El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Capítulo 9
Un buen día y sin previo aviso su mundo se partió por la mitad. Ésa fue la forma en que lo asumió, ésa fue la frase que se repitió sin descanso para sus adentros: El mundo se ha partido por la mitad. Al principio pareció que el día iba a ser igual que cualquier otro. Cierto que Billy apenas le había dicho una sola palabra, cierto que desayunó por su cuenta en la cocina y que se marchó sin decir adiós siquiera, cargado con el maletín lleno de muestras. O se había aplicado demasiada loción para después del afeitado o estaba colorado, como tendía a estar cuando se enojaba. Pero no le pareció que estuviera enojado, sino sólo malhumorado, o con un extraño humor. Cuando se fue de la cocina quedó el humo de su cigarrillo que ascendía en lentas volutas, entre grises y azuladas, a la potente luz del sol que penetraba por la ventana, junto a la puerta de atrás. Se había servido una taza de té tibio de la tetera de cerámica marrón y se sentó ante la mesa sin recoger, escuchando un rato la radio. Billy había dejado una mancha de mermelada en el mantel blanco, que brillaba como una esquirla de cristal. En el jardín trinaba un pájaro con todas sus fuerzas. Se acordó de que antes de ir a trabajar tenía que poner en marcha la lavadora, la máquina recién estrenada que había sido, qué cosas, otro de los pequeños lujos que el Silver Swan, que iba viento en popa, le había permitido disfrutar.
Sí, un día como cualquier otro, o al menos eso parecía.
Cuando sonó el teléfono se llevó un sobresalto. ¿Quién podía llamar a esa hora tan temprana? Fue corriendo al recibidor. Al principio no entendió quién preguntaba por ella. Hardiman, dijo que se llamaba. Se paró a pensar. ¿Conocía a alguien llamado Hardiman? Acto seguido, le dijo que llamaba del banco. Se le resecó la boca y notó que sus latidos de pronto bajaban de ritmo, que eran un golpeteo apagado, trabajoso, como si algo le subiese con esfuerzo por dentro. Los tratos con el banco habían sido la parte del negocio que ella más odiaba, así fuera en secreto. Los bancos la aterraban, nunca había pisado uno solo hasta que tuvo veintimuchos años. Eran demasiado grandes, con techos demasiado altos, con demasiados mostradores y demasiada gente tras ellos, todos con corbata, o las chicas con conjuntos de suéter y chaqueta de punto a juego, mientras que los hombres que se veían al fondo, o en sus despachos acristalados, llevaban todos trajes de mil rayas. Le aterraba incluso el olor, un olor seco, a papel, como el olor del despacho de la directora del colegio de monjas. Hardiman le estaba diciendo algo sobre unos asuntos, sobre unas cifras, sobre unos cheques firmados por el señor White. Le pidió que se acercara por el banco, que pasara a verle. Sin saber cómo, logró ella que le saliera la voz de dentro y dijo que ese día estaba muy ocupada, y que si le iría bien que se acercase a verle el lunes. Se hizo entonces un silencio en la línea, un silencio más alarmante incluso que la voz de aquel hombre y al cabo le oyó ella toser -aunque no lo conociera en persona lo vio en ese momento, gris, preciso en todos sus movimientos, con motas de caspa en el cuello de la chaqueta, sentado ante una mesa, con el teléfono en una mano y el nudillo del dedo índice apretado contra los labios fruncidos- y dijo que no, no, que no era posible esperar hasta el lunes, que lo mejor sería que fuese cuanto antes a verle. Ella quiso protestar, pero él la cortó en seco, de un modo más contundente.
– De veras, señora Hunt, creo que lo mejor, en interés de todos, es que venga usted ahora mismo y que veamos si hay forma de encontrar entre todos una solución.
Nada más colgar tuvo que subir al piso de arriba, al cuarto de baño y se sentó en el retrete y la orina salió de ella a espuertas, a chorros, tanto que no alcanzó a imaginar cómo podía haber retenido tal cantidad dentro. Cuando se tocó la cara se la encontró seca como las hojas caídas, no, no como las hojas caídas, sino como la ceniza, eso era, y notaba tal constricción en la garganta que a duras penas podía tragar, y le ardían los párpados y le dolía hasta el cabello, si es que tal cosa era posible. A pesar de todo, a pesar del susto, del pánico, de la orina incontenible, no se sorprendió. Esto, lo entendió de golpe, era algo que había estado esperando que sucediera en todo momento, desde el primerísimo día en aquel pub de Baggot Street, cuando se sentó en la barra y oyó a Leslie White indicar al camarero cómo quería que le preparase exactamente los whiskys calientes -«Con agua caliente, ojo, que no esté hirviendo, y no más de tres clavos en cada uno»-, y estuvo tan excitada de encontrarse en un pub a media tarde, tomando una copa con aquel ser tan bello, de cabellos plateados, que le dio miedo que fuera a caerse del taburete y desmayarse entre sus brazos. Lo que había dado tantísima emoción a todo, aunque fuese de un modo horrible, y ahora lo entendió, no era que el salón de belleza fuera viento en popa, ni que entrase el dinero en cantidades, ni las charlas juguetonas de Leslie, ni la embriagadora sensación que la invadía al notar sus dedos en la piel, no, y ni siquiera el amor, sino la perspectiva, no reconocida aún, de que llegara la hora en que recibiera esa llamada telefónica a las nueve de la mañana de un día laborable, de un día como cualquier otro, con la cual llegó el anuncio de que había sobrevenido la catástrofe. Y eso era extraño.
La entrevista con Hardiman para ella pasó en un visto y no visto, en un manchurrón acalorado y desdibujado. Se había equivocado con respecto a él, no era el palo reseco y estirado que se imaginó, sino un hombre de gran envergadura y cabello blanco y rostro colorado, preocupado, con un traje azul, que se inclinaba muy atento con los codos sobre la mesa y las manos enormes y carnosas, unidas delante de él, diciéndole con una voz en la que resonaba la tristeza que Leslie White había arruinado el negocio. Ella no lo entendió, no lo supo asimilar. Al parecer, por cada libra que hubiese ganado ella Leslie había gastado dos. Había recurrido al salón de belleza como aval para pedir una hipoteca que le fue concedida, pero que se había gastado en su totalidad. Había cheques cuyo importe no había sido posible hacer efectivo, dijo Hardiman. Ella lo miró con la boca abierta, sin entender nada, y él se miró las manos y la volvió a mirar y suspiró.
– Devueltos, señora Hunt. Los cheques han sido devueltos.
Pero… ¿y el dinero? ¿Qué había sido del dinero?, preguntó, suplicando una aclaración que la ilustrase. ¿En qué se lo había gastado Leslie?
El señor Hardiman irguió sus hombros voluminosos, envueltos en el traje azul, y los encogió de nuevo, como si con ellos sujetase el peso del mundo.
– Eso es algo sobre lo cual el banco carece de información, señora Hunt -dijo, y como ella siguió mirándole sin entender nada y sin saber qué hacer, parpadeó y frunció el celo-. Es decir -añadió con aspereza-, no sabemos en qué lo ha gastado. Tal vez ésa sea una pregunta -se contuvo, y suavizó el tono-… Tal vez ésa sea una pregunta que debería usted hacerle a él, señora Hunt.
Salió caminando a la mañana de verano, sintiéndose como si fuera la única superviviente de un descomunal desastre, que sin embargo no había hecho el más mínimo ruido. La luz del sol tenía una nitidez cortante, amarilla, que le hizo daño en los ojos. Pasó de largo un carro de un carbonero, y el carbonero de rostro renegrido iba de pie sobre el pescante, con las riendas en una mano y el látigo en la otra, al tiempo que los dos caballos grandes abrían al máximo los ollares y la espuma les volaba de las comisuras de la boca. Un autobús tocó el claxon, un chico que vendía periódicos dio una voz. El mundo parecía un sitio nuevo, un sitio que ella nunca hubiera visto, que sólo con mucha maña recordaba algo al mundo familiar, al mundo de antaño. Entró en una cabina de teléfonos y rebuscó en el bolso unas monedas sueltas. No llevaba cambio. Se acercó a un quiosco y le dieron las vueltas en monedas grandes, con lo que pidió al quiosquero cambio más pequeño, y éste masculló algo y la miró con mala cara, pero a pesar de todo le dio las monedas. Llamó por teléfono al salón de belleza, pero no hubo respuesta. Tampoco es que contase con encontrar allí a Leslie, claro está, aunque encontró un pequeño consuelo en el acto de marcar números conocidos, en oír que sonaba el teléfono en aquel espacio desierto. Y sin saber qué estaba haciendo llamó a casa. A casa. La palabra se le había encajado en el corazón como una esquirla de acero. A su casa, a la de él. A su esposa. A su otra vida, a su vida real.