La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Sus dos administradoras eran su amiga de la infancia Phoebe y la hermana Dulcinia. Necesitaba contar con alguien que tuviera la experiencia de la hermana Dulcinia. Además, de ese modo la tenía controlada. La misma Dulcinia había solicitado el trabajo arguyendo su «conocimiento de los asuntos de palacio».
Tener a las hermanas Leoma y Philippa como «consejeras de confianza» le permitía asimismo no perderlas de vista. No se fiaba de ellas. De hecho, no se fiaba de ninguna Hermana; no se lo podía permitir. No obstante, Verna tenía que admitir que ambas habían demostrado ser solícitas consejeras que no olvidaban nunca que su máxima prioridad era el bien de la Prelada y de palacio. A Verna la sacaba de quicio no hallar ninguna pega en sus consejos.
La llamada se repitió, cortés pero insistente.
— ¡Sí! ¿Qué ocurre?
La gruesa puerta se abrió lo suficiente para que asomara una cabeza de ensortijado cabello rubio: Warren. Al ver la ceñuda expresión de Verna sonrió de oreja a oreja. Dulcinia estiró el cuello para ver si la Prelada había acabado ya con los montones de informes. Warren acabó de entrar.
Ya dentro, se fijó en los trabajos llevados a cabo en el sombrío y triste despacho. Tras la derrota que su predecesora había encajado allí contra las Hermanas de las Tinieblas, el lugar había quedado reducido a ruinas. Una cuadrilla de operarios habían reparado a toda prisa los desperfectos para que la nueva Prelada pudiera instalarse lo antes posible. Verna sabía perfectamente cuánto había costado; había revisado la factura.
Warren se acercó con paso despreocupado a la recia mesa de madera de roble.
— Buenas noches, Verna. Te veo muy ocupada. Supongo que son asuntos importantes de palacio esos que te mantienen despierta tan tarde.
Verna apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea. Antes de que pudiera lanzar una diatriba, Dulcinia aprovechó la oportunidad antes de cerrar la puerta del despacho para asomar su cabeza.
— Acabo de ordenar los informes de hoy, Prelada. ¿Queréis que os los entregue ahora? Supongo que debéis de haber acabado los otros.
Verna esbozó una breve sonrisa sarcástica en tanto que doblaba un dedo hacia su ayudante. La hermana Dulcinia se sobresaltó ante la expresión de la Prelada, sus penetrantes ojos azules recorrieron el despacho y se posaron en Warren antes de entrar, apartándose del rostro sus cabellos grises en gesto sumiso.
— ¿Puedo ayudaros, Prelada?
— Pues sí, Hermana, creo que sí —contestó Verna—. Tu experiencia me será de ayuda en este asunto. Tengo una misión urgente para ti en las caballerizas —dijo, cogiendo un informe de la pila—. Parece que últimamente hemos tenido unos misteriosos problemas con los caballos.
A la mención de la palabra «problemas», el rostro de Dulcinia se iluminó.
— ¿Problemas, Prelada?
— Sí. Han desaparecido caballos.
La hermana Dulcinia se inclinó ligeramente hacia adelante y bajó la voz con su habitual actitud meliflua.
— Recuerdo el informe al que os referís, Prelada. Los caballos se asustaron por la noche, huyeron despavoridos y aún no han regresado. Eso es todo.
— Eso ya lo sé, Hermana. Lo que quisiera es que maese Finch me explicara cómo es posible que esos caballos que derribaron la valla no hayan sido aún encontrados.
— No os comprendo.
Verna enarcó las cejas en gesto de burlón desconcierto.
— Vivimos en una isla, ¿verdad? ¿Cómo es que los caballos no siguen en la isla? Ninguno de los guardias los vio cruzar al galope uno de los puentes. Al menos, no he leído ningún informe sobre ello. Además, en esta época del año los pescadores se pasan día y noche junto al río capturando anguilas, pero ninguno de ellos vio ningún caballo nadar hasta el continente. Así pues, ¿dónde están?
— Bueno, estoy segura de que simplemente se desbocaron, Prelada. Quizá…
Verna sonrió con indulgencia.
— Quizá maese Finch los vendió y luego dijo que habían escapado.
— Oh, Prelada —respondió la hermana Dulcinia, muy rígida—, no pretenderéis acusar a…
Verna golpeó la mesa con la palma de la mano y se levantó de un salto.
— También faltan los arreos. ¿También los arreos huyeron por la noche? ¿O acaso los caballos decidieron ponérselos e ir de excursión?
La hermana Dulcinia palideció.
— Yo… bueno, yo… iré a…
— Vas a bajar ahora mismo a las cuadras y le dirás a maese Finch que si la próxima vez que pregunte aún no ha encontrado los caballos de palacio, los pagará de su propio sueldo. ¡Y los nuevos arreos saldrán de su pellejo!
La hermana Dulcinia ejecutó una precipitada reverencia y se escabulló. Cuando la puerta se hubo cerrado de un portazo Warren lanzó una risita.
— Parece que este trabajo te va como anillo al dedo, Verna.
— ¡No empieces tú también, Warren!
El joven se puso súbitamente serio.
— Verna, cálmate. No son más que un par de caballos. El caballerizo los encontrará. No merece la pena que te alteres hasta el punto de llorar.
Verna lo miró, asombrada. Entonces se llevó los dedos a las mejillas y las notó húmedas. Lanzando un gruñido de agotamiento, se desplomó en la silla.
— Lo siento, Warren. No sé qué me ha pasado. Supongo que estoy cansada y también frustrada.
— Verna, nunca había visto que algo como unos estúpidos legajos te sacara de quicio.
— ¡Warren, mira esto! —exclamó Verna, cogiendo al vuelo un informe—. ¡Me he convertido en una prisionera que se dedica a aprobar cuánto cuesta llevarse el estiércol! ¿Tienes alguna idea de cuánto estiércol producen los caballos? ¿O de cuánta comida comen para producir todo ese estiércol?
— Pues no. Tengo que admitir que…
— Mantequilla —lo interrumpió Verna, cogiendo el siguiente informe de la pila.
— ¿Mantequilla?
— Sí, mantequilla. —Verna echó un vistazo al informe—. Parece que se puso rancia y tuvimos que comprar noventa quilos para reemplazarla. Tengo que considerar el asunto, decidir si el lechero ha pedido un precio justo y si nos quedamos con ella.
— Supongo que es importante comprobar dichos asuntos.
— Albañiles —prosiguió Verna, con el siguiente informe en las manos—. Albañiles para reparar las goteras en el techo del comedor. Y el tejado de pizarra. Un relámpago rompió la pizarra, según ellos, y tuvieron que arrancar diez metros cuadrados y sustituirlos. Según el informe, diez hombres estuvieron trabajando durante dos semanas. Yo tengo que decidir si fue oportuno y aprobar el pago.
— Bueno, los trabajadores tienen derecho a recibir una remuneración por su trabajo, ¿no?
Verna frotó con un dedo el aniño de oro en forma de sol.
— Yo pensaba que si alguna vez tuviera el poder, cambiaría el modo en que las Hermanas de la Luz sirven al Creador. Pero lo único que hago es leer informes, Warren. Estoy aquí encerrada día y noche leyendo sobre los asuntos más mundanos que puedas imaginar hasta que los ojos se me empañan.
— Supongo que es importante, Verna.
— ¿Importante? —La Prelada seleccionó otro informe con gesto teatral—. Vamos a ver… parece que dos de nuestros «jóvenes» se emborracharon y prendieron fuego a una posada… el fuego se extinguió… la posada sufrió daños… y piden que el palacio se los reembolse. Esos dos me van a oír —sentenció, dejando a un lado el informe.
— Creo que haces bien, Verna.
— ¿Y qué tenemos aquí? —Verna cogió otro informe—. La factura de una modista. Trabajo de costura para las novicias. —Otro informe—. Sal. Tres tipos.
— Pero, Verna…
— ¿Y este de aquí? Por cavar tumbas. —Verna agitó el informe con burlona solemnidad.