La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— ¿Qué?
— Dos sepultureros. Quieren cobrar por su trabajo. —La Prelada echó un vistazo a la factura—. Y debo añadir que, por el precio que piden, tienen un alto concepto de sus habilidades.
— Oye, Verna, creo que llevas aquí encerrada demasiado tiempo. Necesitas un poco de aire fresco. ¿Por qué no damos un paseo?
— ¿Un paseo? Warren, no tengo tiempo para…
— Prelada, lleváis demasiado tiempo aquí sentada. Necesitáis un poco de actividad. —El joven mago ladeó la cabeza, al tiempo que señalaba con exagerado ademán la puerta—. ¿Qué me decís?
Verna dirigió su mirada a la puerta. Si la hermana Dulcinia la había obedecido, en la oficina exterior solamente estaría la hermana Phoebe. Phoebe era amiga suya. O no. Verna se recordó que no podía confiar en nadie.
— Bueno… sí, creo que me gustaría dar un paseo.
Warren rodeó el escritorio y la alzó cogiéndola por un brazo.
— Perfecto. ¿Nos vamos?
Verna retiró bruscamente su brazo y le lanzó una mirada asesina.
— Claro, claro —dijo con voz cantarina—. ¿Por qué no?
Al oír la puerta la hermana Phoebe se alzó precipitadamente para hacer una reverencia.
— Prelada… ¿necesitáis algo? ¿Un poco de sopa, tal vez? ¿Té?
— Phoebe, te he dicho mil veces que no tienes que hacerme reverencias cada vez que me veas.
Phoebe se inclinó de nuevo.
— Sí, Prelada. Quiero decir… —balbució, ruborizada hasta la raíz de los cabellos—… lo siento, Prelada. Perdonadme.
Verna suspiró y se armó de paciencia.
— Hermana Phoebe, nos conocemos desde que éramos novicias. ¿Cuántas veces nos castigaron a la dos a fregar ollas en las cocinas por…? —Verna lanzó una rápida mirada a Warren—. Bueno, no recuerdo por qué, pero el asunto es que somos viejas amigas. Por favor, trata de recordarlo.
— Lo haré… Verna —dijo Phoebe con una sonrisa. Aunque fuese una orden, se estremeció al llamar «Verna» a la Prelada.
Ya en el pasillo Warren le preguntó por qué las castigaban a fregar ollas.
— Ya he dicho que no lo recuerdo —replicó ella en tono cortante, echando una mirada por encima del hombro al vacío corredor—. ¿Qué te traes entre manos?
Warren se encogió de hombros.
— No es más que un paseo. —Warren comprobó asimismo que estuvieran solos antes de mirarla con intención—. Se me ocurrió que la Prelada querría visitar a la hermana Simona.
Verna perdió el paso. La hermana Simona llevaba semanas desquiciada —algo relacionado con los sueños—, por lo que se la mantenía encerrada en una habitación protegida con escudos para que no pudiera hacerse daño a ella misma ni a algún inocente.
— Antes he pasado a verla —le susurró Warren.
— ¿Por qué?
Con un dedo el joven señaló arriba y abajo, al suelo. Las criptas. Quería decir las criptas. Verna lo miró con extrañeza.
— ¿Y cómo la encontraste?
Al llegar a una intersección Warren miró a derecha e izquierda para asegurarse de que estaban solos y a continuación echó otro vistazo atrás.
— No me han dejado verla —susurró.
Fuera caía un aguacero. Verna se cubrió la cabeza y los hombros con el chal y se metió bajo aquel diluvio, saltando sobre los charcos y tratando de pisar las losas de piedra colocadas sobre la empapada hierba. La luz amarilla que salía de las ventanas titilaba en el agua de los charcos. Los soldados apostados a las puertas del complejo privado de la Prelada inclinaron la cabeza cuando ambos llegaron a un sendero cubierto de techo bajo.
Una vez dentro Verna se sacudió el agua del chal y se lo colocó sobre los hombros. Ambos se habían quedado sin aliento. Warren también se sacudió el agua de su túnica. Los lados del pasadizo estaban formados por arcos y protegidos únicamente con celosías abiertas por las que se emparraban enredaderas. Pese a ello la lluvia no iba acompañada de viento, por lo que estaba bastante seco. Verna escrutó la oscuridad y no vio a nadie. Se hallaban bastante lejos del siguiente edificio, que era la achaparrada enfermería.
La mujer se dejó caer sobre un banco de piedra. Warren pretendía continuar pero cuando Verna se sentó él la imitó. Hacía fresco, y Verna se sintió mejor al sentir junto a ella el calor del cuerpo de Warren. El penetrante olor de lluvia y tierra mojada resultaba refrescante después de pasar tanto tiempo encerrada. Verna no estaba acostumbrada a estar entre cuatro paredes; prefería estar al aire libre. Para ella el mejor lecho era el suelo; y el mejor despacho, los árboles y campos. Pero esa parte de su vida se había acabado. El despacho de la Prelada comunicaba con un jardín pero ni siquiera había tenido tiempo para echarle un vistazo.
En la distancia resonaba el incesante retumbar de los tambores, semejante al latido de la fatalidad.
— Con mi han no noto la presencia de nadie cerca —dijo finalmente Warren.
— ¿Puedes sentir la presencia de alguien con Magia de Resta?
— No se me ha ocurrido —respondió, sobresaltado.
— ¿Qué ocurre, Warren?
— ¿Crees que estamos solos?
— ¿Y cómo quieres que lo sepa? —respondió ella en tono desabrido.
El joven echó otro vistazo alrededor y tragó saliva.
— Bueno, últimamente he estado leyendo mucho. —Nuevamente señaló hacia las criptas y añadió—: Y creo que deberíamos visitar a la hermana Simona.
— Eso ya lo has dicho antes. Pero ¿por qué?
— Algunas de las cosas que he leído tienen que ver con sueños —respondió enigmáticamente.
Verna lo miró a los ojos pero estaba tan oscuro que solamente distinguía su silueta.
— Simona tiene sueños.
El muslo de Warren rozaba el suyo y notaba cómo temblaba de frío. Al menos, ella creía que era de frío. Sin pensar, lo rodeó con un brazo y apoyó su cabeza contra un hombro.
— Verna —balbució el joven—. Me siento tan solo… No me atrevo a hablar con nadie. Tengo la impresión de que todos me vigilan. Tengo miedo de que alguien me pregunte qué estoy estudiando, por qué y quién me ha autorizado. Sólo te he visto una vez en tres días y no puedo hablar con nadie más que contigo.
Verna le palmeó cariñosamente la espalda.
— Lo sé, Warren. Yo también quería hablar contigo pero he estado demasiado ocupada. Hay mucho trabajo que hacer.
— Tal vez te están abrumando de trabajo para tenerte ocupada y que no te metas en sus… asuntos.
Verna meneó la cabeza en la penumbra.
— Es posible. Yo también tengo miedo, Warren. No sé cómo ser Prelada. Tengo miedo de provocar la ruina del Palacio de los Profetas si no hago lo que debo hacer. No me atrevo a decir que no a Leoma, Philippa, Dulcinia y Maren. Ellas me aconsejan sobre cómo debe ser la Prelada. Si realmente están de nuestro lado, y si sus consejos son sinceros, si nos los sigo, puedo estar cometiendo un grave error. Y cuando la Prelada comete un error, todos pagan por ello. Pero si no están de nuestro lado, bueno… a mí me parece que lo que quieren que haga no puede causar ningún daño. ¿Qué mal puede haber en leer informes?
— Tal vez distraer tu atención de algo importante.
La mujer le acarició una vez más la espalda y luego lo apartó.
— Lo sé. Creo que deberíamos «pasear» más a menudo, Warren. El aire fresco me sienta muy bien.
— Me alegro Verna. —Warren le apretó una mano, se levantó y se alisó la oscura túnica—. Vamos a ver cómo sigue Simona.
La enfermería ocupaba uno de los edificios más pequeños de la isla Halsband. Las Hermanas eran capaces de curar con su han las dolencias más comunes, y aquellas que quedaban fuera de sus poderes solían acabar en una muerte rápida, por lo cual la enfermería alojaba únicamente a un puñado de criados, viejos y enfermos, que se habían pasado la vida trabajando en el Palacio de los Profetas y no tenían a nadie que los cuidara en su vejez. Asimismo allí se confinaba a los dementes. El don tenía sus limitaciones con las dolencias mentales.