El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Deirdre, cabizbaja, hizo un mínimo gesto de asentimiento. Sí, dijo, Leslie se había quedado una noche en que su marido estaba de viaje, en Suiza. Kate se quedó mirándola y tuvo que explicarle que a veces Billy tenía que viajar a Ginebra para asistir a los congresos en la sede central de la empresa para la que trabajaba.
– ¿Congresos? -dijo Kate con otro resoplido-. ¿Tu marido iba a congresos? -la sola idea pareció hacerle gracia-. Pobre idiota.
Sin embargo, Deirdre se fue dando cuenta de que Kate no estaba ya tan enojada como cuando llegó. Supuso que Kate le tenía lástima, o tal vez fuese cierto sentimiento de solidaridad entre las dos. A fin de cuentas, Leslie las había engañado a ambas, a ella tanto como a Kate. Como si acabara de tener ese mismo pensamiento, Kate dejó de pasear de una pared hasta la otra y la miró a fondo por vez primera.
– Oye, ¿estás borracha? -le preguntó.
Dijo que no, que no estaba borracha, pero que había bebido whisky, y que no tenía costumbre.
– Te voy a dar un consejo -dijo Kate-. No te des a la bebida -se sentó con brusquedad en el sofá, con las rodillas juntas y los puños cerrados encima de las rodillas-. Dios todopoderoso -dijo-, mira qué pinta tenemos las dos, engañadas por esa… rata.
Y por pasmoso que fuera Deirdre sintió en ese instante que una protesta se abría paso por su garganta, u grito de negación y de defensa. En ese instante, y por vez primera en todo el día, un largo día, la traspasó la ineludible comprensión de todo lo que estaba perdiendo en esos momentos. No sólo el dinero, no sólo el negocio, no sólo el coche nuevo y los vestidos nuevos y el abrigo de armiño que pensaba comprar al año siguiente; todo eso ya no importaba nada. No: estaba perdiendo a Leslie, a quien amaba de una manera tal como nunca había amado a nadie, tal como jamás volvería a amar a nadie. Notó que algo se encogía en ella, que se encogía y se desmoronaba y se hacía ceniza, como se habían hecho ceniza las fotografías cuando ella las quemó aquel día en la pequeña chimenea de Percy Place.
Kate se puso de pie.
– Lo lamento -dijo-. No sé por qué tendría que lamentarlo, pero lo lamento. Vine aquí a gritarte, a vilipendiarte por haberme robado a mi marido. Tuve la fantasía de golpearte, de arrancarte los ojos con las uñas, de todas esas cosas que una se imagina que hará en un momento como éste, pero todo lo que siento es… es tristeza -dio un paso adelante y alzó la mano como si en efecto fuese a golpearla, pero en cambio se limitó a rozarle ligera y fugazmente la mejilla con las yemas de los dedos-. Pobre puta estúpida -dijo. Y con eso se marchó.
El día siguió su curso con una lentitud exasperante. En la casa, el aire la sofocaba, si bien no se atrevió a salir, ni siquiera al jardín de la trasera, sin saber bien por qué, con la particularidad de que todo lo que se hallara fuera de la casa en esos momentos le parecía hostil, humeante, sulfúrico. Entró en la cocina todavía abrazada a la botella de whisky, sacó un vaso del armario y se sentó en la mesa, donde llenó el vaso hasta el borde, tanto que tuvo que agachar la cabeza para dar el primer sorbo sin levantarlo de la mesa. Tenía los ojos como dos carbones al rojo, y el interior de los labios en carne viva, hinchados, cuarteados. Siguió bebiendo. Durmió después un rato, aún sentada a la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Cuando despertó anochecía. ¿Qué había sido del día? Pareció que hubiera pasado una eternidad desde que estuvo en el banco viendo al señor Hardiman. La casa estaba antinaturalmente silenciosa. Permaneció sentada, sin moverse, durante un largo rato, a la escucha, pero no le llegaron otros sonidos que los que ya estaban circulando por su cabeza. Le picaba la piel bajo la ropa. No se sentía limpia; no es que se sintiera sucia tampoco, sino que no se sentía limpia. Tomó la botella y subió al piso de arriba con el vidrio apretado contra el pecho, apoyándose con un codo que fue deslizando sobre la balaustrada. En lo alto de la escalera se vio en el espejo de cuerpo entero, en la pared, frente al cuarto de baño, con el codo extendido y el puño cerrado en el cuello de la botella, vuelta sobre el pecho, como si tuviera una apoplejía o fuese minusválida o algo así.
En el cuarto de baño, dejó con cuidado la botella sobre el estante, en la cabecera de la bañera, y tomó el vaso del lavabo. Cuando se inclinó para poner el tapón en la bañera estuvo a punto de caerse de cabeza. Se desnudó, despojándose de la ropa como si fueran otras tantas fundas de piel abandonada, como la muda de una serpiente. El penetrante olor a vapor, que a nada olía, le picó en la nariz. Se introdujo en el agua -estaba tan caliente que a duras penas pudo soportarlo- y se tendió con un suspiro. Se miró el cuerpo pálido debajo del agua, sus líneas móviles, sus planos en constante transformación. Se arrodilló entonces y se sirvió el final de la botella en el vaso del lavabo -¿era posible que se hubiese bebido la botella entera?-, arrellanándose de nuevo en la bañera, con el agua hasta el cuello, sujetando el vaso entre los pechos que se le mecían con lentitud, flotando en el agua. Se devanó los pensamientos con una inconcreta inquietud repasando escenas de su pasado, la Navidad en que su padre le llevó de regalo una bicicleta, el día en que le saltó un diente a Tommy Goggin, la gloriosa mañana en que se presentó en la botica y le dijo al sucio, al viejo, al bruto de Plunkett que se olvidara de ella para siempre, que renunciaba al empleo, que iba a emprender un negocio propio.
Se adormiló un rato, hasta que se hubo enfriado el agua de la bañera y despertó con un temblor. Se envolvió en una toalla y se dirigió al dormitorio tambaleándose al pasar por la puerta, donde se golpeó el hombro contra la jamba y se hizo daño. Ya era de noche, pero no se tomó la molestia de encender la luz. Había aminorado su temblor, aunque le castañeteaban los dientes. Retiró la colcha y la sábana y, envuelta todavía en la toalla húmeda, se tumbó y se subió la sábana hasta la barbilla. La luz de la luna llena entraba por la ventana, y la propia luna la miraba como un ojo gordo, que se refocilara. Lloró un rato, y el temblor dio un acusado hipido a sus sollozos. ¿Por qué estaba llorando? ¿De qué le iba a servir el llanto? Todo se había partido por la mitad.
Miró a la luna y de pronto se vio con toda claridad, envuelta por la luz radiante, de pie en aquellas noches de verano en la ventana del piso, cuando era niña, disfrutando del delicioso olor que llegaba desde la fábrica de galletas y escuchando el trinar del mirlo posado en un negro alambre. Había dejado de llorar. Tal vez todavía quedara alguna posibilidad, tal vez todavía fuera posible salvar algo del desastre que había causado Leslie en todo cuanto la rodeaba. «Sí -se dijo en voz alta-, a lo mejor todavía podemos salvar algo». Se acordó entonces de cómo le había rozado Kate White la cara con los dedos, con tanta delicadeza. Le había caído bien a pesar de los pesares. Podrían haber sido amigas si las cosas hubieran sido de otro modo. Podrían incluso haber iniciado un negocio juntas, podrían haber montado otro salón de belleza, sin necesidad de Leslie. Con estos pensamientos por todo consuelo suspiró, y sonrió mirando la negrura que iluminaba la luna y cerró los ojos. Y cerró los ojos.
III
Capítulo 1
Leslie White no acertó a entender por qué había abandonado un alojamiento perfecto, como era el que encontró en el piso de la chica, pasada tan sólo una semana, para meterse en cambio en aquel agujero que era la habitación de Percy Place. ¿En qué pudo estar pensando al tomar esa decisión? En primer lugar, eran demasiadas las cosas de la habitación de Percy Place que le recordaban a Deirdre -empezando por la cama-, a la pobre y difunta Deirdre, y eso era algo sin lo cual podría haberse pasado perfectamente. La echaba de menos, sin ninguna duda la echaba de menos. Había sido una buena chica, y una calentona de miedo por añadidura. Al final, lógicamente, hubo que pasarse sin ella, y así fue. No podía engañarse, no podía decirse que se había quedado destrozado. A fin de cuentas, y hablando de alojamientos, ella había sido la causa de que a él lo echaran a patadas del mejor alojamiento que había tenido en su vida, cuando Kate encontró las fotos y, peor incluso, las cartas guarras. Tenía gracia, sin embargo, que después de que aquellos cabrones le dieran la paliza fuese por puro instinto a casa de la chica, sin poner nunca en duda que ella le daría cobijo y que cuidaría de él. Tal como habían ido las cosas no pudo haber hecho nada mejor, pues si bien se las dio de doncella de hielo y actuó con absoluta frialdad, no tardó apenas nada en derretirse. Lo cierto es que había demostrado ser una pequeña calentona también ella, a pesar de que saltaba a la vista que apenas tenía experiencia, situación que sin embargo él había remediado en gran medida al cabo de los cuatro días que pasaron juntos, a despecho de las magulladuras y de las costillas doloridas. Así pues, ¿por qué se había marchado?