Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Reina de la Oscuridad
La Reina de la Oscuridad - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
1 ... 62 63 64 65 66 67 68 69 70 ... 110
Перейти на страницу:

—Iré con los compañeros —anunció al Dragón por su propia iniciativa, pues sabía que Tanis no iba a ofrecérselo—. Me necesitan. Como no puedes regresar solo, tendrás que recurrir al polifónico...

—¡Polimórfico! —le corrigió indignado Pyrite—. Nunca aprenderás esa palabra...

—Su nombre no importa ahora, me has entendido y eso basta. ¡Deprisa o no podrás venir con nosotros.

—De acuerdo —asintió el Dragón—. También podría utilizar otros.

—No creo que... —empezó a sugerir Tanis, sin atender al singular galimatías y preguntándose qué iban a hacer con aquel viejo gigante.

Pero era demasiado tarde.

Mientras Tas lo contemplaba fascinado y el semielfo permanecía quieto, ardiendo de impaciencia, el animal pronunció unas palabras en el extraño lenguaje de la magia. Se produjo un deslumbrante resplandor y el dorado reptil se desvaneció ante sus ojos.

—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Tasslehoff sin comprender el fenómeno.

Fizban se inclinó hacia adelante para recoger algo del suelo y alzarlo en su palma abierta.

—¡Moveos, no hay tiempo que perder! —Tanis empujó a Tas y al viejo en dirección a la ladera, que Tika y Flint ya habían comenzado a escalar.

—Toma —susurró Fizban al kender en plena carrera—. Vamos, extiende la mano.

Tas obedeció, y quedó sin resuello al ver lo que el mago había depositado entre sus dedos. Le habría gustado detenerse para examinarlo mejor, pero Tanis lo agarró por el brazo y lo obligó a seguir.

En la palma del sobrecogido kender refulgía la diminuta figura de un dragón dorado, tallada con exquisito detalle. Incluso creyó ver las cicatrices de sus alas, aunque no con tanta claridad como los pequeños rubíes que centelleban en sus cuencas oculares. De pronto, bajo la atenta mirada de Tas, las gemas desaparecieron bajo los dorados párpados que la estatuilla acababa de entornar.

—¡Fizban, es magnífico! ¿De verdad puedo quedármelo? —se aseguró sin girar la cabeza hacia el anciano, que avanzaba un poco rezagado entre sonoros resoplidos.

—¡Por supuesto, muchacho! —confirmó el mago—. Al menos hasta que concluya esta aventura.

—O hasta que muramos en el empeño —farfulló Tanis, salvando las rocas a gran velocidad. Los draconianos se hallaban a escasa distancia.

2

El puente mágico.

Perseguido por los draconianos, que creían haber dado con un grupo de espías, los compañeros escalaron un cerro tras otro.

Habían perdido el rastro de Caramon y el huido Berem, pero no tenían tiempo para buscarles. Así pues se llevaron un gran sobresalto cuando encontraron al guerrero, que estaba intentando reanimar el cuerpo inerte del Hombre de la Joya Verde, desmayado a sus pies.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Tanis entre dificultosos jadeos, agotado tras la penosa marcha montaña arriba.

—Al fin lo atrapé —respondió Caramon meneando la cabeza— y presentó batalla. Es muy fuerte para su avanzada edad, Tanis, de modo que tuve que golpearle. Temo haberme excedido —añadió a la vez que contemplaba lleno de remordimientos la comatosa figura.

—¡Fantástico! —exclamó el semielfo, demasiado cansado para reprenderle.

—Me ocuparé de él —declaró Tika mientras revolvía en una bolsa de cuero.

—Los draconianos acaban de salvar el peñasco más próximo —informó Flint, que se había rezagado del grupo. El enano caminaba a trompicones, al parecer en el límite de su resistencia. Se desplomó junto a una roca y procedió a enjugarse el sudor con el extremo de su luenga barba.

—Tika —empezó a decir Tanis.

—¡Lo encontré! —le atajó la muchacha con aire triunfante, exhibiendo en su mano un pequeño vial. Tras arrodillarse al lado de Berem, destapó el frasquito y lo agitó bajo su nariz. La inconsciente criatura respiró hondo y, al instante, le sobrevino un acceso de tos.

Tika lo abofeteó entonces sin violencia en ambas mejillas, al mismo tiempo que le ordenaba con el tono de voz que solía utilizar entre los parroquianos de «El Ultimo Hogar»:

—¡Levántate! A menos, claro, que quieras caer en poder de los draconianos.

Berem abrió alarmado los ojos. Se sentó aún aturdido sujetándose la cabeza, con ayuda del guerrero.

—¡Espléndida idea, Tika! —la felicitó Tas muy excitado—. Deja que pruebe yo... —Sin que la muchacha acertara a detenerle, el kender le arrebató el vial y se lo llevó a la nariz para inhalar sus efluvios.

—¡Agh! —balbuceó medio asfixiado retrocediendo hacia Fizban, que aparecía en aquel momento por el sendero después de demorarse en la escalada—. ¡Tika, qué olor tan espantoso! —Apenas podía hablar—. ¿Qué es?

—Una de las pócimas de Otik —respondió ella sonriente—. Todas las mozas de la posada teníamos uno de estos frasquitos. Resultaba útil en multitud de ocasiones, supongo que sabes a qué me refiero. —Su mueca festiva se desvaneció al recordar—.¡Pobre Otik! —susurró—. Me pregunto que habrá sido de él y de su local.

—No es momento para cavilaciones, Tika —la amonestó Tanis nervioso—. Tenemos que seguir. ¡Incorpórate, anciano! —ordenó a Fizban, que acababa de acomodarse en el suelo.

—Conozco un hechizo —insinuó el mago mientras Tas tiraba de él—, que aniquilaría a esos bribones en un abrir y cerrar los ojos. ¡Se desvanecerían en el aire!

—¡No! —prohibió el semielfo—. De ninguna manera. Con la suerte que tenemos últimamente seguro que se convertirían en trolls.

—Quizá podría... —el rostro de Fizban se iluminó.

El sol crepuscular comenzaba a zambullirse en el lejano horizonte cuando el camino que habían seguido en su precipitada excursión alcanzó un punto muerto para ramificarse en dos direcciones opuestas. Una de las sendas conducía a los picos, la otra parecía serpentear por la ladera. Tanis pensó que quizá existía un paso entre las cumbres, un paso que podrían defender si fuera necesario.

Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Fizban se adentró en el sendero que discurría por la ladera. .

—Este es el buen camino —anunció el viejo mago sin interrumpir la marcha, apoyado en su bastón.

—Pero... —intentó replicar Tanis.

—¡Vamos, seguidme! —insistió el anciano, volviéndose para lanzarles una fulgurante mirada bajo su cano entrecejo—. Ese otro es un callejón sin salida, y en más de un aspecto. Lo conozco bien, no es la primera vez que visito estos parajes. La senda que he tomado rodea una de las montañas hasta una honda cañada. Hay un puente sobre el precipicio; podemos cruzarlo y luchar contra los draconianos cuando pretendan alcanzarnos.

Tanis rezongó, remiso a confiar en aquel viejo demente.

—Es un buen plan —razonó Caramon—. Antes o después tendremos que encararnos con ellos. —Señaló a los draconianos que trepaban por los caminos montañosos.

Tanis examinó a sus compañeros, todos más cansados de lo que admitían. Tika estaba pálida, apenas brillaban sus ojos habitualmente alegres. Se apoyó en Caramon, quien incluso había abandonado sus lanzas a fin de aligerar la carga.

Tasslehoff dedicó a Tanis una sonrisa jovial, pero jadeaba como un perro sediento e incluso cojeaba de un pie.

Berem presentaba su semblante acostumbrado, mezcla de hosquedad y temor. De todos modos no era él quien más preocupaba al semielfo, sino Flint. El enano no había despegado los labios durante su fuga y, aunque mantuvo el ritmo sin desfallecer, exhibía un tinte amoratado en el rostro además de respirar en cortas boqueadas. En ocasiones, cuando se creía libre de miradas indiscretas, cerraba la mano sobre su pecho o se frotaba el brazo izquierdo como si le causara un punzante dolor.

—De acuerdo, Fizban —accedió el semielfo—. Dejaré que guíes la comitiva, aunque lo más probable es que no tarde en lamentarlo —concluyó en un susurro mientras los restantes compañeros se apresuraban a seguir al mago.

1 ... 62 63 64 65 66 67 68 69 70 ... 110
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)