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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¿A qué viene esto, Lucio Cornelio? -gimió Catulo-. ¿Es que no podemos impugnarlo?

– ¡No qul… qui… quiero el ca… ca… cargo! -balbució con dificultad el Meneítos, pestañeando y retorciéndose las manos.

– ¡No puedes hacer eso, Lucio Cornelio! -exclamó Mamerco.

Sila les dejó desahogarse antes de contestar con rostro imperturbable. Parte de la gracia consistía en que no lo descubrieran. Debían continuar creyendo que lo hacía en serio. Porque el mismo Júpiter se le había aparecido en sueños por la noche diciéndole cuánto le gustaba aquella gracia.

Una vez que se desahogaron, se hizo un profundo silencio, sólo roto por los profundos sollozos del Meneitos.

– En realidad -contestó Sila en tono de diálogo-, puedo hacer lo que desee como dictador que soy. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es que he soñado que se me acercaba Júpiter Optimus Maximus y me pedía que nombrase pontífice máximo a Quinto Cecilio. Al despertarme, examiné los signos y vi que era un augurio propicio. Cuando me dirigía al Foro para clavar los dos pergaminos en los rostra y la Regia, vi quince águilas volando de izquierda a derecha sobre el Capitolio, y no chilló ningún búho ni hubo ningún relámpago.

La delegación miró a Sila de hito en hito, y a continuación bajó la vista al suelo. Hablaba en serio. Así pues, era decisión de Júpiter Optimus Maximus.

– ¡Pero no hay rito que esté exento de error! -exclamó Vatia-. ¡Cualquier gesto, acto o palabra puede ser erróneo! ¡Cuando se hace o dice algo mal hay que volver a empezar toda la ceremonia!

– Soy muy consciente de ello -replicó Sila en tono afable.

– ¡Lucio Cornelio, ya lo ves tú mismo! -protestó Catulo-. ¡Pío tartamudea cada vez que intenta decir algo! ¡Cada vez que oficie como pontífice máximo la ceremonia durará una eternidad!

– Me consta con claridad meridiana -replicó Sila muy serio-. Tened en cuenta que yo también tendré que aguantarme -añadió, encogiéndose de hombros-. ¿Que queréis que os diga? Quizá sea un sacrificio más que el gran dios nos impone por no haber actuado debidamente en lo que a religión respecta. Por supuesto, mi querido Pío, puedes rehusar -añadió, volviéndose hacia Metelo Pío y cogiendo una de aquellas manos temblorosas entre las suyas-. No hay nada en las leyes religiosas que te lo impida.

El Meneítos asió con la mano libre un pliegue de la toga para enjugarse ojos y nariz, respiró hondo y contestó:

– Lo acepto, Lucio Cornelio, si es la vo… vo… voluntad del gran dios.

– ¿Lo ves? -dijo Sila, dándole una palmadita en la mano-. Casi lo has dicho bien. Practica, querido Meneitos. ¡ La práctica lo es todo!

Notaba que estaba a punto de estallar en una sonora carcajada. Se despidió de la delegación a toda prisa y se encaminó raudo a encerrarse en su despacho. Le temblaban las piernas y se dejó caer en un sofá, sujetándose con fuerza los costados, y se abandonó al ataque de hilaridad hasta que se le saltaron las lágrimas; como casi se ahogaba, se dejó caer al suelo y allí permaneció chillando entrecortadamente y pataleando en el aire, con un dolor mortal en el pecho. Pero aún siguió riendo, completamente convencido de que los augurios, en efecto, habían sido propicios. Y durante el resto del día, cada vez que la expresión de noble sacrificio del Meneitos le venía a la mente, se retorcía en un nuevo paroxismo, y tampoco podía evitar la risa cada vez que recordaba la expresión del rostro de Catulo, y la de Vatia y la de su yerno. ¡ Fantástico! ¡ Fantástico! Una gracia de perfecta justicia jupiterina. Todos la habían aceptado tal como la merecían; Lucio Cornelio Sila incluido.

En los idus de diciembre, unos sesenta miembros de los colegios sacerdotales menores y mayores se apretujaban en el templo de Júpiter Feretrio.

– Ya hemos presentado nuestros respetos al dios -dijo Sila-, y no creo que le importe que nos reunamos afuera.

Tomó asiento en el murete que rodeaba el antiguo Asilo en medio de la zona de vegetación que ascendía entre las cumbres gemelas del Capitolio y del Arx, e hizo un gesto a los demás para que se sentasen en la hierba.

Eso era una de las cosas más raras de Sila, pensó el infeliz Meneitos, que era capaz de conferir una gran dignidad a las cosas más sencillas, o reducir -como ahora- las cosas más solemnes a un acto de lo más informal. A los visitantes y forasteros que acudían al Capitolio y llegaban sin aliento a lo alto de las escalinatass del Asilo o de las Gemonianas, debería parecerles un filósofo que había salido de paseo con sus alumnos, o un patriarca rodeado de hermanos, sobrinos, hijos y primos.

– ¿Qué informes nos traes, Cayo Aurelio? -preguntó Sila a Cotta, que estaba sentado en el centro de la primera fila.

– Antes que nada, quiero decir que me ha resultado una tarea difícil, Lucio Cornelio -respondió Cotta-. Imagino que sabrás que el flamen dialis es mi sobrino.

– También lo es mio, aunque por matrimonio más que por sangre -replicó Sila pausadamente.

– Entonces debo hacerte otra pregunta. ¿Vas a proscribir a los Césares?

Sin quererlo, Sila pensó en Aurelia y meneó enérgicamente la cabeza.

– No, Cotta, no voy a hacer nada de eso. Los Césares, que fueron cuñados míos, hace muchos años han muerto. Nunca cometieron crímenes contra el Estado, a pesar de que eran partidarios de Mario. Pero con motivo, pues Mario había ayudado económicamente a la familia y era un vínculo de gratitud obligada. La viuda de Cayo Mario es la tía del muchacho, y su hermana fue mi primera esposa.

– Pero has proscrito a las familias de Mario y de Cinna.

– Efectivamente.

– Gracias -dijo Cotta, con gesto de alivio, haciendo un carraspeo-. El joven César tenía trece años cuando fue solemnemente consagrado sacerdote de Júpiter Optimus Maximus, cumpliendo todos los requisitos menos uno: que era un patricio cuyos padres estaban vivos, aunque no estaba casado con una patricia cuyos padres estuvieran con vida. Sin embargo, Cayo Mario le buscó una novia con la que contrajo matrimonio antes de las ceremonias de consagración del cargo. La esposa fue la hija pequeña de Cinna.

– ¿Qué edad tenía? -preguntó Sila, dirigiendo un chasquido con los dedos a su criado, que inmediatamente le tendió un sombrero de campesino de paja con ala ancha. Tras ajustárselo bien, les dirigió una mirada taimada de auténtico lugareño.

– Siete años.

– Ya. Una boda entre niños. ¡Uf! Cinna tenía apuros, ¿no?

– Bastantes -contestó Cotta, molesto-. Bien, el muchacho no aceptó complacido el cargo y se empeñó en que hasta que no revistiera la toga viril seguiría comportándose como un joven romano más. Acudía al campo de Marte a efectuar su entrenamiento militar, batiéndose, disparando flechas y arrojando la lanza; distinguiéndose en todo. Me han informado que solía hacer una cosa extraordinaria: montar un caballo veloz al galope con las manos a la espalda y sin silla. Sus antiguos compañeros del campo de Marte le recuerdan perfectamente y consideran que es una lástima que se le nombrara flamen dialis, dadas sus dotes militares. En cuanto a su comportamiento en otros aspectos, me he informado a través de su madre Aurelia, cuñada mía. Según ella, no cumplía la dieta estipulada, aparte de cortarse las uñas con un cuchillo de hierro, el pelo con navaja y usar nudos y hebillas.

– ¿Y qué sucedió cuando revistió la toga virilis?

– Que cambió radicalmente -respondió Cotta, con notable sorpresa en la voz-. Su rebeldía -si tal había sido- cesó de inmediato, y en todo momento cumplió sus deberes religiosos con escrupuloso celo; vistió constantemente el apex y la laena, y no transgredió ninguna norma. Su madre afirma que no es que le gustase el cargo, pero lo había aceptado.

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