni siquiera escuchó las palabras de su cabecilla. Pero pronto se percató de lo que éste había dicho y se sonrojó su rostro impenetrable, avivado por el centelleo de sus negras pupilas.
Tanis guardó silencio, limitándose a desviar de nuevo la mirada hacia Goldmoon. También Riverwind contempló a su esposa, quien se hallaba envuelta en una aureola argéntea, perdida en sus propias cavilaciones. Una dulce sonrisa daba vida a sus labios, una complacencia que Tanis había detectado en los últimos días. Quizá imaginaba a su hijo jugando bajo el sol.
El semielfo concentró una vez más su atención en Riverwind. Al ver la batalla que libraba en su interior supo que el guerrero que-shu insistiría en acompañarles, aunque el hacerlo entrañara abandonar temporalmente a Goldmoon.
Avanzando hacia él, Tanis posó las manos en sus hombros y se abrió camino hasta su agitado corazón.
—Tu trabajo ha concluido, amigo —le dijo—. Ya has recorrido las sendas del invierno hasta donde debías seguirlas. Aquí se separan nuestras rutas: la nuestra conduce al yermo desierto, la tuya traza un recodo en pos de los árboles en flor. Has contraído una responsabilidad con el hijo que has engendrado—. Levantó una de sus manos para cerrarla sobre el hombro de Goldmoon y atraerla hacia sí.
»Vuestro vástago nacerá en otoño —se apresuró a continuar para impedir la protesta que ya afloraba a los labios de la mujer—, cuando los vallenwoods se visten de grana y oro. No llores, por favor —añadió estrechándola en sus brazos—. Aquellos viejos árboles volverán a crecer y entonces llevarás al guerrero o a la doncella a Solace, donde le relatarás la historia de dos seres que, gracias a la intensidad de su amor, permitieron que la esperanza perdurase en un mundo de dragones.»
Besó su hermoso cabello antes de que Tika, entre quedos sollozos, ocupase su lugar en un emocionado abrazo de despedida. Mientras, Tanis se volvió hacia Riverwind y advirtió que se había diluido la severa máscara de su rostro para revelar los surcos del dolor. Ni siquiera el semielfo podía ver con claridad a través de las lágrimas.
—Gilthanas necesitará ayuda para planificar la defensa —declaró tras aclarar su garganta—. Me sentiría plenamente feliz si vuestro penoso y largo invierno hubiera terminado, pero me temo que se prolongará aún un poco más.
—Los dioses están con nosotros, amigo, hermano —susurró Riverwind con voz entrecortada, apretando contra su pecho al semielfo—. Espero que os acompañen en vuestro viaje. Aguardaremos vuestro regreso.
Solinari desapareció tras las montañas. Las únicas luces que destellaban ahora en el cielo nocturno eran las de las oscilantes estrellas y aquellos otros resplandores, fantasmales, que enmarcaban las ventanas de la ciudadela y parecían vigilarles cual varios pares de ojos felinos. Uno tras otro los compañeros se despidieron de la pareja de las Llanuras. Encabezados por Tasslehoff cruzaron acto seguido el pasillo de las almenas, atravesaron una nueva puerta y descendieron por una escalera. A su pie, una nueva hoja de carcomida madera conducía a la planicie; la traspasaron en fila, sigilosos, con las manos cerradas sobre sus armas.
Durante un momento permanecieron apiñados oteando el llano donde, a pesar de la cerrada noche, creían que su carrera sería vista por los millares de ojos que acaso los acechaban desde la ciudadela voladora.
Tanis, que se hallaba junto a Berem, notó cómo aquel hombre temblada de miedo y se alegró de haber asignado a Caramon su vigilancia. Desde el instante en que anunció su proyecto de viajar a Neraka el semielfo había detectado una mirada fantasmal y demente en los azules ojos del misterioso individuo, similar a la de un animal enjaulado. No pudo por menos que compadecerle, pero hizo un esfuerzo para endurecer su corazón: era mucho lo que se jugaban. Berem era la clave de una respuesta que se ocultaba en el templo de Neraka. Ignoraba cómo se las arreglaría para descubrir la solución del enigma, si bien un plan comenzaba a perfilarse en su mente.
En lontananza rasgaron el aire nocturno unos estridentes sonidos de trompetas, a la vez que una luz anaranjada se elevaba en el horizonte. Los draconianos prendían fuego a otra ciudad. Tanis se arropó en su túnica pues, a pesar de estar en primavera, el helor del invierno aún flotaba en la atmósfera.
—Iniciad la marcha, de uno en uno —ordenó con voz queda.
Contempló cómo atravesaban a la mayor velocidad posible la franja de tierra herbácea, en pos del cobijo que había de brindarles la arboleda. En un claro les aguardaban varios dragones cobrizos, pequeños pero de raudo vuelo, para transportarles a las montañas, tal como había dispuesto Gilthanas.