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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Cuando quedó expuesta la primera lista con el nombre del hijo de Mario en segundo lugar, Julia y Mucia Tertia fueron a ver a Aurelia, y, como la visita solía efectuarse a la inversa, fue para ella una sorpresa. Se debía a la lista, de la que aún no se tenía noticia en el Subura. Sila no había dejado que Julia estuviera en ascuas respecto a su destino.

– Me ha llegado un aviso por mano del pretor urbano electo, el joven Dolabela -dijo Julia temblorosa-. ¡Un hombre bien desagradable! Han confiscado las propiedades de mi pobre hijo. Lo hemos perdido todo.

– ¿Tu casa también? -inquirió Aurelia demudada.

– Todo. Traía una lista detallada. Todas las rentas de minería de Hispania, las tierras de Etruria, nuestra villa en Cumas, la casa de Roma, las otras tierras que Cayo Mario había comprado en Lucania y Umbría, los latifundia trigueros del río Bagradas en la provincia de Africa, los obradores de tintado de lana en Hierápolis y las fábricas de vidrio de Sidón. Hasta la granja de Arpino. Ahora todo es de Roma, y me han dicho que va a ser vendido en subasta.

– ¡Oh, Julia!

Como era una Julia, tuvo la entereza de esbozar una sonrisa y alzar la vista.

– Bueno, no todo son malas noticias. Me han entregado una carta de Sila por la que me autoriza a recibir del Estado cien talentos de plata, que es la cantidad en que se estima mi dote, si Cayo Mario me hubiese otorgado una; pues, como bien saben los dioses, llegué al matrimonio sin un denario. Pero me van a dar esos cien talentos porque, según dice Sila, soy hermana de Julilla y, en recuerdo de ella, que fue su esposa, no quiere que quede en la indigencia. En realidad, es una carta muy cumplida.

– Es bastante dinero -dijo Aurelia, apretando los labios-, pero no es nada comparado con lo que tenías.

– Pero podré comprarme una bonita casa en el Vicus Longus o en la alta Semita, y me dará una renta suficiente. Por supuesto que el Estado se queda con los esclavos, pero Sila me permite quedarme con Strofantes, ¡no sabes cómo me alegro! El pobre viejo está trastornado por la pena -hizo una pausa, con los verdes ojos bañados en lágrimas, no por ella, sino por el mayordomo-. En fin -continuó-, me las arreglaré sin pasar grandes apuros, en comparación con las viudas o madres de los otros proscritos, que lo pierden todo.

– ¿Y tú, Mucia Tertia? -preguntó César-. ¿Te han clasificado como Mariana o Muciana?

En seguida advirtió que no mostraba el menor dolor por su esposo ni lástima por su condición de viuda. En el caso de tía Julia, bien sabía que estaba afligida, aunque no lo demostrase, pero ¿y Mucia Tertia?

– Me han clasificado como Mariana -contestó ella-; así que he perdido mí dote. Las propiedades de mi padre estaban muy endeudadas y no me dejó nada en su testamento. En cualquier caso, de habérmelo dejado, mi madrastra me lo hubiera arrebatado. Mi madre no tendrá problemas porque Metelo Nepote no corre peligro, al ser partidario de Sila; pero antes que en mí, tienen que pensar en sus dos hijos. Ya lo hemos hablado Julia y yo por el camino, y me iré a vivir con ella. Sila me ha prohibido volver a casarme por haber sido esposa de un Mario. De todos modos, no deseo otro esposo.

– ¡Es una pesadilla! -exclamó Aurelia, mirándose las manos llenas de tinta y algo hinchadas en los nudillos-. A lo mejor a nosotros nos incluyen también en la lista, ya que mi esposo fue siempre partidario de Cayo Mario y de Cinna antes de morir.

– Pero la insula está a tu nombre, mater -dijo César-, y como todos los Cotta son partidarios de Sila, no te la confiscarán. Yo quizá pierda mis tierras, pero por ser flamen dialis tendré mi sueldo del Estado y casa en el Foro. Me imagino que Cinnilla perderá la dote, tal como están las cosas.

– Tengo entendido que los parientes de Cinna lo pierden todo -dijo Julia suspirando-. Sila quiere acabar con la oposición.

– ¿Y Annia? ¿Y la hija mayor, Cornelia Cinna? -preguntó Aurelia-. A mí Annia nunca me ha gustado; nunca fue buena madre de la pequeña Cinnilla, y se volvió a casar con escandalosa prisa nada más morir Cinna. Supongo que no sufrirá represalias.

– Exactamente. Lleva ya un tiempo casada con Pupio Pisón Frugi, y la clasificarán bajo ese patronímico -dijo Julia-. Dolabela me ha contado muchas cosas; parecía estar deseando decirme quiénes son los que van a pasarlo peor. La pobre Cornelia Cinna está clasificada con Cneo Ahenobarbo; ya perdió la casa la primera vez que vino Sila, y ahora Annia no se hará cargo de ella. Creo que vive en la vía Recta con una vieja tía que es vestal.

– ¡Ah, cuánto me alegro de que mis hijas están casadas con hombres que no son muy descollantes! -exclamó Aurelia.

– Yo tengo otra noticia -dijo César para distraer la atención de las mujeres de los graves problemas.

– ¿Cuál? -inquirió Mucia Tertia.

– Lépido debió imaginarse lo que iba a suceder, porque ayer se divorció de su mujer Apuleya, hija de Saturnino.

– ¡Ah, pobre mujer! -exclamó Julia-. Puedo comprender que se castigue a los que han combatido a Sila, pero ¿por qué han de pagar sus hijos y los hijos de sus hijos? ¡Y esa historia de Saturnino pertenece al pasado! A Sila le tiene sin cuidado Saturnino, ¿por qué ha hecho eso Lépido con ella, que le ha dado tres hijos espléndidos?

– No le dará ninguno más -añadió César-, porque se abrió las venas en un baño caliente. Y ahora Lépido anda por ahí sollozando arrepentido. ¡Uf!

– Oh, él siempre ha sido así -añadió Aurelia con desdén-. No es que pretenda que no haya en el mundo hombres débiles, pero lo malo de Marco Emilio es que se cree enérgico.

– ¡Pobre Lépido! -dijo Julia suspirando.

– Pobre Apuleya -añadió Mucia Tertia con sequedad.

Y ahora, después de lo que les había dicho Cotta, parecía que los Césares no iban a ser proscritos. Los seiscientos iugera de Bovillae no corrían peligro, y César quedaría incluido en el censo senatorial. ¡A él le traía sin cuidado lo del censo senatorial!, pensaba viendo caer la nieve como una cascada por el patio de luces; el flamen dialis era automáticamente miembro del Senado.

Del mismo modo que él contemplaba la inesperada irrupción del invierno, su madre le contemplaba a él.

Una persona excelente; obra mía y de nadie más, cavilaba ella. Aunque tiene muchas buenas cualidades, dista mucho de ser perfecto. No es tan simpático, tolerante o afectuoso como su padre, a pesar de que se parece a él. Y a mí también. Y es extraordinario en muy diversas cosas. Acude a donde haga falta en el edificio, y es capaz de arreglar lo que sea: tuberías, tejas, escayolas, persianas, desagües, pinturas, madera… ¡Y hay que ver cómo ha mejorado los frenos y cabrias del viejo inventor! Sabe escribir en hebreo y en medo y habla doce lenguas, gracias a la fantástica diversidad de inquilinos. Ya de niño era famoso en el campo de Marte, como me jura Lucio Decumio. Nada, monta a caballo y corre como el viento. Y escribe poemas como los de Ennio y obras de teatro tan buenas como las de Plauto; aunque, como madre suya, no debería decirlo. Y, según me dice Marco Antonio Cnifo, no tiene rival en las clases de retórica. ¿Cómo lo dice Cnifo? Ah, sí, que mi hijo puede conmover a las piedras y enfurecer a las montañas. Sabe de leyes y puede leer cualquier cosa de corrido por abstrusa que sea la escritura. Y no hay nadie en Roma capaz de eso; ni el prodigioso Marco Tulio Cicerón. ¡Y hay que ver cómo le persiguen las mujeres! Por todo el Subura. El cree que no lo sé y que pienso que es casto y aguarda a casarse. Bueno, mejor así. Los hombres son seres extraños en lo que respecta a esa parte que denota su virilidad. Pero no es que mi hijo sea perfecto, sino que es un superdotado. Tiene un carácter extraño, aunque lo oculte; y en muchos aspectos es egoísta y poco sensible a los sentimientos y necesidades de los demás. En cuanto a su obsesión por la limpieza, me complace mucho, pero no la ha heredado de mí; se niega a mirar a una mujer si no acaba de salir del baño, y creo que hasta debe examinarlas de pies a cabeza y entre los dedos de los pies. ¡En el Subura! De todos modos, como tantas le desean, la higiene ha aumentado entre la población femenina desde que cumplió los catorce años. ¡Qué animalito precoz! Yo solía pensar que mi esposo recurría durante sus largas ausencias a las mujeres de los sitios por donde andaba, pero él me confesó que jamás lo hacía y que esperaba a regresar a casa; y no había cosa que más detestara en él, porque me cargaba con un sentimiento de culpabilidad. Mi hijo no hará eso con su esposa; espero que ella aprecie esa suerte. Sila le ha mandado comparecer. No sé para qué será. Ojalá…

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