Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Poco después de medianoche estaba listo para partir. Lucio Decumio y sus hijos habían acarreado los setenta y seis mil sestercios que Aurelia había ido llevando a la puerta del Quirinal, mientras otros fieles miembros de la cofradía iban a las cuadras del campo Lanatarius a por los caballos de César y los conducían hacia el lugar convenido, fuera de las murallas Servianas.
– Hubiera preferido -dijo Aurelia, sin mostrar la angustia que la embargaba- que hubieses elegido una cabalgadura menos vistosa que este caballo castaño con el que galopas por todo el Lacio.
César tuvo que reprimir la incontenible risa, hasta que pudo contestar.
– ¡No creo, mater! ¿Desde cuándo sabes lo de Bucéfalo?
– ¿Así le llamas? -replicó ella con gesto de desdén-. Hijo, tienes manías de grandeza que no corresponden a tu condición sacerdotal. Lo sé desde siempre -añadió con un fulgor irónico en los ojos-. Y sé el precio astronómico que te costó. ¡Cincuenta mil sestercios! Eres un derrochador empedernido, César. Y no sé de dónde los sacaste… De mí no, desde luego.
César la abrazó y la besó en la lisa frente.
– Bueno, mater, juré que nadie más que tú llevaría mis cuentas, pero quiero saber cómo te enteraste de lo de Bucéfalo.
– Tengo mis propias fuentes de información -contestó ella sonriente-. Es inevitable, después de veintitrés años viviendo en el Subura. Aún no has hablado con Cinnilla -añadió, ya seria, mirándole a los ojos-. Y está inquieta, imaginándose que algo sucede, a pesar de que le he dicho que se quede en su cuarto.
– ¿Y qué le digo, mater? -preguntó él con un suspiro, frunciendo el ceño-. ¿Qué puedo explicarle?
– Dile la verdad, César. Tiene doce años.
Cinnilla ocupaba lo que había sido el cuarto de Cardixa, debajo de las escaleras que ascendían hacia los pisos más altos que daban al vicus Patricius; Cardixa vivía ahora con Burgundus y los hijos en un cuarto nuevo que el propio César se había complacido en idear y construir sobre las dependencias de los criados.
Al entrar César, anunciándose con los nudillos en la puerta, su esposa estaba sentada ante el telar, tejiendo una tela gris y lanuda destinada a su vestuario de flaminica dialis, cuyo aspecto tan poco agradable suscitó en César un repentino e inexplicable pesar.
– ¡No hay derecho! -exclamó, levantándola del escabel para abrazarla y sentarla en su regazo sobre el reducido catre.
Le parecía una niña adorable, aunque él era demasiado joven para que le atrajese su incipiente femineidad; a él le gustaban las mujeres mucho más maduras, pero para quien ha vivido siempre rodeado de personas altas y de tez clara, aquella piel un poquitín cetrina en un cuerpo llenito resultaba fascinante. Sus sentimientos hacia ella eran ambiguos, pues hacía ya cinco años que vivía en la casa como si fuera una hermana, aunque sabía perfectamente que era su esposa y que Aurelia le daba permiso para que él la sacara de aquel cuarto y la acostara en su cama. No era de índole moral aquella ambigüedad que habría podido denominarse logística; había momentos en que era hermana, y otros en que era esposa. Sí, era sabido que los monarcas orientales se casaban con sus hermanas, pero le habían dicho que los cuartos de los niños de los Tolomeos y de Mitrídates eran un reñidero increíble, y que los hermanos se pegaban con las hermanas como fieras; él nunca se había peleado con Cinnilla más de lo que había hecho con sus propias hermanas. Aurelia no se lo hubiera consentido.
– ¿Te marchas, César? -preguntó Cinnilla.
Tenía un mechón de pelo sobre las cejas, y él se lo retiró hacia atrás y siguió acariciándole la cabeza, con un ritmo suave, consolador, sensual, como si fuese un gatito. Ella, con los ojos cerrados, se reclinó contra su pecho.
– ¡Eh, no, no te duermas ahora! -dijo él, severo, zarandeándola-. Ya sé que es tarde, pero tengo que hablarte. Si, es cierto; me voy.
– ¿Qué está pasando estos días? ¿Tiene que ver con las proscripciones? Aurelia dice que mi hermano ha huido a Hispania.
– Sí, Cinnilla, tiene algo que ver con eso. Pero es porque las dicta Sila. Tengo que irme porque Sila dice que está en tela de juicio mi cargo de flamen dialis.
Ella sonrió de modo que el carnoso labio superior dejó ver el pliegue interno; un gesto característico que todos encontraban encantador.
– Pues estarás contento; a ti que no te gustaba ser flamen dialis…
– Ah, sigo siendo flamen dialis -replicó César con un suspiro-. Según dicen los sacerdotes, eres tú quien no cumple los requisitos -añadió, cambiándola de postura y haciendo que se sentara derecha en sus rodillas para mirarla a la cara-. Ya sabes la situación en que se encuentra tu familia, pero lo que quizá no sepas es que cuando declararon sacer a tu padre dejó de ser ciudadano romano.
– Bueno, comprendo que Sila nos quite las propiedades, pero mi padre murió mucho antes de que volviera Sila -dijo Cinnilla, que no era muy despierta y necesitaba que se lo explicasen todo-. ¿Cómo puede haber perdido la ciudadanía?
– Porque las leyes de proscripción de Sila despojan automáticamente al proscrito de la ciudadanía, y porque de los que están en las listas de Sila muchos ya habían muerto. Tu padre, el hijo de Mario, los pretores Carrinas y Damasipo y muchos otros estaban muertos cuando fueron declarados proscritos. Pero, a pesar de ello, han perdido la ciudadanía.
– No me parece justo.
– Estoy de acuerdo, Cinnilla -replicó César, lamentando no tener unas dotes explicativas más simples-. Tu hermano ya era mayor de edad cuando tu padre fue proscrito y conserva la ciudadanía romana, pero no puede heredar dinero ni propiedades de la familia, ni presentarse a las elecciones de magistrado curul. Pero tu caso es distinto.
– ¿Por qué? ¿Porque soy niña?
– No, porque eres menor de edad. El sexo no tiene nada que ver. La lex Minicia de liberis estipula que los hijos de cónyuges, uno romano y otro no, deben adoptar la ciudadanía del cónyuge no romano. Es decir que, según los sacerdotes, tú ahora eres extranjera.
Cinnilla comenzó a temblar, sin llorar, mirando compungida a César con sus enormes ojos negros.
– ¡Oh! ¿Y por eso ya no soy tu esposa?
– No, Cinnilla, no es eso. Eres mi esposa hasta que uno de los dos muera, porque estamos casados conforme al rito tradicional. No hay ninguna ley que prohíba a un romano casarse con una extranjera. No es nuestro matrimonio lo que se discute. Lo que se pone en duda es tu ciudadanía, lo mismo que la ciudadanía de los hijos de todos los proscritos que eran menores de edad en el momento de la proscripción. ¿Está claro?
– Creo que sí -replicó la niña muy pensativa, sin dejar de fruncir el ceño-. ¿Y significa eso que si te doy hijos no van a ser ciudadanos romanos?
– Con arreglo a la lex Minicia, así es.
– ¡Oh, César, qué horrible!
– Pues sí.
– Pero yo soy patricia.
– Ya no, Cinnilla.
– ¿Y qué voy a hacer?
– De momento nada. Pero Sila sabe que tiene que aclarar sus leyes a este respecto, y esperemos que lo haga de una manera que permita que nuestros hijos sean romanos aunque tú no lo seas. Hoy Sila me ha llamado y me ha dicho que me divorciase de ti -añadió, abrazándola con más fuerza.
Ahora sí que le brotaron las lágrimas, en silencio, trágicas. Ya a sus dieciocho años César sabía lo que eran las lágrimas de mujer; un fastidio bastante rutinario que solía producirse cuando se cansaba de una, o una de ellas se enteraba que andaba con otra, esa clase de lágrimas le aburrían y ponían a prueba su carácter brusco y colérico; y, aunque había aprendido a dominarse totalmente, cuando le venían con lloriqueos siempre perdía el control, con funestas consecuencias para la llorona. Pero las lágrimas de Cinnilla eran de auténtico dolor, y fue Sila quien despertó su ira por haber hecho llorar a la niña.