La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Creo que has debido darle a alguno de ellos -dijo uno de los hombres-. He oído un chillido.
– Voy a subir a por uno -dijo Tom-. Nunca he tenido miedo a los negros y no voy a empezar ahora. ¿Quién me sigue? -preguntó, subiendo a las rocas de un brinco.
George oyó claramente las palabras. Levantó la pistola, la examinó y la apuntó al lugar del desfiladero donde iba a aparecer el primer hombre.
Uno de los más valientes del grupo siguió a Tom y, una vez abierto el camino, el resto comenzó a trepar por las rocas, los últimos empujando a los primeros de modo que fuesen más de prisa de lo que hubieran querido. Siguieron adelante y un momento después, la fornida figura de Tom apareció a la vista, casi al borde del precipicio.
George disparó… el disparo le alcanzó en un costado… pero, aunque herido, no quiso retroceder sino, gritando como un toro salvaje, saltó la grieta hacia el grupo de los fugitivos.
– Amigo -dijo Phineas, adelantándose de pronto, y dándole un empujón con sus largos brazos-, no te queremos aquí.
Cayó abajo al abismo, haciendo chascar a su paso árboles, matorrales, troncos y piedras hasta quedar magullado y gimiendo a treinta pies de profundidad. La caída hubiera podido matarlo si no la hubiese mitigado su ropa al engancharse en las ramas de un gran árbol; pero cayó con mucha fuerza, no obstante, más de la que le era agradable o conveniente.
– ¡Que Dios nos proteja, son unos demonios! -dijo Marks, a la cabeza del grupo, bajando las rocas con más ahínco del que había puesto en subirlas, con toda la cuadrilla dando tumbos para seguirle, sobre todo el alguacil gordezuelo, que bufaba y resoplaba de manera muy enérgica.
– Bien, muchachos -dijo Marks-, id vosotros a recoger a Tom mientras yo me monto al caballo y voy por ayuda, eso es -y, haciendo caso omiso de las mofas y las befas de sus compañeros, Marks cumplió lo dicho y un instante después se le vio desaparecer al galope.
– ¿Habéis visto alguna vez a un canalla tan ladino? -dijo uno de los hombres-. ¡Viene aquí a cumplir con su deber y se larga de esta manera!
– Bueno, debemos recoger a ese tipo, pero -dijo otro que me condenen si me importa que esté vivo o muerto. Los hombres, guiados por los gemidos de Tom, se abrieron paso dificultosamente entre tocones, troncos y matorrales hasta donde yacía el héroe quejándose y jurando alternativamente con gran energía.
– Te quejas bastante, Tom -dijo uno-. ¿Estás malherido?
– No lo sé. Levantadme, vamos. ¡Maldigo a ese dichoso cuáquero! De no ser por él, yo hubiese lanzado a unos cuantos de ellos aquí abajo, a ver si les gustaba.
Con mucho trabajo y grandes lamentos, ayudaron al héroe caído a levantarse; con un hombre sujetándole a cada lado, consiguieron llevarlo hasta los caballos.
– A ver si podéis llevarme a aquella taberna que está a una milla de aquí. Dadme un pañuelo o algo para ponerlo aquí a ver si deja de sangrar tanto.
George se asomó por encima de las rocas y los vio intentar subir al grandullón de Tom a la silla. Después de dos o tres intentos inútiles, se tambaleó y cayó pesadamente al suelo.
– ¡Ay, espero que no esté muerto! -dijo Eliza, que observaba lo sucedido junto a los demás miembros de su grupo.
– ¿Por qué? -dijo Phineas-. Se lo tiene merecido.
– Porque después de la muerte viene el juicio -dijo Eliza.
– Sí -dijo la anciana, que había estado lamentándose y rezando a su estilo metodista durante toda la refriega-, mal asunto para el alma de la pobre criatura.
– ¡Válgame Dios! Creo que lo van a dejar allí -dijo Phineas.
Era cierto, después de unos alardes de indecisión y consulta, todo el grupo se montó a los caballos y se marcharon. Cuando hubieron desaparecido de vista, Phineas empezó a moverse.
– Debemos bajar y caminar un trecho -dijo-. He dicho a Michael que se adelante a traer ayuda y que vuelva aquí con el carro, pero tendremos que andar un poco por la carretera para encontrarnos con ellos, supongo. ¡Dios quiera que venga pronto! Es temprano y habrá poco tráfico de momento; no estamos a más de dos millas de nuestro apeadero. Si la carretera no hubiese sido tan accidentada, los hubiéramos eludido del todo.
Al aproximarse el grupo a la valla, vieron volver su propio carretón a lo lejos en la carretera, acompañado de unos hombres a caballo.
– Bien, ahí está Michael con Stephen y Amariah -exclamó Phineas con alegría-. Ya está claro, estamos tan a salvo como si hubiéramos llegado.
– Pues entonces -dilo Eliza-, detengámonos para hacer algo por ese pobre hombre; se queja muchísimo.
– Lo cristiano dijo George- sería recogerlo y llevarlo a algún sitio.
– Y curarlo entre los cuáqueros -dijo Phineas-. ¡Eso estaría bien! Pues a mí me da igual. Veámoslo -y Phineas que, durante sus días de cazador y hombre del bosque había aprendido algunos conocimientos rudimentarios de cirugía, se arrodilló junto al herido e inició un cuidadoso reconocimiento de su estado.
– Marks -dijo Tom débilmente-, ¿eres tú, Marks?
– No, me temo que no, amigo -dijo Phineas-. Mucho le importas tú a Marks, siempre que su propio pellejo esté a salvo. Hace rato que se ha ido.
– Creo que ha llegado mi hora -dijo Tom-. ¡Maldita rata, dejar que me muera yo solo! Mi pobre madre siempre me dijo que ocurriría así.
– ¡Vaya por Dios! ¿Oís al pobre tipo? Ahora resulta que tiene madre -dijo la negra anciana-. No puedo evitar tenerle un poco de pena.
– Tranquilo, tranquilo; no reniegues ni rezongues, amigo -dijo Phineas, cuando Tom dio un respingo de dolor y le apartó la mano-. No tienes nada que hacer si no puedo detener la hemorragia y Phineas se puso a improvisar unos remedios quirúrgicos utilizando su propio pañuelo y los que pudo recoger entre los demás.
– Tú me empujaste -dijo Tom débilmente.
– Pues, verás, si no te hubiera empujado yo, tú nos hubieras empujado a nosotros -dijo Phineas, al agacharse a colocar la venda-. Vamos, vamos, deja que te ponga esta venda. No te deseamos ningún mal; no te guardamos rencor. Te llevaremos a una casa donde te tratarán de primera, tan bien como pudiera hacerlo tu propia madre.
Tom gimió y cerró los ojos. En hombres de este tipo, el vigor y la decisión son simplemente una cuestión fisica, y desaparecen con la pérdida de sangre; y el desamparo del hombre gigantesco realmente era algo digno de lástima.
Se aproximaron los del otro grupo. Quitaron los asientos del carro. Extendieron las pieles de búfalo, dobladas en cuatro, a lo largo de un costado y levantaron y colocaron encima el pesado cuerpo de Tom entre cuatro hombres. Antes de que lo pusieran dentro, perdió el conocimiento. La anciana negra, en un rapto de compasión, se sentó a su lado y le cogió la cabeza en su regazo. Eliza, George y Jim se colocaron como mejor pudieron en el espacio restante y se pusieron en camino.
– ¿Qué opina usted de su estado? -preguntó George, que estaba sentado delante junto a Phineas.
– Bien, sólo es una herida superficial bastante extensa; pero dar tumbos por el barranco no le ha ayudado mucho. Ha sangrado bastante, suficiente para agotarlo y dejarlo sin valor, pero lo superará y puede que aprenda alguna cosa de ello.
– Me alegro de que lo diga -dijo George-. Siempre me pesaría pensar que había sido responsable de su muerte, aunque la causa era justa.
– Sí -dijo Phineas-, matar es un asunto feo, se mire como se mire, a hombre o a bestia. He visto un ciervo que moría de un tiro mirar de tal manera que casi te hacía sentirte malvado por matarlo; y las criaturas humanas son un asunto más serio aun, ya que, como ha dicho tu mujer, les espera el juicio después de la muerte. Así que no creo que sean muy estrictas las ideas de los nuestros sobre estas cuestiones; yo, desde luego, gracias a mi educación, las acepté sin pensarlo.
– ¿Qué hará con este pobre hombre? -preguntó George.