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Ender el Xenocida [Xenocide - es]

Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:

Lusitania es único en la galaxia. Un planeta donde coexisten tres especies inteligentes: los cerdis, que evolucionaron en el mismo planeta; los humanos que llegaron como colonizadores; y la reina colmena y sus insectores, llevados por el joven Ender unos años atrás. El planeta ha sido condenado por el Consejo Estelar a causa de la descolada, el virus letal para los humanos e imprescindible para la biología de los cerdis. Jane, la inteligencia artificial aliada de Ender y nacida del nexo de ansibles que comunican la galaxia, ha salvado Lusitania interfiriendo con la Flota Estelar y creando un insondable misterio a escala galáctica. En el planeta Sendero, con una cultura derivada de la antigua China, la niña Qing-jao tiene el encargo de descubrir la causa de la desaparición de la flota estelar. Su prodigiosa inteligencia le ha de permitir lograrlo, y ello pone en peligro la existencia de Jane y la supervivencia de las tres especies inteligentes conocidas. La intervención de Ender se hace de nuevo imprescindible.

Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
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Grego miró fríamente al Portavoz de los Muertos.

—¿Y cuándo estudiaste física, senhor Falante?

—Espero estudiarla contigo —dijo Wiggin—. Hasta que hayas examinado mi evidencia, apenas sé si hay razones para esperar ese logro.

Quim sonrió al ver lo fácilmente que Andrew repelía la discusión que Grego había pretendido provocar. Sabía que estaba siendo manipulado. Pero Wiggin no le había dejado ningún terreno razonable para mostrar su descontento. Era una de las habilidades más irritantes del Portavoz de los Muertos.

—Si existiera una forma de viajar a velocidades de ansible -dijo Kovano—, necesitaríamos sólo una nave de esas características para transportar a todos los seres humanos de Lusitania a otro mundo. Es una probabilidad remota…

—Un sueño idiota —masculló Grego.

—Pero lo perseguiremos. Lo estudiaremos, ¿verdad? —insistió Kovano—. O nos encontraremos trabajando en la fundición.

—No temo trabajar con las manos —contestó Grego—. Así que no crea que puede asustarme poniendo mi mente a su servicio.

—No me doy por aludido —dijo Kovano—. Sólo quiero tu cooperación, Grego. Pero si no puedo tenerla, entonces buscaré tu obediencia.

Al parecer, Quara se quedaba fuera. Se levantó, como había hecho Grego un momento antes.

—Así que pueden quedarse aquí sentados y contemplar la destrucción de una especie inteligente sin pensar siquiera en un medio de comunicarse con ella. Espero que disfruten siendo asesinos de masas.

Entonces, como Grego, hizo ademán de marcharse.

—Quara-dijo Kovano.

Ella esperó.

—Estudiarás formas para hablar con la descolada. A ver si puedes comunicarte con esos virus.

—Sé cuándo me arrojan un hueso —dijo Quara—. ¿Y si le digo que nos están suplicando que no los matemos? No me creerían de ninguna forma.

—Al contrario. Sé que eres una mujer sincera, aunque también seas terriblemente indiscreta. Pero tengo otro motivo para querer que aprendas el lenguaje molecular de la descolada. Verás, Andrew Wiggin ha mencionado la posibilidad que nunca se me había ocurrido. Todos sabemos que la inteligencia de los pequeninos data de la época en que el virus de la descolada barrió por primera vez este planeta. Pero ¿y si hemos malinterpretado causa y efectos?

Novinha se volvió hacia Andrew, con una sonrisa amarga.

—¿Crees que los pequeninos provocaron la descolada?

—No —respondió Andrew—. Quara dice que la descolada es tan compleja que puede contener inteligencia. ¿Y si los virus de la descolada están usando los cuerpos de los pequeninos para expresar su carácter? ¿Y si la inteligencia pequenina procede enteramente de los virus del interior de su cuerpo?

Ouanda, la xenóloga, habló por primera vez.

—Es tan ignorante en xenología como en física, señor Wiggin —espetó.

—Oh, mucho más. Pero se me ha ocurrido que nunca hemos pensado en otra forma de que los recuerdos y la inteligencia se conserven cuando un pequenino muerto pasa a la tercera vida. Los árboles no conservan exactamente el cerebro. Pero si la voluntad y memoria los lleva la descolada, la muerte del cerebro sería casi insignificante en la transmisión de la personalidad al padre-árbol.

—Aunque exista una posibilidad de que eso sea cierto —dijo Ouanda—, no hay ningún experimento posible que podamos ejecutar para averiguarlo.

Andrew Wiggin asintió con tristeza.

—Sé que a mí no se me ocurriría ninguno. Esperaba que a ti sí.

Kovano volvió a interrumpir.

—Ouanda, necesitamos explorar este tema. Si no lo crees, bien…, busca un medio de demostrar que es un error, y habrás cumplido con tu trabajo.

Kovano se levantó y se dirigió a todos.

—¿Comprenden lo que les pido? Nos enfrentamos a algunas de las opciones más terribles que la humanidad ha conocido jamás. Corremos el riesgo de cometer xenocidio, o de permitir que se cometa si permanecemos inactivos. Todas las especies inteligentes conocidas o supuestas viven a la sombra de un grave riesgo, y es aquí, con nosotros y nosotros solos, donde se encuentran casi todas las decisiones. La última vez que sucedió algo remotamente similar, nuestros antepasados humanos eligieron cometer xenocidio para salvarse a sí mismos, según creyeron. Les estoy pidiendo a todos que sigan todos los caminos, por improbables que parezcan, que nos muestren un destello de esperanza, que pueda proporcionarnos un leve atisbo de luz para guiarnos en nuestras decisiones. ¿Colaborarán?

Incluso Grego y Quara asintieron, aunque de mala gana. Por el momento, al menos, Kovano había conseguido transformar a todos los pendencieros egoístas de la habitación en una comunidad cooperativa. Cuánto duraría fuera de aquella estancia era motivo de especulación.

Quim decidió que el espíritu de cooperación duraría probablemente hasta la siguiente crisis… y tal vez eso sería suficiente.

Sólo quedaba una confrontación más. Cuando la reunión se disolvió y todo el mundo se despidió o se entretuvo conversando, Novinha se acercó a Quim y lo miró ferozmente a la cara.

—No vayas.

Quim cerró los ojos. No había nada que decir a una declaración como aquélla.

—Si me quieres —continuó ella.

Quim recordó la historia del Nuevo Testamento, cuando la madre de Jesús y sus hermanos fueron a visitarlo, y quisieron que interrumpiera las enseñanzas a sus discípulos para que los recibiera.

—Éstos son mi madre y mis hermanos —murmuró.

Ella debió de entender la referencia, porque cuando Quim abrió los ojos, se había ido.

Apenas una hora más tarde, Quim se había marchado también, en uno de los preciosos camiones de carga de la colonia. Necesitaba pocos suministros, y en un viaje normal habría ido a pie. Pero el bosque al que se dirigía estaba muy lejos, y habría tardado semanas en llegar sin vehículo; tampoco habría podido llevar suficiente comida. Éste continuaba siendo un entorno hosticlass="underline" no producía nada comestible para los humanos, y aunque lo hiciera, Quim seguiría necesitando los supresores de la descolada. Sin ellos, moriría por el virus mucho antes de hacerlo de hambre.

A medida que la ciudad de Milagro iba menguando a sus espaldas, mientras se internaba cada vez más en los espacios abiertos de la pradera, Quim, el padre Esteváo, se preguntó qué habría decidido el alcalde si supiera que el líder de los herejes era un padre-árbol que se había ganado el nombre de Guerrero, y que había afirmado que la única esperanza para los pequeninos era que el Espíritu Santo, el virus de la descolada, destruyera toda vida humana en Lusitania.

No habría importado. Dios había llamado a Quim para que predicara el evangelio de Cristo en cada nación, raza, lengua y pueblo. Incluso los más guerreros, sedientos de sangre y rebosantes de odio podrían ser tocados por el amor de Dios y transformados en cristianos. Había sucedido muchas veces en la historia. ¿Por qué no ahora?

«Oh, Padre, haz una obra poderosa en este mundo. Nunca necesitaron tus hijos más milagros que nosotros.»

Novinha no hablaba con Ender, y éste tenía miedo. No era petulancia; nunca había visto a Novinha comportarse de esa forma. Ender pensaba que el silencio no era para castigarlo, sino más bien para no hacerlo: guardaba silencio porque, si hablaba, sus palabras serían demasiado crueles para poder ser olvidadas.

Así, al principio no intentó arrancarle ninguna palabra. La dejó moverse como una sombra por la casa, pasando junto a él sin mirarlo. Ender intentó quitarse de en medio y no se acostaba hasta que ella estaba dormida.

Era Quim, obviamente. Su misión con los herejes: resultaba fácil comprender lo que temía, y aunque Ender no compartía los mismos temores, sabía que el viaje de Quim no carecía de riesgos. Novinha estaba comportándose de forma irracional. ¿Cómo habría podido él detener a Quim? Era el único de los hijos de Novinha sobre el que casi no ejercía ninguna influencia; habían llegado a un entendimiento hacía años, pero fue una declaración de paz entre semejantes, no como la relación paternal que Ender había establecido con todos los demás hijos. Si Novinha no había sido capaz de persuadir a Quim para que renunciara a su misión, ¿qué más podría haber conseguido Ender?

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