Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Por todas estas circunstancias, ni la madre ni la esposa del hijo de Mario habían podido despedirse de él y desearle la suerte que tanto iba a necesitar. Se había ido y nunca volvería. La noticia de Sacriportus no se había conocido en Roma hasta la matanza de Bruto Damasipo (demasiado vinculado a Carbón para sentir estima por Praecia). Entre los que habían muerto estaba Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo, padre de la esposa del hijo de Mario y buen amigo de la madre de éste.
– Todo ha sido por culpa de mi hijo -dijo Julia a Aurelia, cuando ella acudió a su casa para ver si necesitaba algo.
– ¡Tonterías! -replicó Aurelia para animarla-. La responsabilidad ha sido exclusivamente de Bruto Damasipo.
– He leído la carta que envió mi hijo desde Sacriportus, escrita de su puño y letra -había añadido Julia, conteniendo, más que los sollozos, un profundo pesar-. No podía aceptar la derrota sin esa miserable represalia. Y además, ¿cómo quieres que mi nuera vuelva a dirigirme la palabra?
César se había acurrucado en un rincón, observando sin inmutarse a las dos mujeres. ¿Cómo podía su primo haberle hecho eso a su tía Julia? ¿Y más después de la actuación del loco de su padre al final de su vida? La mujer estaba atrapada en un mar de pena como una mosca en una pella de ámbar; más hermosa que nunca por el estupor, pues no dejaba que su dolor se manifestase, y ni siquiera afloraba a sus ojos.
En ese momento había llegado Mucia, y Julia se encogió, rehuyendo su mirada.
Aurelia se había erguido tensa, con su rostro anguloso, duro y brillante.
– Mucia Tertia, ¿crees culpable a Julia del asesinato de tu padre? -preguntó.
– Claro que no -respondió la esposa del hijo de Mario, acercando una silla para poder sentarse cerca de Julia y cogerle las manos-. ¡Julia, mírame, te lo ruego!
– ¡No puedo!
– ¡Tienes que hacerlo! No voy a marcharme a casa de mi padre a vivir con mi madrastra, ni voy a acudir a casa de mi madre a aguantar a sus horrendos hijos. Quiero quedarme aquí con mi querida suegra.
Así se había solucionado la situación y había continuado la vida para Julia y Mucia Tertia, aunque nada supieron del asedio del joven Mario en Praeneste, y las noticias de batallas eran siempre favorables a Sila. De haber sido hijo de Aurelia, pensó César, el joven Mario poco consuelo habría obtenido en explayarse con su madre durante el interminable encierro de Praeneste. Aurelia no era tan dulce, cariñosa y comprensiva como Julia, pero, en cualquier caso -se dijo con una sonrisa-, si ella hubiera sido su madre, habría sido más parecida de carácter al joven Mario. César había heredado el distanciamiento de su madre. Y su entereza.
Las malas noticias fueron sucediéndose: Carbón había huido de noche, Sila había rechazado a los samnitas, Pompeyo y Craso habían derrotado a las tropas que Carbón había abandonado en Clusium, el Meneitos y Varrón Lúculo dominaban la Galia itálica y Sila había estado unas horas en Roma para establecer un gobierno provisional, dejando a Torcuato con la caballería tracia en apoyo del gobierno.
Pero Sila no había ido a ver a Aurelia. Circunstancia que a él le había extrañado tanto, que consideró oportuno hacer algunas indagaciones sobre aquella entrevista en Teanum Sidicinum de la que su madre había hablado tan poco. Y ahora que se había roto la tradición, ella se mostraba impasible.
– ¡Hubiera debido venir a verte! -dijo él.
– No volverá a verme nunca más -contestó ella.
– ¿Por qué?
– Esas visitas son agua pasada.
– ¿De una época en que era guapo y presumía? -espetó César tajantemente para contener la ira que estaba a punto de brotarle.
Aurelia se quedó de piedra y le dirigió una mirada apabullante.
– ¡Eres estúpido y ofensivo! ¡Sal de aquí!
La dejó a solas y no volvió a sacar el tema a colación. Su relación con Sila era asunto exclusivo de ella.
Les llegó la noticia de la torre de asalto construida por el hijo de Mario y su desastroso final, así como de los otros intentos por romper el cerco. Y, luego, el último día de octubre llegó la sorprendente noticia de que noventa mil samnitas habían ocupado el campamento de Pompeyo Estrabón ante la puerta Colina.
Los dos días que siguieron fueron los peores en la vida de César. Agobiado por sus atavíos de sacerdote, impedido de empuñar una espada y de mirar la muerte en el momento de producirse, se encerró en su despacho y se entregó a la redacción de un nuevo poema épico -no en griego, sino en latín- y en hexámetros dactílicos para mayor dificultad. Le llegaba nítidamente el fragor del combate, pero se hacía el sordo, esforzándose en pulir aquellos difíciles espondeos, ansiando acudir a la lucha, y diciéndose que igual le hubiese dado un bando u otro con tal de combatir…
Y una vez cesó el fragor, salió impetuosamente del despacho por la noche y se encontró con su madre, inclinada en su cuarto sobre los libros de cuentas, y se detuvo en el umbral lleno de indignación.
– ¿Cómo voy a escribir sobre lo que me está vedado hacer? -exclamó-. ¿La literatura noble no trata acaso de la guerra y los guerreros? ¿Perdió, por ventura, Homero el tiempo en floridas chácharas? ¿Se dignó Tucídides consagrar su pluma al tema de la apicultura?
Ella sabía perfectamente cómo apaciguarle, y se contentó con replicarle en tono frío y objetivo:
– Probablemente no.
Y volvió a enfrascarse en las cuentas.
Y aquella noche fue el finaclass="underline" el hijo de Julia había muerto, todos habían muerto y Roma era de Sila, que ni vino a verles ni les envió recado alguno.
Que el Senado y la Asamblea centuriada le habían nombrado dictador era de dominio público, y todos lo comentaban; pero fue Lucio Decumio quien contó a César y a Cayo Matio, el que vivía encima de él, lo de la desaparición de caballeros.
– Todos los que se han enriquecido con Mario, Cinna o Carbón. Y no es casualidad. Suerte que tu tata ha muerto hace años -dijo Lucio Decumio a Cayo Matius-. Y el tuyo, seguramente también, Pavo -añadió, dirigiéndose a César.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Matius, frunciendo el ceño.
– Pues a que por Roma andan unos tipos siniestros de aspecto anodino apresando a los caballeros ricos -contestó el encargado de la fratría del cruce-. Son casi todos libertos, pero no como esos griegos chismosos preocupados por sus novios; éstos se llaman todos Lucio Cornelio no sé cuantos, pero mis hermanos y yo los llamamos Silanos, porque son hombres suyos. ¡Yo os digo que no prometen nada bueno, y os aseguro que van a echar mano a muchísimos caballeros ricos!
– ¡Sila no puede hacer eso! -dijo Matius, apretando los labios.
– Sila puede hacer lo que se le antoje -replicó César-. Le han nombrado dictador, que es mejor que ser rey porque sus edictos tienen fuerza de ley y no está atado por la lex Cecilia Didia de los diecisiete días que deben transcurrir entre la promulgación y la ratificación, ni tiene que presentarlas al Senado ni a las asambleas. Y no se le puede pedir explicaciones por nada de lo que haga, ni por nada de lo que haya hecho antes. Ahora que te advierto -añadió pensativo-, que si Roma no se conduce con mano firme está acabada. Así que espero que todo le salga bien y que tenga la visión y el valor para hacer lo que sea preciso.
– ¡Ese hombre tiene redaños para hacer lo que sea! -comentó Lucio Decumio.
Viviendo en el corazón del Subura, el barrio más pobre y políglota de Roma, las proscripciones de Sila no influían tanto en sus vidas como en barrios lujosos como la Carinae, el Palatino, el alto Quirinal y el Viminal. Aunque había muchos caballeros de la primera clase entre los pobres del barrio, pocos eran de categoría superior a la de tribunus aerarius y pocos tenían la clase de vinculación política que pusiese en peligro su vida ahora que Sila estaba en el poder.