El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Sabía a pesar de todo que no podía haber seguido mucho tiempo con ella. Era de ese tipo de mujer, con hambre de sexo, con nervio, con demasiada inteligencia para su propio bien, y para el de cualquiera que estuviera cerca de ella, que con sólo encontrar motivo de aliento se sujetaría a él con uñas y dientes, y que en un visto y no visto estaría gimiendo palabras de amor y todo lo demás. En sus buenos tiempos había conocido muy bien a más de una de ese mismo estilo, y era dificilísimo quitárselas de encima cuando uno se quedaba a tiro durante más de unos cuantos días. Por eso resolvió salir zumbando cuando aún estuvo a tiempo, y por eso se encontraba ahora en Percy Place -vaya nombrecito, todavía le daban ganas de reír cada vez que lo pensaba-, escondido tras las polvorientas cortinas de redecilla, tratando de recuperar la salud y el vigor por sus propios medios y lo mejor que pudiera. No iba a ser fácil.
Lo primero que tuvo que hacer, antes que nada, fue echar mano de una provisión de medicina, y no perdió el tiempo en ir de ronda a donde debía, sin perder de vista su entorno más inmediato, no fuera que le estuvieran esperando en cualquier esquina los tipos de las cachiporras -alguna especie de hachas de madera, le parecieron en su momento-, decididos a darle otro repaso. No le llevó mucho tiempo localizar lo que estaba buscando. Maisie Haddon nunca le había fallado si se trataba de conseguir un chute, y cuando aquella noche decidió darse una vuelta por el garito en el que se dedicaba ella a dar unos cuantos tijeretazos a quien se lo pidiera, en Hatch Street, no le decepcionó. Sin embargo, al darse ella perfecta cuenta de lo mal que se encontraba, de lo acuciante que era su necesidad de meterse algo en las venas, quiso cobrarle lo servido, y él tuvo que amenazarle con darle un toquecito en caso de que no le proporcionara ella de inmediato lo que había ido buscando. No es que Maisic no se hubiera llevado unos cuantos toquecitos a lo largo de su vida, a veces de cierta consideración; lo malo era que sabía muy bien de qué clase de asuntos podía Leslie delatarle, y sabía que no dudaría en buscarle la ruina caso de que ella se resistiese, todo lo cual fue mucho más convincente que la perspectiva de quedar con un ojo amoratado y unos cuantos dientes rotos.
La señora T fue mucho más acomodaticia. Su marido era un médico que la había echado a patadas, y que ahora se negaba a verla, a hablar con ella, aunque la mantenía bien provista, no fuera que le diese por presentarse en su trabajo y pedir a gritos la droga en la puerta de su vistosa consulta, un lujoso local de Fitzwilliam Square. Leslie resolvió encontrarse con ella en la librería, como de costumbre. Aunque ella se quedó visiblemente trastornada al ver en qué estado le habían dejado la cara, con las magulladuras y el ojo amoratado, él pasó los primeros minutos temeroso de que ella pudiera echársele al cuello allí mismo, sobre la marcha, en plena librería, por lo mucho que lo había echado de menos, según le dijo sin esperar a más. Quiso, le dijo, que se la llevase con él a donde fuera y que se la llevase cuanto antes, así que él tuvo que estrujarse los sesos, deprisa, y decirle que era imposible que fuesen juntos a ninguna parte, ya que el salón de belleza estaba cerrado y él había hecho las paces con Kate y estaba de nuevo viviendo con ella, lo cual era mentira, cómo no; Kate, él tenía una total certeza en esto, jamás aceptaría su regreso. Se dio cuenta de que la señora T no le creía; había cometido el error de llevársela a Percy Place un par de veces sin que Deirdre llegara a saberlo, de modo que conocía la habitación, por lo que tuvo que jurarle que ya la había dejado, si bien tenía en esos momentos preocupaciones de mayor envergadura que la decepción de la señora T, desilusionada al no haber sido capaz de atraparlo entre las sábanas. Por fin pudo escabullirse y huir de ella,
una vez le dio ella el cargamento, prometiéndole que la vería esa misma noche en el Shelbourne -«Yo tomaré una habitación para los dos», ronroneó la mujer, mirándole con los ojos entornados, como una gata, y sujetándolo con suavidad por las solapas de su chaqueta de lino; «Podemos registrarnos con nombres falsos»-, promesa que no tenía la menor intención de cumplir.
Cuando arrancó para embocar Baggot Street, ella se quedó en el puente, bajo la intensa luz del sol, y lo vio partir con sus gafas de sol de montura blanca y su vestido de flores, demasiado juvenil para ella, y al mirar él por encima del hombro levantó una mano enfundada en un guante blanco y la agitó con flojera, con tristeza; él supo entonces que no la volvería a ver, a no ser que Maisie Haddon y el resto de sus contactos se encontrasen de pronto con el grifo cerrado. La señora T era otra de las que iba a echar de menos, la verdad era que sí. Tendría cuarenta y cinco años, día arriba o día abajo, y era flaca como un galgo, pero algo tenía, algo que se le notaba en las muñecas huesudas y en los tobillos tan delgados, algo tan frágil, tan aparentemente fácil de romper, que a él se le metió bajo la piel a pesar de tenerla gruesa y correosa. Recordó qué fácil había sido siempre hacerla llorar. Desde luego, la echaría de menos. Joder, con todas esas dichosas mujeres locas por pasar un rato con él, con todas esas malditas mujeres diciéndole a todas horas que lo amaban, y que de pronto se convertían en un engorro, ¿qué otra cosa podía hacer él? ¿Qué habría hecho cualquiera en su lugar?
Tuvo gracia, pero cuando salió por la puerta de Percy Place a la mañana calurosa, neblinosa, gris, se detuvo en seco debido a una sensación que en un primer momento no supo identificar, una suerte de pesadez en el pecho, como si le hubiera caído algo a plomo en el corazón. Con precaución subió al Riley, atento a no rozarse el costillar, que llevaba vendado. No arrancó el motor de inmediato, sino que permaneció al volante empeñado en reconocer qué le estaba pasando. Llevaba un tiempo pensando en Kreutz y en Deirdre, y en la foto comprometedora que Kreutz le había hecho, la foto que él mismo había enviado por correo con mero ánimo de broma. Cerró los ojos un momento. Joder. ¿Qué había hecho? Y entonces comprendió que lo que sentía era la culpa. Sí, la culpa. Eso era lo que le había detenido en seco cuando estaba caminando, ése era el peso que le oprimía el corazón. Abrió de nuevo los ojos y miró la calle desierta como si estuviera aturdido. Leslie White se sentía culpable… Eso sí que era una novedad. Arrancó entonces el motor y dio unos cuantos pisotones con fuerza en el acelerador. A lo hecho, pecho. Las cosas se habían puesto serias, pero ¿acaso era culpa suya? Lo peor de todo, pensó cuando ya se internaba por Haddington Road, era que la gente no le comprendía, y menos que nadie le comprendían las mujeres. Ellas querían tal o cual cosa de él, cosas que no estaba en su mano darles. Sí, eso era lo malo, que la gente esperase cosas que él no tenía y no podía dar.