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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– No tenemos pontífice máximo -comenzó diciendo Sila -, y somos pocos. Hubiera podido convocaros en un lugar más acogedor, pero creo que un poco de incomodidad desagraviará a los dioses; hace tiempo que venimos considerándonos por encima de nuestros dioses, y ellos están descontentos. No por casualidad ha ardido nuestro templo de Júpiter Optimus Maximus, inaugurado el mismo año en que nació la República; estoy convencido de que se quemó porque Júpiter juzga que el Senado y el pueblo romano se burlan de Él. No somos tan imberbes y crédulos como para sancionar la creencia bárbara en la cólera divina -los rayos que matan o las columnas que nos aplastan son fenómenos naturales-, y únicamente podemos ver en ellos la mala suerte de una persona, pero las catástrofes indican la insatisfacción de los dioses, y el incendio de nuestro gran templo es una terrible catástrofe. Si no hubiésemos perdido los libros de la Sibila, podríamos dilucidar algo más, pero los libros ardieron con los fasti de los cónsules, las doce tablillas originales y otras muchas cosas.

Los asistentes a la reunión eran quince, y no había espacio suficiente para distribuir orador y auditorio, por lo que Sila estaba situado en el centro y hablaba sin alzar la voz.

– Como dictador, es mi cometido hacer que la religión de Roma vuelva a sus formas tradicionales, haciéndoos actuar a todos vosotros en ese sentido. Ahora yo puedo dictar las leyes, pero sois vosotros quienes tenéis que hacerlas cumplir. Soy inflexible en cierto aspecto, pues he tenido sueños, y, como soy augur, sé que no me equivoco. En resumen: voy a derogar la lex Domitia de sacerdotiis que el pontífice máximo de hace unos años, Cneo Domitio Ahenobarbo, con tanta fruición nos hizo encajar. ¿Por qué? Porque consideraba que le habían marginado y era una ofensa para su familia. Motivos fundados en el orgullo personal y no en un auténtico espíritu religioso. Yo considero que el pontífice máximo Ahenobarbo desagradó a los dioses, y en particular a Júpiter Optimus Maximus. Por lo tanto quedan suspendidas las elecciones para cargos religiosos, incluido el de pontífice máximo.

– ¡Pero siempre se ha elegido al pontífice máximo! -exclamó estupefacto el rex sacrorum Lucio Claudio-. ¡ Es el sumo sacerdote de la República, y debe nombrársele democráticamente!

– Digo que no. A partir de ahora también él será elegido por sus colegas del colegio de pontífices -replicó Sila en tono conminatorio-. Tengo toda la razón.

– No sé yo… -comenzó a decir Flaco, quien calló ante la terrible mirada de Sila.

– ¡Yo sí que lo sé, y se acabó! -espetó Sila, mirándolos de hito en hito y acallando toda protesta-. Y creo también que desagrada a los dioses que nuestras fuerzas sean escasas; por lo que voy a dar a todos los colegios sacerdotales, tanto menores como mayores, quince miembros en lugar de los diez o doce habituales. ¡ Se acabó eso de que una sola persona cumpla a duras penas dos tareas! Además, el número quince da buena suerte; es el fiel de la balanza sobre el que se apoyan el trece y el diecisiete de la mala suerte. La magia es importante porque abre cauces para el flujo de las fuerzas divinas. Creo que los números encierran una magia, y vamos a emplear la magia en beneficio de Roma, como es nuestro sagrado deber.

– Quizá -terció Metelo Pío-, PO… po… podríamos proponer un so… so… solo candidato para pontífice máximo. Así po… po… podríamos conservar el proceso electoral.

– ¡No habrá proceso electoral! -bramó Sila.

Se hizo un profundo silencio en el que no se oía ni una mosca.

Transcurrido un rato, Sila volvió a tomar la palabra.

– Hay un sacerdote que me cae muy mal por una serie de razones. Me refiero al flamen dialis, ese joven Cayo Julio César. A la muerte de Lucio Cornelio Merula, lo eligieron como sacerdote especial de Júpiter Cayo Mario y su paniaguado Cinna. ¡ Dos personajes de siniestro recuerdo! Contravinieron el proceso habitual de elección en el que intervenían todos los colegios. Otra de las razones que me conturba está relacionada con mis antepasados, pues el primer Cornelio con cognomen de Sila fue flamen dialis. Pero el incendio del gran templo es lo más perturbador. Así que comencé a hacer averiguaciones respecto a ese joven y me he enterado de que se negó a observar el reglamento que impone su cargo hasta que revistió la toga virilis, y que, desde entonces, su comportamiento ha sido regular, por lo que me han dicho. Bien, todo esto puede haber sido consecuencia de su juventud, pero no cuenta lo que yo crea. ¿Qué es lo que pensará Júpiter Optimus Maximus? Pues bien, colegas sacerdotes y augures, he descubierto que el incendio del templo de Júpiter se produjo dos días antes de los idus de quintilis: exactamente el mismo día del año en que nació el flamen dialis. ¡Un augurio!

– Podría ser un buen augurio -comentó Cotta, a quien preocupaba el porvenir del susodicho flamen dialis.

– Claro que sí -dijo Sila-, pero no soy yo quien debe decirlo. Como dictador, tengo libertad para determinar el método de designación de nuestros sacerdotes y augures, y libertad para suprimir las elecciones. Pero con el flamen dialis es distinto: vosotros debéis decidir su suerte. ¡Todos vosotros! Feciales, pontífices, augures, sacerdotes de los libros sagrados, y epulones y salii. Cotta, quedas encargado de las investigaciones, por ser el pontífice más antiguo. Dispones hasta los idus de diciembre, cuando volveremos a reunirnos en este mismo templo para hablar del cargo religioso del actual flamen dialis -añadió mirándole fijamente-. De esto nadie debe saber nada, y menos el joven César.

Y se fue a casa, conteniendo la risa y frotándose las manos con deleite. Sí, acababa de tener una ocurrencia genial. Una ocurrencia que Júpiter Optimus Maximus juzgaría un cauce sin par para insuflar su fuerza. ¡Una ofrenda! ¡Una víctima por Roma, por la República de la que era sumo sacerdote! Era un cargo inventado para sustituir al rex sacrorum, para garantizar la abolición de la monarquía, ya que todos los reyes habían ostentado a la vez el de rex sacrorum. ¡Ah, qué genialidad! ¡Ofreceré al gran dios una víctima que irá sumisa al sacrificio y seguirá sacrificándose hasta la muerte! Ofreceré a la república y al gran dios la mejor parte de la vida de un hombre… le ofrendaré su sufrimiento, su angustia, su dolor. Y con su propio consentimiento. Porque no se resistirá a ser sacrificado.

Al día siguiente se publicaba la primera de las leyes de Sila para la reforma de la religión, exponiéndola al público en el muro de los rostra y en la Regia. Al principio, los que deambulaban por los rostra pensaron que se trataba de otra lista de proscritos, y los profesionales del botín se apiñaron en seguida, pero no tardaron en alejarse despotricando al ver que no figuraban en ella más que los miembros de los distintos colegios sacerdotales, mayores y menores. Quince de cada uno, distribuidos un tanto al azar entre patricios y plebeyos (estos últimos eran mayoría) y muy bien equilibrados entre las primeras familias. ¡Y no había ningún nombre indigno; ningún Pompeyo, ni Tulio, ni Didio! Sólo Julios, Servilios, Junios, Emilios, Cornelios, Claudios, Sulpicios, Valerios, Domicios, Mucios, Licinios, Antonios, Manlios, Cecilios y Terencios. Además, Sila se había concedido un sacerdocio para complementar el cargo de augur, y así, era el único que compaginaba los dos.

«Como soy el dictador, tengo que tener un pie en cada campo», se dijo mientras elaboraba la ley.

Al día siguiente publicó un artículo suplementario con un solo nombre: el del pontífice máximo, Cecilio Metelo Pío, el Meneitos, famoso tartamudo.

Los ciudadanos de Roma leyeron horrorizados el nuevo nombre en los rostra y la Regia. ¿Metelo Pío el nuevo pontífice máximo? ¿Cómo era posible? ¿Es que Sila se había vuelto loco?

Y a casa de Ahenobarbo fue a verle una estremecida delegación formada por sacerdotes, augures y el propio Metelo Pío. Por razones que huelgan, no era él el portavoz de la delegación, ya que en aquellos días su lengua tropezaba de tal modo que nadie tenía suficiente paciencia para aguantar nerviosamente a que terminara de articular las frases. El portavoz fue Catulo.

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