Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Solía esconderme en un falso techo encima del comedor para verte hablar con mi madre. Han cambiado los tiempos y las circunstancias, pero a uno no puede darle miedo una persona por la que ha sentido un súbito afecto al descubrir que no era amante de su madre.
La respuesta desencadenó una risotada en Sila, que hizo que se le saltaran las lágrimas.
– ¡Cierto, cierto! No lo fui. Lo intenté en una ocasión, pero ella tuvo la gran prudencia de rechazarme. Tu madre piensa como un hombre. Yo no traigo suerte a las mujeres. Es mi sino -añadió, mirando de arriba abajo a César con sus inquietos ojos claros-. Tú tampoco les traerás suerte, aunque tendrás muchas.
– ¿Para qué me has mandado llamar si no vas a pedirme consejo?
– Por un asunto relacionado con la reglamentación de la conducta religiosa. Me han dicho que naciste el mismo día del año en que empezó el incendio del templo de Júpiter.
– Sí.
– ¿Qué interpretación le das?
– Un buen augurio.
– Desgraciadamente, el colegio de pontífices y el de augures no coinciden contigo, joven César. Hace tiempo que vienen estudiando el caso tuyo y de la flaminica, y han llegado a la conclusión de cierta irregularidad en ella que es la causa de la destrucción del templo del gran dios.
El rostro de César se iluminó de gozo.
– ¡Ah, cuánto me alegro de que me lo digas!
– ¿Eh? ¿Decirte qué?
– Que dejo de ser flamen dialis.
– No he dicho eso.
– ¡Claro que lo has dicho!
– Has entendido mal, muchacho. Sigues siendo el flamen dialis. A esa conclusión han llegado quince sacerdotes y quince augures.
La alegría se había desvanecido del rostro del joven.
– Prefiero ser militar -dijo malhumorado-. Tengo mejores dotes.
– Lo que tú prefieras no cuenta. Cuenta lo que eres; y lo que es tu esposa.
César frunció el ceño y miró inquisitivo a Sila.
– Es la segunda vez que mencionas a mi esposa.
– Tienes que divorciarte de ella -dijo Sila sin rodeos.
– ¿Divorciarme? ¡ Imposible!
– ¿Por qué?
– Porque estamos casados por confarreatio.
– Pero existe la diffarreatio.
– ¿Y por qué tengo que divorciarme de ella?
– Porque es hija de Cinna, y resulta que mis leyes relativas a los proscritos y sus familiares presentan un pequeño defecto en relación con la condición de ciudadanía de los niños. Los sacerdotes y augures han decidido que es aplicable la lex Minicia, por lo que tu esposa, que es flaminica dialis, no es romana ni patricia. Y, por consiguiente, no puede ser flaminica dialis. Como el cargo es de naturaleza dual, la legalidad de su posición es tan importante como la tuya. Tienes que divorciarte de ella.
– No lo haré -replicó César, comenzando a entrever una salida a su detestado sacerdocio.
– ¡Harás lo que yo te diga que hagas, muchacho!
– No haré nada que considere que no debo hacer.
Los arrugados labios se abrieron lentamente.
– Soy el dictador y tienes que divorciarte de tu esposa -dijo Sila sin levantar la voz.
– Me niego -contestó César.
– Puedo obligarte a ello.
– ¿Cómo? -inquirió César despectivo-. El proceso de diffarreatio requiere pleno consentimiento por ambas partes.
Haría temblar de miedo a aquel insolente, pensó Sila, dejándole atisbar la monstruosa criatura que llevaba dentro; pero mientras trataba de avasallarle, comprendió por qué aquellos ojos le resultaban tan conocidos. ¡Eran igual que los suyos! Y sostenían su mirada con la fijeza fría y carente de emoción de la serpiente. El monstruo sañudo de Sila hubo de retirarse, impotente. Por primera vez en su vida se veía desprovisto de los medios para doblegar a otra persona a su voluntad; y no le brotaba la rabia que habría debido ponerle fuera de si, obligado a contemplar en un rostro ajeno su propia imagen. Lucio Cornelio Sila se veía impotente.
Tuvo que recurrir a simples palabras.
– He prometido restaurar la ética religiosa conforme al mos maiorum -dijo-. Roma honrará y servirá a sus dioses como se hacía en el alba de la República. Júpiter Optimus Maximus está descontento contigo… Mejor dicho, con tu esposa. Tú eres su sacerdote, pero tu esposa es parte inseparable de tu condición sacerdotal, y debes apartarte de esa esposa inaceptable y casarte con otra. Debes divorciarte de esa mocosa de Cinna no romana.
– No lo haré -contestó César.
– Pues buscaré otra solución.
– Yo tengo una -replicó César-. Que se divorcie de mí Júpiter Optimus Maximus. Anula mi sacerdocio.
– Como dictador, hubiera podido hacerlo de no haber pasado el asunto al colegio de sacerdotes. Pero ahora tengo que actuar en consonancia con su veredicto.
– Pues me parece -añadió César imperturbable -que hemos llegado a un callejón sin salida.
– No. Hay otra solución.
– Matarme.
– Exactamente.
– Eso sería mancharte las manos con la sangre del flamen dialis, Sila.
– No, si se las mancha otro. Yo no suscribo la metáfora griega, Cayo Julio César. Ni tampoco los dioses romanos. La culpabilidad es intransferible.
César reflexionó.
– Creo que tienes razón. Si mandas a otro que me mate la culpa recaerá sobre él -dijo, poniéndose en pie y quedando unos centímetros por encima de Sila-. Entonces ha concluido la entrevista.
– Eso es. A menos que lo reconsideres.
– No voy a divorciarme de mi esposa.
– Pues te haré matar.
– Si puedes -dijo César, abandonando el despacho.
– ¡Sacerdote -gritó Sila a sus espaldas-, te olvidas la laena y el apex!
– Guárdalos para el próximo flamen dialis.
Se encaminó a su casa sin apresurar el paso, inseguro de lo que Sila tardaría en reaccionar. Era evidente que había sacado de sus casillas al dictador, y no había muchos capaces de desafiar a Lucio Cornelio Sila.
El aire era helado, demasiado frío para que nevase. Y su gesto infantil le había privado de abrigo. Bueno, poco importaba; no iba a morirse de frío andando del Palatino al Subura. Lo más importante era lo que debía hacer a continuación, porque estaba completamente seguro de que Sila mandaría matarle. Lanzó un suspiro. Tendría que huir. Aunque sabía que podía cuidar de si mismo, no se hacía ilusiones sobre su vida si permanecía en Roma. Pero, de todos modos, tenía un día por delante, ya que el dictador se hallaba, como todo el mundo, abrumado por la maquinaria colosal de la burocracia, y tendría que intercalar en sus múltiples obligaciones una entrevista con uno de aquellos grupos de hombres anodinos. César había visto que su vestíbulo estaba lleno de clientes, pero no de asesinos a sueldo. La vida en Roma no era en nada parecida a una tragedia griega, y no se gritaban órdenes a una banda de sicarios impacientes, atados a una correa como perros. Sila daría las órdenes en su momento. Pero todavía no.
Cuando entró en el aposento de su madre estaba lívido de frío.
– ¿Y tus ropas? -preguntó Aurelia, estupefacta.
– En casa de Sila -atinó a decir-. Se las he regalado para el próximo flamen dialis. Mater, me ha mostrado la manera de librarme de eso.
– Explícate -dijo ella, haciéndole sentarse junto a un brasero.
Y el joven se lo contó todo.
– ¡Oh, César! ¿Por qué has hecho eso?
– Vamos, mater, bien lo sabes. Yo amo a mi esposa. Eso en primer lugar. Todos estos años ha vivido con nosotros, y yo me he ocupado de ella como no lo habrían hecho ni su padre ni su madre, y yo soy para ella lo mejor de su vida. ¿Cómo voy a abandonarla? ¡Es hija de Cinna, la desgraciada! ¡Ya no es ni romana! Mater, no es que busque la muerte; vivir siendo flamen dialis es infinitamente mejor que morir, pero hay cosas por las que vale la pena morir: los principios, los deberes de un noble romano que tú me inculcaste con tanto rigor. Cinnilla es responsabilidad mía y no puedo abandonarla -añadió encogiéndose de hombros, sonriente-. Además, es la manera de salir de esta situación. Mientras me niegue a divorciarme de Cinnilla, no puedo ser sacerdote del dios. Así que, basta con que rechace el divorcio.