Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Hasta que Sila logre matarte.
– Eso está en manos del gran dios, mater. Creo que la Fortuna me ofrece esta ocasión y debo aprovecharla. Lo que debo hacer es conservar la vida hasta que muera Sila. Una vez muerto, nadie tendrá el valor de matar al flamen dialis, y los colegios sacerdotales se verán obligados a anular mis votos. Mater, no creo que Júpiter Optimus Maximus me haya designado sacerdote suyo. Creo que me encomienda otra tarea. Una tarea más útil para Roma.
Aurelia no discutió más.
– Dinero. Necesitarás dinero, César -dijo pasándose las manos por el pelo, como siempre hacía cuando trataba de localizar una cantidad extraviada-. Necesitarás más de dos talentos de plata, pues ése es el precio de la cabeza de los proscritos. Si te descubren, tendrás que pagar bastante más de dos talentos para que el delator te deje huir. Con tres talentos tendrás para comprarle y que te quede lo bastante para subsistir. ¿Cómo encuentro yo tres talentos sin hablar con los banqueros? Setenta y cinco mil sestercios… En mi cuarto tengo cien mil. Y puedo cobrar los alquileres esta noche; cuando los inquilinos sepan para qué los necesito me pagarán sin dilación. Te adoran, aunque no sé por qué, con lo raro y obstinado que eres… Cayo Matius podrá encontrar más, y me imagino que Lucio Decumio debe guardar debajo de la cama sus turbias ganancias…
Y salió del cuarto sin dejar de hablar. César lanzó un suspiro y se puso en pie. Había que organizar la huida, y antes de ello hablar con Cinnilla.
Mandó a Eutico, el mayordomo, a buscar a Lucio Decumio, e hizo venir a Burgundus.
El anciano Cayo Mario le había dejado aquel germano en su testamento, y en su momento César había sospechado que lo hacía como último eslabón de la cadena de flamen dialis con que le aprisionaba: si por algún motivo dejaba de ser flamen dialis, el gigante estaría a su lado para matarle. Pero César, que era encantador, no había tardado en hacerse con la voluntad de Burgundus, ayudado por la circunstancia de que la grandota criada de su madre, la auvernia Cardixa, le había hecho caer en sus redes. Burgundus era un germano de la tribu de los cimbros, que tenía dieciocho años al ser capturado en la batalla de Vercellae, y ahora tenía treinta y siete, contra cuarenta y cinco de Cardixa. Los dos habían sido manumitidos el día en que César revistió la toga viril, pero el rito de ser declarados libertos no los había cambiado en nada salvo su categoría de ciudadanos (ahora romanos, aunque, habiendo quedado inscrito en la tribu Suburana, su voto no tenía valor). Aurelia, que era tan frugal como escrupulosamente equitativa, siempre había pagado a Cardixa un salario razonable, y también al gigantón Burgundus, por lo que se suponía que los dos tendrían el salario ahorrado para sus hijos, teniendo cubiertas sus necesidades diarias.
– César, tienes que aceptar nuestros ahorros -dijo Burgundus en su espeso latín-. Los vas a necesitar.
Su amo era alto para ser romano, pero Burgundus le sacaba cinco centímetros y era el doble de ancho. Su rostro claro, feo para el criterio estético romano porque su nariz era demasiado recta y corta y su boca demasiado grande, adoptaba una expresión solemne diciéndolo, pero sus ojos azules manifestaban cariño y respeto.
César le sonrió y meneó la cabeza.
– Te agradezco el ofrecimiento, Burgundus, pero ya se las arreglará mi madre. Si no puede, pues… lo aceptaré y te lo devolveré con intereses.
Llegó Lucio Decumio entre un remolino de nieve, y César se apresuró a terminar con Burgundus.
– Prepara nuestras cosas para el viaje, Burgundus. Coge ropa caliente. Tú puedes llevar una porra; yo llevaré la espada de mi padre.
¡Ah, qué magnífico poderlo decir! Llevaré la espada de mi padre. Había cosas peores que ser fugitivo de la cólera del dictador.
– ¡Ya sabía yo que tendríamos complicaciones! -dijo Lucio Decumio, sin mencionar la ocasión en que una simple mirada de Sila le había causado un miedo cerval-. He enviado a mis hijos a casa a por dinero; no te faltará -añadió, mirando de soslayo la espalda del germano-. Escucha, César, con el tiempo que hace, no puedes ir solo con ese patán. Te acompañaremos mis hijos y yo.
César, que se lo esperaba, le dirigió una mirada de mudo reproche.
– No; no puedo consentirlo. Cuantos más seamos, más llamaremos la atención.
– ¿Llamar la atención? -repitió Lucio Decumio abriendo mucho la boca-. ¿Cómo no vas a llamar la atención con ese enorme mastuerzo detrás de ti? Déjale aquí y yo te acompañaré, ¿te parece? El viejo Lucio Decumio pasa ya inadvertido como parte del decorado.
– En Roma, sí -replicó César, sonriéndole con gran afecto-, pero en el país de los sabinos destacarás más que las pelotas de un perro. Iremos Burgundus y yo; además, sabiendo que estás aquí cuidando de las mujeres, estaré mucho más tranquilo.
Como era una verdad irrebatible, Lucio Decumio cedió, mascullando por lo bajo.
– Debido a las proscripciones, es más importante que nunca que haya alguien aquí al cuidado de las mujeres. Julia y Mucia Tertia no tienen a nadie, y, aunque no creo que les suceda nada en el Quirinal, pues toda Roma siente afecto por tía Julia, menos Sila, tendrás que vigilar tú. Mi madre… -añadió, encogiéndose de hombros-, mi madre es distinta; y eso es tan bueno como malo en relación con Sila. Si las cosas cambian, si se da el caso de que Sila me proscribe y la proscripción alcanza a mi madre, tendrás que encargarte de mi patrimonio. Hemos gastado mucho dinero para criar a los hijos de Cardixa para que el Estado se aproveche de ellos -añadió sonriente.
– ¡Nada malo les sucederá, pierde cuidado, Pavo!
– Gracias. Ahora -añadió, pensando en otro asunto-, quiero que alquiles dos mulas y saques los caballos de la cuadra.
Aquél era el secreto de César, lo único en su vida que nadie sabía aparte de Burgundus y Lucio Decumio. Por su condición de flamen dialis no podía tocar caballos, pero desde que el anciano Cayo Mario le había enseñado a montar, le había fascinado la sensación de velocidad, notando la fortaleza del cuerpo del caballo entre sus piernas; y, aunque no era rico, con excepción de las tierras, disponía de una cantidad de dinero estrictamente suya, que su madre jamás habría osado administrar, procedente del testamento paterno, con la que había ido adquiriendo cuanto necesitaba sin necesidad de recurrir a Aurelia. Y se había comprado un caballo. Pero no un caballo cualquiera.
César había sacado fuerzas de flaqueza y se había sacrificado para cumplir todos los requisitos de flamen dialis menos aquél. Se mostraba indiferente a la monótona dieta pensando en que no le costaba nada, y muchas veces había estado tentado de sacar la espada paterna del arca en que se guardaba y esgrimirla, pero se había contenido. A lo único que no había sido capaz de renunciar era a su adoración por los caballos y a montar. ¿Por qué? Por el perfecto resultado de la combinación de dos seres vivos tan distintos. Y se había comprado un precioso caballo castrado color castaño, tan veloz como Bóreas, al que llamaba Bucéfalo en honor al legendario corcel de Alejandro Magno. El animal era su mayor placer, y siempre que podía se escapaba a la puerta Capena, en donde le aguardaban Burgundus y Lucio Decumio con el caballo, para correr con él por el sendero de remolque del Tíber sin temor a matarse, esquivando los pesados bueyes que tiraban de las barcazas corriente arriba. Y cuando ya se había divertido lo bastante, galopaba a campo través saltando cercas, fundido como un solo ser con su querido Bucéfalo. Muchos conocían al caballo, pero no al jinete, pues se disfrazaba de gálata y se cubría cabeza y rostro con un pañuelo medo.
Aquellas cabalgadas secretas conferían a su vida un riesgo de cuya afición no era aún consciente; a él le divertía sobremanera burlar a Roma y arriesgar su cargo, pues, aunque honraba y respetaba al gran dios al que servía, sabía que mantenía con Júpiter Optimus Maximus una relación particular, y que su antepasado Eneas era hijo de Venus, la diosa del amor. Júpiter lo comprendía, lo autorizaba; Júpiter sabía que por las venas de su terrenal servidor corría una gota de linfa divina. En todo lo demás cumplía los preceptos del flaminado lo mejor que podía, pero sin renunciar a aquella comunión con Bucéfalo, un ser vivo más valioso para él que todas las mujeres del Subura.