Ender el Xenocida [Xenocide - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1648-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:
Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
—Ela la mártir, certo? ¿Es eso lo que dirás cuando hables por mí tras mi muerte?
—Si debo hablar de tu muerte, tendré que grabarlo por adelantado. Pretendo morir mucho antes que tú.
—Entonces, ¿no vas a dejar Lusitania?
—Por supuesto que no.
—¿Aunque madre te eche?
—No puede. No tiene motivos para el divorcio, y el obispo Peregrino nos conoce a ambos lo suficiente para reírse ante cualquier petición de nulidad basándose en una proclama de no consumación.
—Ya sabes lo que quería decir.
—Estoy aquí para quedarme. No más falsa inmortalidad con la dilatación temporal. Estoy cansado de dar vueltas por el espacio. Nunca dejaré la superficie de Lusitania.
—¿Aunque eso te mate? ¿Aunque venga la flota?
—Si todo el mundo puede marcharse, entonces me marcharé. Pero seré yo quien apague las luces y cierre la puerta.
Ella corrió hacia él, lo besó en la mejilla y lo abrazó, sólo por un instante. Luego salió y Ender se quedó solo una vez más.
Se había equivocado con Novinha, pensó. No estaba celosa de Valentine. Era de Jane. «Todos estos años me ha visto hablar en silencio con Jane, todo el tiempo, diciendo cosas que ella nunca podía oír, oyendo cosas que ella nunca podía transmitir. He perdido su confianza en mí y ni siquiera me di cuenta de que la estaba perdiendo.»
Incluso ahora, debía de estar subvocalizando. Debía de estar hablando con Jane por un hábito tan profundo que ni siquiera sabía que lo estaba haciendo, porque ella le respondió.
—Te lo advertí-dijo.
«Supongo que sí», contestó Ender en silencio.
—Nunca crees que entiendo a los seres humanos.
«Supongo que estás aprendiendo.»
—Ella tiene razón, ¿sabes? Eres mi marioneta. Te manipulo constantemente. Hace años que no tienes un pensamiento propio.
—Cállate —susurró él—. No estoy de humor.
—Ender, si crees que te ayudaría a no perder a Novinha, quítate la joya de la oreja. A mí no me importaría.
—Pero a mí sí.
—Te estaba mintiendo, a mí también me importaría. Pero si tienes que hacerlo, para conservarla, hazlo.
—Gracias. Pero sería una tontería intentar conservar a alguien a quien ya he perdido claramente.
—Cuando vuelva Quim, todo se arreglará.
«Eso es —pensó Ender—. Eso es.»
«Por favor, Dios, cuida del padre Esteváo.»
Sabían que el padre Esteváo se acercaba. Los pequeninos lo sabían siempre. Los padres-árbol se lo contaban todo unos a otros. No había secretos. No es que lo quisieran así. Podría existir un padre-árbol que quisiera guardar un secreto o decir una mentira. Pero no podían hacerlo solos exactamente. Nunca tenían experiencias privadas. Así, si un padre-árbol deseara guardarse algo para sí, habría otro cercano que no pensaría lo mismo. Los bosques siempre actuaban en unidad, pero seguían estando compuestos de individuos, y por eso las historias pasaban de un bosque a otro a pesar de lo que unos cuantos padres-árbol pudieran querer.
Quim sabía que ésa era su protección. Porque aunque Guerrero fuera un hijo de puta sediento de sangre (a pesar de que ése era un epíteto absurdo referido a los pequeninos), no podía hacer nada al padre Esteváo sin persuadir a los hermanos de su bosque para que actuaran como él quería. Y si lo hacía, alguno de los otros padres-árbol de su bosque lo sabría, y lo contaría. Habría testigos. Si Guerrero rompía el juramento que todos los padres-árbol habían hecho treinta años atrás, cuando Andrew Wiggin envió a Humano a la tercera vida, no podría hacerlo en secreto. Todo el mundo lo sabría, y Guerrero sería conocido como perjuro. Sería algo vergonzoso. ¿Qué esposa permitiría a los hermanos que llevaran una madre para él entonces? ¿Qué motivos volvería a tener mientras viviera?
Quim estaba a salvo. Tal vez no lo escucharían, pero tampoco le harían daño.
Sin embargo, cuando llegó al bosque de Guerrero, no perdieron el tiempo en escucharlo. Los hermanos lo agarraron, lo tiraron al suelo y lo arrastraron hasta Guerrero.
—Esto no era necesario —dijo—. Iba a venir aquí de todas formas.
Un hermano empezó a golpear el árbol con sus palos. Quim atendió la música cambiante mientras Guerrero alteraba los huecos en su interior, transformando el sonido en palabras.
—Has venido porque yo lo ordené.
—Tú ordenaste. Yo he venido. Si quieres pensar que has causado mi venida, así sea. Pero las órdenes de Dios son las únicas que obedezco de corazón.
—Estás aquí para oír la voluntad de Dios —sentenció Guerrero.
—Estoy aquí para decir la voluntad de Dios —respondió Quim—. La descolada es un virus, creado por Dios para convertir a los pequeninos en sus dignos hijos. Pero el Espíritu Santo no tiene ninguna encarnación. Es perpetuamente espíritu, y así puede habitar en nuestros corazones.
—La descolada habita en nuestros corazones, y nos otorga vida. Cuando habita en tu corazón, ¿qué te da?
—Un Dios. Una fe. Un bautismo. Dios no predica una cosa a los humanos y otra a los pequeninos.
—No somos «pequeños». Ya verás quién es poderoso y quién es pequeño.
Lo obligaron a permanecer de pie con la espalda apoyada contra el tronco de Guerrero. Sintió que la corteza cambiaba tras él. Lo empujaron. Muchas pequeñas manos, muchos morros respirando sobre su cuerpo. En todos los años transcurridos, nunca había considerado aquellas manos, aquellas caras, como pertenecientes a enemigos. E incluso ahora, advirtió Quim con alivio, no los consideraba sus propios enemigos. Eran los enemigos de Dios, y los compadecía por ello. Fue un gran descubrimiento para él, incluso mientras lo empujaban al vientre de un padre-árbol asesino, comprobar que no albergaba miedo ni odio en su interior. «Realmente no temo a la muerte. No lo sabía.»
Los hermanos seguían golpeando el exterior del árbol con sus palos. Guerrero rehízo el sonido para formar las palabras de la Lengua de los Padres, pero ahora Quim estaba dentro del sonido, dentro de las palabras.
—Piensas que voy a romper el juramento —dijo Guerrero.
—Se me ocurrió la posibilidad —respondió Quim.
Ahora estaba completamente clavado en el interior del árbol, aunque éste permanecía abierto delante desde la cabeza a los pies. Podía ver, podía respirar fácilmente: su confinamiento no resultaba ni siquiera claustrofábico. Pero la madera se había adaptado tan hábilmente a su cuerpo que no podía mover un brazo o una pierna, no podía girarse hacia los lados para salir de la abertura. Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la salvación.
—Probaremos —dijo Guerrero. Ahora que escuchaba desde el interior, le resultó más difícil entender el sonido. Más difícil pensar—. Dejemos que Dios juzgue entre tú y yo. Te daremos todo lo que quieras beber, el agua de nuestro arroyo. Pero no tendrás nada de comida.
—Dejarme morir de hambre es…
—¿Morir de hambre? Tenemos tu comida. Te volveremos a alimentar dentro de diez días. Si el Espíritu Santo te permite vivir diez días, te alimentaremos y te dejaremos libre. Entonces creeremos en tu doctrina. Confesaremos que estábamos equivocados.
—El virus me matará antes.
—El Espíritu Santo te juzgará y decidirá si eres digno.
—Hay una prueba aquí —dijo Quim—, pero no es la que tú supones.
—¿No?
—Es la prueba del Juicio Final. Estás ante Cristo, y Él le dice a los que tienen a su diestra: «Fui un extraño y me aceptasteis. Tuve hambre y me disteis de comer. Entrad en la dicha del Señor». Y a los que están a su izquierda: «Tuve hambre y no me disteis nada. Fui un extraño y me maltratasteis». Y todos le dicen: «Señor, ¿cuándo te hicimos esas cosas?», y Él responde: «Si lo hicisteis al menor de mis hermanos, me lo hicisteis a mí». Todos vosotros, hermanos, congregados aquí…, yo soy el menor de vuestros hermanos. Responderéis ante Cristo por lo que me hacéis aquí.