El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—Pero ¿por qué algunos los apoyan?
—Porque les conviene para sus asuntos, que raramente se relacionan con la fe y las más de las veces se reducen a la conquista del poder.
—¿Por eso la iglesia de Roma acusa de herejes a todos sus enemigos?
—Por eso. Y por eso también considera ortodoxa toda herejía que puede someter a su control, o que debe aceptar porque se ha vuelto demasiado poderosa y sería inoportuno tenerla en contra. Pero no hay una regla estricta, depende de los hombres y de las circunstancias. Y lo mismo vale en el caso de los señores laicos. Hace cincuenta años la comuna de Padua emitió una ordenanza que imponía una multa de un denario fuerte a quien matase a un clérigo.
—¡Eso es nada!
—Justamente. Era una manera de atizar el odio del pueblo contra los clérigos; la ciudad estaba enfrentada con el obispo. Entonces comprenderás por qué hace tiempo, en Cremona, los partidarios del imperio ayudaron a los cátaros, no por razones de fe, sino para perjudicar a la iglesia de Roma. A veces las magistraturas de las ciudades apoyan a los herejes porque éstos traducen el evangelio a la lengua vulgar: la lengua vulgar es la lengua de las ciudades; el latín, la lengua de Roma y de los monasterios. O bien apoyan a los valdenses porque éstos afirman que todos, hombres y mujeres, grandes y pequeños, pueden enseñar y predicar, y el obrero, que es discípulo, diez años después busca otro de quien convertirse en maestro…
—¡De ese modo eliminan la diferencia que hacía irreemplazables a los clérigos! Pero entonces, ¿por qué después las mismas magistraturas ciudadanas se vuelven contra los herejes y dan mano fuerte a la iglesia para que los envíe a la hoguera?
—Porque comprenden que si esos herejes continúan creciendo acabarán cuestionando también los privilegios de los laicos que hablan la lengua vulgar. En el concilio de Letrán, el año 1179 (ya ves que estas historias datan de hace casi dos siglos), Walter Map advertía sobre los riesgos que entrañaba dar crédito a las doctrinas de hombres idiotas e iletrados como los valdenses. Si mal no recuerdo, alegaba que no tienen domicilio fijo, que van descalzos, que no tienen propiedad personal alguna, puesto que todo lo poseen en común, y desnudos siguen a Cristo desnudo; y que empiezan de esta manera tan humilde porque son personas excluidas, pero si se les deja demasiado espacio acabarán echándolos a todos. Por eso más tarde las ciudades apoyaron a las órdenes mendicantes y en particular a nosotros, los franciscanos: porque permitían establecer una relación armoniosa entre la necesidad de penitencia y la vida ciudadana, entre la iglesia y los burgueses interesados en sus negocios.
—Entonces, ¿se logró armonizar el amor de Dios con el amor de los negocios?
—No. Se detuvieron los movimientos de renovación espiritual, se los encauzó dentro de los límites de una orden reconocida por el Papa. Sin embargo, no pudo encauzarse la tendencia que subyacía a esas manifestaciones. Y en parte emergió en los movimientos de flagelantes, que no hacen daño a nadie, en bandas armadas como las de fray Dulcino, en ritos de hechicería como los de los frailes de Montefalco que mencionaba Ubertino…
—Pero ¿quién tenía razón? ¿Quién tiene razón? ¿Quién se equivocó? —pregunté desorientado.
—Todos tenían sus razones, todos se equivocaron.
—Pero vos —dije casi a gritos, en un ímpetu de rebelión—, ¿por qué no tomáis partido? ¿Por qué no me decís quién tiene razón?
Guillermo se quedó un momento callado, mientras levantaba hacia la luz la lente que estaba tallando. Después la bajó hacia la mesa y me mostró, a través de dicha lente, un instrumento que había en ella:
—Mira —me dijo—. ¿Qué ves?
—Veo el instrumento, un poco más grande.
—Pues bien, eso es lo máximo que se puede hacer: mirar mejor.
—Pero el instrumento es siempre el mismo.
—También el manuscrito de Venancio seguirá siendo el mismo una vez que haya podido leerlo gracias a esta lente. Pero quizá cuando lo haya leído conozca yo mejor una parte de la verdad. Y quizá entonces podamos mejorar en parte la vida en el monasterio.
—¡Pero eso no basta!
—No creas que es poco lo que te digo, Adso. Ya te he hablado de Roger Bacon. Quizá no haya sido el hombre más sabio de todos los tiempos, pero siempre me ha fascinado la esperanza que animaba su amor por el saber. Bacon creía en la fuerza, en las necesidades, en las invenciones espirituales de los simples. No habría sido un buen franciscano si no hubiese pensado que a menudo Nuestro Señor habla por boca de los pobres, de los desheredados, de los idiotas, de los analfabetos. Si hubiera podido conocerlos de cerca se habría interesado más por los fraticelli que por los provinciales de la orden. Los simples tienen algo más que los doctores, que suelen perderse en la búsqueda de leyes muy generales: tienen la intuición de lo individual. Pero esa intuición por sí sola no basta. Los simples descubren su verdad, quizá más cierta que la de los doctores de la iglesia, pero después la disipan en actos impulsivos. ¿Qué hacer? ¿Darles la ciencia? Sería demasiado fácil, o demasiado difícil. Además, ¿qué ciencia? ¿La de la biblioteca de Abbone? Los maestros franciscanos han meditado sobre este problema. El gran Buenaventura decía que la tarea de los sabios es expresar con claridad conceptual la verdad implícita en los actos de los simples…
—Como el capítulo de Perusa y las doctas disertaciones de Ubertino, que transforman en tesis teológicas la exigencia de pobreza de los simples —dije.
—Sí, pero ya has visto: eso siempre llega demasiado tarde, si es que llega, y para entonces la verdad de los simples se ha transformado en la verdad de los poderosos, más útil para el emperador Ludovico que para un fraile de la vida pobre. ¿Cómo mantenerse cerca de la experiencia de los simples conservando lo que podríamos llamar su virtud operativa, la capacidad de obrar para la transformación y el mejoramiento de su mundo? Ese fue el problema que se planteó Bacon: «Quod enim laicali ruditate turgescit non habet effectum nisi fortuito»,[86] decía. La experiencia de los simples se traduce en actos salvajes e incontrolables. «Sed opera sapientiae certa lege vallantur et in finem debitum efficaciter diriguntur».[87] Lo que equivale a decir que también para las cosas prácticas, ya se trate de mecánica, de agricultura o del gobierno de una ciudad se requiere un tipo de teología. Consideraba que la nueva ciencia de la naturaleza debía ser la nueva gran empresa de los sabios, quienes, a través de un nuevo tipo de conocimiento de los procesos naturales, tratarían de coordinar aquellas necesidades básicas, aquel acervo desordenado, pero a su manera justo y verdadero, de las esperanzas de los simples. La nueva ciencia, la nueva magia natural. Sólo que, según él, esa empresa debía ser dirigida por la iglesia. Pero creo que esto se explica porque en su época la comunidad de los clérigos coincidía con la comunidad de los sabios. Hoy ya no es así; surgen sabios fuera de los monasterios, fuera de las catedrales e incluso fuera de las universidades. Mira, por ejemplo, en este país: el mayor filósofo de nuestro siglo no ha sido un monje, sino un boticario. Hablo de aquel florentino cuyo poema habrás oído nombrar, si bien yo no lo he leído, porque no comprendo la lengua vulgar en que está escrito, y por lo que sé de él creo que no me gustaría demasiado, pues es una disquisición sobre cosas muy alejadas de nuestra experiencia. Sin embargo, creo que también contiene las ideas más claras que hemos podido alcanzar acerca de la naturaleza de los elementos y del cosmos en general, así como acerca del gobierno de los estados. Por tanto considero que, así como también yo y mis amigos pensamos que en lo relativo a las cosas humanas ya no corresponde a la iglesia legislar, sino a la asamblea del pueblo, del mismo modo, en el futuro, será la comunidad de los sabios la que deberá proponer esa teología novísima y humana que es filosofía natural y magia positiva.
86
«lo que en efecto se hincha por la torpeza de los laicos no tiene efecto si no casualmente».
87
«Pero las obras de la sabiduría están controladas por cierta ley y se dirigen eficazmente a un fin debido.»