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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Se saltó un semáforo en ámbar al llegar a Baggot Street y enfiló veloz por Mespil Road envuelto en una humareda del escape. A la orilla del canal, los árboles relucían entre verdes y grises bajo el cielo nublado. El agua tenía el aire de una lámina de hojalata bruñida. Se pasó una mano por el pelo, palpando con placer su textura sedosa. La brisa le resultaba grata y fresca, reconfortante en la cara magullada. A fin de cuentas, ¿no había sido en el fondo una broma inocente enviar la fotografía? No se había propuesto hacer tanto daño. Esa era otra de las cosas que nadie entendía con respecto a éclass="underline" su inocencia esencial, su carácter irreprochable en el fondo. Nada de lo que pudiera hacer lo hizo nunca con mala intención.

Empezaba a sentirse nervioso, y pensó en detener el coche y en meterse en un pub tranquilo para encerrarse en el servicio de caballeros y administrarse una dosis de zumito de bienestar, pero decidió en cambio esperar un poco. Tenía cosas que hacer, y necesitaba estar alerta hasta que las diera por hechas. Para empezar, tenía que ocuparse del viejo Kreutzer. No le cabía ninguna duda de que fue Kreutz quien dio la orden a los matones para que le propinasen una paliza, así que eso era preciso aclararlo cuanto antes, y tomar las represalias debidas. El viejo Kreutz tampoco se había portado bien con la chica cuando él se la mandó justo aquella noche de la paliza para que recogiera su medicina. Ella había sido su ángel de bondad y Kreutz la había despreciado, la había echado de la puerta de su casa. Ojo, que eso siempre sería mejor que haberle administrado una taza de su té especial y haber realizado un estudio artístico con ella, tal como había hecho con la pobre Deirdre. ¿De dónde había sacado el maldito guiri los arrestos necesarios primero para intentar chantajearle y después para contratar a una pandilla de maleantes que le diera una paliza? Desde luego, el Doctor empezaba a estar muy necesitado de que le pusiera los puntos sobre las íes.

Esa tarde, Adelaide Road estaba desierta, como de costumbre. Qué extraño, qué poco movimiento había siempre en esa calle, tan sólo algún coche aislado, prácticamente nunca un solo peatón. ¿Por qué sería?, se preguntó. Cuando menos, tendría que pasar el tráfico del hospital, y en la calle había casas en abundancia, y viviendas de pisos, así que… ¿dónde se metían sus ocupantes? No le importaría tener allí un sitio, un cubil, un refugio en medio de toda aquella paz, de aquella quietud frondosa. De un tiempo a esta parte, desde la ruptura con Kate y la desaparición de Deirdre, la cuestión del lugar en que vivir ocupaba gran parte de sus pensamientos. La habitación de Percy Place estuvo bien para el propósito con el que la pidió prestada, pero no le serviría para anidar allí a largo plazo. Había que considerar el problema de los fondos, por descontado, de los que se hallaba inequívocamente corto desde que el salón de belleza entonó su canto del cisne y se hundió. Sería preciso obligar a Kreutz a que reanudase los pagos, pues de lo contrario algunos maridos, personas respetables, en breve recibirían por correo algunas instantáneas cuando menos muy interesantes de sus señoras esposas. En esto, la complicación, cómo no, era que Kate, maldita fuese, había quemado las dichosas fotos. No quedaba más remedio que agenciarse los recambios del propio Kreutz, cosa para la cual imaginó que iba a ser preciso recurrir a algún que otro forcejeo.

Sonreía para sus adentros cuando se arrimó al bordillo y aparcó junto a la acera. Sería la pera obligar a Kreutz a entregarle el material con el que Leslie se dispondría entonces a apretarle las tuercas para que aflojase la mosca. «Chantaje» era por cierto una palabra, al menos cuando era él quien lo practicaba, que desde luego no le parecía que revistiera ninguna fealdad, a pesar de lo que todo el mundo decía siempre en las historias de detectives; muy al contrario, a él le olía a las siniestras hazañas del riesgo asumido con elegancia, a las proezas que mejor parado podían dejarle. Empujó la cancela, que chirrió al abrirse, y recorrió el corto trecho que lo separaba de la puerta con una mano en el bolsillo de la chaqueta, removiendo las ampollas que la señora T le había facilitado. Rodaban entre sus dedos como dados de cristal, y le reconfortó ese tacto frío, el soniquete agudo, la promesa de felicidad que encerraban.

Una vez más, Kreutz no pareció dispuesto a abrirle la puerta, por lo que sacó del bolsillo la ganzúa hecha de alambre con la mayor precisión, y tras echar un vistazo a la calle se puso a trabajar la cerradura. En el pasillo, en penumbra, se percibía un olor tenue, pero preciso y claramente desagradable. Echó a caminar con sigilo. Se preguntó dónde se habría escondido Kreutz. En fin, eso era lo de menos: ya lo encontraría.

Cuando sonó el teléfono, de alguna forma que no supo precisar Quirke adivinó, un segundo antes de coger la llamada, quién estaba llamándole. Se encontraba en su despacho, en el sótano, junto a la sala de disección, en la que estaba trabajando Sinclair, preparando un cadáver para proceder a la autopsia. Eran casi las seis de la tarde de un ajetreado día laborable, y el teléfono parecía que hubiera estado sonando toda la tarde sin descanso, agudo, exigente, como un bebé que pide a gritos su biberón; así pues, ¿qué podía tener aquella llamada en concreto, se preguntó, para que él adivinase con toda certeza quién le llamaba? Sin embargo, cuando el policía anunció quién era -«Inspector Hackett al habla»-, tuvo el palpito habitual del presentimiento. Hackett se tomó su tiempo antes de ir al grano. Le habló de la climatología, tema que era para Hackett lo que los chistes a cuenta de las suegras para los comediantes necesitados, ya que siempre lo tenía a punto; le dijo que el calor lo estaba dejando aplatanado, aunque en la radio había oído anunciar lluvias, que para él serían un gran alivio, a pesar de que bien sabía que no debería decir tal cosa, habiendo tanta gente que disfrutaba con el sol, los había visto en el Green cuando iba a dar un paseo, y estaban por todas partes, tumbados en la hierba, quemándose al menos la mitad de los ociosos, no le cupo ninguna duda, cosa que cada uno de ellos bien podría percibir en cuanto cayera la noche… ¿En dónde estaba y qué podía ser, se preguntó Quirke con un punto de impaciencia, aquello con lo que había «tropezado» el inspector en uno de sus paseos? Cuando le dijo en dónde estaba, y le comunicó una dirección de Adelaide Road, Quirke experimentó otro instante de reconocimiento telepático, y supo cuál era el nombre que estaba a punto de pronunciar.

– Yo diría que se ha encontrado con algo un poquito accidental -dijo el inspector-. En realidad, más que un poquito, y si no me equivoco mucho ha sido bastante más que accidental. ¿Tendría usted un rato libre para venir por aquí a echar un vistazo?

– ¿ Oficialmente?

Por el hilo del teléfono le llegó una risa contenida.

– Señor Quirke…

En cada uno de los escenarios de una muerte violenta con la que se las había tenido que ver Quirke a lo largo de su trayectoria profesional pendía un silencio de una clase muy particular, esa clase de silencio que se forma cuando se han extinguido los últimos ecos de un grito portentoso. Había algo traumático en todo ello, y había un respeto reverencial, y había indignación, la sensación de que habían sido muchas las manos que se habían levantado veloces para cubrir otras tantas bocas, pero había asimismo algo más, una especie de regocijo, una impresión sobresaltada y feliz, como la de quien a duras penas lograba creer la suerte que había tenido. Las cosas, reflexionó Quirke, incluso los objetos inanimados, al parecer tenían afecto por un asesinato.

– Un desastre, un desastre de padre y señor mío -dijo el inspector Hackett, empujando cautelosamente con la puntera del zapato un cuenco de cobre volcado sobre el suelo, salpicado de sangre.

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