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Ender el Xenocida [Xenocide - es]

Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:

Lusitania es único en la galaxia. Un planeta donde coexisten tres especies inteligentes: los cerdis, que evolucionaron en el mismo planeta; los humanos que llegaron como colonizadores; y la reina colmena y sus insectores, llevados por el joven Ender unos años atrás. El planeta ha sido condenado por el Consejo Estelar a causa de la descolada, el virus letal para los humanos e imprescindible para la biología de los cerdis. Jane, la inteligencia artificial aliada de Ender y nacida del nexo de ansibles que comunican la galaxia, ha salvado Lusitania interfiriendo con la Flota Estelar y creando un insondable misterio a escala galáctica. En el planeta Sendero, con una cultura derivada de la antigua China, la niña Qing-jao tiene el encargo de descubrir la causa de la desaparición de la flota estelar. Su prodigiosa inteligencia le ha de permitir lograrlo, y ello pone en peligro la existencia de Jane y la supervivencia de las tres especies inteligentes conocidas. La intervención de Ender se hace de nuevo imprescindible.

Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
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Qing-jao miró aWang-mu, irritada.

—¿Dónde aprendiste tantas cuestiones sobre ordenadores que sigues ignorando que cosas como ésas son imposibles?

Wang-mu inclinó la cabeza y tocó con ella el suelo. Sabía que humillarse de esa forma avergonzaría a Qing-jao por su arrebato de furia y entonces podrían volver a hablar.

—No —suspiró Qing-jao—. No tenía derecho a enfurecerme, lo siento. Levántate, Wang-mu. Sigue formulando preguntas. Son beneficiosas. Puede que sea posible porque tú puedes imaginarlo, y si tú puedes imaginarlo tal vez alguien podría llevarlo a cabo. Pero por esto pienso que es imposible. ¿Cómo podría nadie instalar un programa tan hábil? Tendría que estar en cada ordenador que procese comunicaciones ansibles en todas partes. Hay miles y miles. Y si uno se estropea y otro entra en línea, tendría que cargar el programa en el nuevo ordenador casi instantáneamente. Sin embargo nunca podría ponerse en almacenaje permanente o lo encontrarían; tiene que mantenerse en movimiento constantemente, esquivando, permaneciendo fuera del trabajo de los otros programas, entrando y saliendo de su almacén. Un programa que pudiera hacer todo eso tendría que ser… inteligente, tendría que estar intentando esconderse y calcular nuevas formas de hacerlo todo el tiempo o ya lo habríamos advertido a estas alturas, cosa que no ha sucedido. No existe ningún programa como ése. ¿Cómo podría haberlo programado nadie? ¿Cómo podría haber empezado? Y mira, Wang-mu…, esta Valentine Wiggin que escribe todas las cosas de Demóstenes ha estado ocultándose durante miles de años. Si hay un programa como ése, debe de haber existido todo el tiempo. No habría sido creado por los enemigos del Congreso Estelar porque no existía ningún Congreso Estelar cuando Valentine Wiggin empezó a esconder su identidad. ¿Ves lo antiguos que son los archivos que nos dan su nombre? No ha estado enlazada abiertamente a Demóstenes desde los primeros informes de… de la Tierra. Antes de las naves estelares. Antes de…

La voz de Qing-jao se apagó, pero según Wang-mu comprendió al instante, había alcanzado su conclusión antes de que Qing-jao la vocalizara.

—Si hay un programa secreto en los ordenadores ansibles, tuvo que existir todo el tiempo —dijo Wang-mu—. Desde el principio.

—Imposible —susurró Qing-jao. Pero ya que todo lo demás era también imposible, Wang-mu supo que a Qing-jao le encantaba esta idea, que quería creería porque a pesar de ser imposible al menos era concebible, podría ser imaginada y por tanto podía ser real. «Y se me ocurrió a mí —pensó Wang-mu—. Puede que no sea una agraciada por los dioses, pero soy inteligente. Comprendo cosas. Todo el mundo me trata como a una niña tonta, incluso Qing-jao, a pesar de que sabe que aprendo rápido y que pienso cosas que las demás personas no piensan…, incluso ella me desprecia. ¡Pero soy tan lista como el que más, señora! Soy tan lista como tú, aunque nunca lo adviertes, aunque pensarás que todo esto se te ocurrió a ti sola. Oh, me darás crédito por ello, pero será así: "Wang-mu dijo algo y me hizo pensar y entonces me di cuenta de la idea importante". Nunca será: "Wang-mu fue la que comprendió esto y me lo explicó hasta que comprendí por fin". Siempre como si yo fuera un perro estúpido que ladra o gime o se rasca o muerde o salta, sólo por coincidencia, y encamina tu mente hacia la verdad. No soy un perro. Comprendo. Cuando te hice esas preguntas fue porque ya me había dado cuenta de las implicaciones. Y me di cuenta aún de más cosas de las que has dicho hasta ahora…, pero debo decírtelo preguntando, fingiendo no comprender, porque tú eres la agraciada y una simple criada como yo nunca podría dar ideas a alguien que oye las voces de los dioses.»

—Señora, quienquiera que controle este programa tiene un poder enorme, y sin embargo nunca hemos oído hablar de ellos y nunca han usado este poder hasta ahora.

—Lo han usado —dijo Qing-jao—. Para ocultar la verdadera identidad de Demóstenes. Esta Valentine Wiggin es muy rica, pero sus propiedades están todas ocultas, para que nadie se dé cuenta de lo mucho que tiene, de que todas sus posesiones forman parte de la misma fortuna.

—¿Este programa tan poderoso ha habitado en todos los ordenadores ansible desde que empezaron los vuelos estelares, y sin embargo lo único que hizo fue esconder la fortuna de esa mujer?

—Tienes razón —convino Qing-jao—, no tiene sentido. ¿Por qué alguien con tanto poder no lo ha usado ya para controlar las cosas? O tal vez lo ha hecho. Estaba presente antes de que el Congreso Estelar fuera formado, así que tal vez…, ¿pero por qué oponerse al Congreso ahora?

—Tal vez —apuntó Wang-mu—, tal vez no les importa el poder.

—¿A quién?

—A quienquiera que controle este programa secreto.

—Entonces, ¿por qué crearon el programa en primer lugar? Wang-mu, no estás pensando.

«No, por supuesto que no. Yo nunca pienso.» Wang-mu inclinó la cabeza.

—Quiero decir que estás pensando, pero no piensas en esto. Nadie crearía un programa tan poderoso a menos que quisiera tanto poder…; considera lo que hace este programa, lo que puede hacer: ¡interceptar todos los mensajes de la flota y hacer que parezca que nunca fueron enviados! ¡Llevar los escritos de Demóstenes a todos los planetas colonizados y sin embargo ocultar el hecho de que esos mensajes fueron enviados! Podría hacer cualquier cosa, podría alterar cualquier mensaje, podría sembrar la confusión por todas partes o engañar a la gente para que crea…, para que crea que hay una guerra, o darles órdenes para no hacer nada, ¿y cómo sabríamos que no es verdad? ¡Si realmente tuvieran tanto poder lo usarían! ¡Lo harían!

—A menos que los programas no quieran ser usados de esa forma.

Qing-jao se rió con fuerza.

—Vamos, Wang-mu, ésa fue una de nuestras primeras lecciones sobre ordenadores. Está bien que la gente corriente imagine que los ordenadores deciden las cosas, pero tú y yo sabemos que sólo son sirvientes, solamente hacen lo que se les dice, nunca quieren nada.

Wang-mu casi perdió el control de sí misma, casi se dejó llevar por la furia. «¿Crees que no querer nunca es un rasgo común entre los ordenadores y los sirvientes? ¿Crees realmente que los sirvientes sólo obedecemos órdenes y nunca queremos nada por nuestra cuenta? ¿Crees que sólo porque los dioses no nos hacen frotarnos la nariz contra el suelo o lavarnos las manos hasta que sangren no tenemos ningún otro deseo? Bien, si los sirvientes y ordenadores son iguales, entonces es porque los ordenadores tienen deseos, no porque los sirvientes no los tengamos. Porque queremos. Ansiamos. Anhelamos. Lo que nunca hacemos es actuar siguiendo esas ansias, porque si lo hiciéramos entonces los agraciados por los dioses nos expulsaríais y encontraríais a otros más obedientes.»

—¿Por qué estás enfadada?-preguntó Qing-jao.

Horrorizada al ver que había dejado que sus sentimientos se traslucieran en su rostro, Wang-mu inclinó la cabeza.

—Perdóname —dijo.

—Por supuesto que te perdono, pero también quiero comprenderte. ¿Te enfadaste porque me reí de ti? Lo siento, no debería haberlo hecho. Sólo llevas unos pocos meses estudiando conmigo; es normal que a veces te olvides y retrocedas a las creencias con las que creciste, y está mal que yo me ría. Por favor, perdóname por eso.

—Oh, señora, no es apropiado que yo te perdone. Eres tú quien debes perdonarme a mí.

—No, yo estaba equivocada. Lo sé, los dioses me han mostrado mi indignidad por reírme de ti.

«Entonces los dioses son muy estúpidos, si piensan que fue tu risa lo que me enfadó. O eso o es que te están mintiendo. Odio a tus dioses y cómo te humillan sin decirte jamás una sola cosa que merezca la pena conocer. ¡Y que me caiga muerta por pensar eso!»

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