Ender el Xenocida [Xenocide - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1648-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:
Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
Pero Wang-mu sabía que aquello no sucedería. Los dioses nunca alzarían un dedo contra ella. Sólo hacían que Qing-jao, quien a pesar de todo era su amiga, se inclinara y se arrastrara por el suelo hasta que Wang-mu se sentía tan avergonzada que deseaba morir.
—Señora, no has hecho nada malo y no estoy ofendida.
No sirvió de nada. Qing-jao se tiró al suelo. Wang-mu se dio la vuelta y enterró la cara en las manos, pero guardó silencio, negándose a emitir un sonido ni siquiera en su llanto, porque eso obligaría a Qing-jao a empezar de nuevo. O la convencería de que la había ofendido tanto que tendría que seguir dos líneas, o tres, o (¡no lo quisieran los dioses!) todo el suelo otra vez. «Algún día —pensó Wang-mu—, los dioses le dirán a Qing-jao que siga el rastro de todas las líneas de todas las tablas de todas las habitaciones de la casa, y se morirá de hambre o de sed o se volverá loca en el intento.»
Para evitar llorar de frustración, Wang-mu se obligó a mirar el terminal y examinar el informe que había leído Qing-jao. Valentine Wiggin había nacido en la Tierra durante las Guerras Insectoras. Empezó a usar el nombre de Demóstenes siendo niña, al mismo tiempo que su hermano Peter, que empleó el nombre de Locke y luego se convirtió en el Hegemón. No era simplemente una Wiggin: era una de los Wiggin, hermana de Peter el Hegemón y de Ender el Xenocida. Sólo fue una nota al pie de las historias. Wang-mu ni siquiera había recordado el nombre hasta ahora, sólo el hecho de que Peter y el monstruo Ender tenían una hermana. Pero la hermana resultó ser tan extraña como ellos; era la inmortal; era la que seguía cambiando a la humanidad con sus palabras.
Wang-mu apenas podía creerlo. ¡Demóstenes ya había sido importante en su vida, pero ahora se enteraba de que el verdadero Demóstenes era la hermana del Hegemón! Aquel cuya historia se narraba en el libro sagrado de los portavoces de los muertos: la Reina Colmena y el Hegemón. Y no era sagrado sólo para ellos. Prácticamente todas las religiones habían dejado un espacio para aquel libro, porque la historia era decisiva, acerca de la destrucción de la primera especie alienígena descubierta por la humanidad, y luego acerca de la terrible lucha entre el bien y el mal que se desarrolló en el alma del primer hombre que unió a todos los hombres bajo un solo gobierno. Una historia tan compleja, y sin embargo contada de forma tan simple, que mucha gente la leía y se sentía conmovida por ella cuando eran niños. Wang-mu la había leído por primera vez en voz alta a los cinco años. Era una de las historias grabadas más profundamente en su alma.
Había soñado, no una vez, sino dos, que conocía al propio Hegemón, Peter, sólo que él insistió en que lo llamara por su nombre en clave, Locke. Wang-mu se sentía a la vez fascinada y repelida por él; no podía apartar la mirada. Entonces él extendió la mano y dijo: «Si Wang-mu, Real Madre del Oeste, sólo tú eres una consorte adecuada para el gobernante de toda la humanidad», y la tomaba y se casaba con ella y la sentaba junto a él en su trono.
Por supuesto, sabía que casi todas las niñas pobres soñaban con casarse con un hombre rico o descubrir que era realmente la hija de una familia rica o alguna otra tontería por el estilo. Pero también los dioses enviaban sueños, y había verdad en cualquier sueño que se repitiera, todo el mundo lo sabía. Por eso todavía sentía una fuerte afinidad hacia Peter Wiggin; y ahora, al comprender que Demóstenes, por quien sentía tanta admiración, era su hermana…, casi era demasiada coincidencia para poder soportarla. «¡No me importa lo que diga mi señora, Demóstenes! —gritó Wang-mu en silencio—. Te quiero de todas formas, porque me has dicho la verdad toda mi vida. Y te amo también como hermana del Hegemón, que es el marido de mis sueños.»
Wang-mu sintió que el aire de la habitación cambiaba y comprendió que habían abierto la puerta. Miró y allí estaba Mu-pao, la vieja y temible ama de llaves, el terror de todos los criados, incluyendo a la propia Wang-mu, aunque Mu-pao tenía relativamente poco poder sobre una doncella secreta. De inmediato, Wang-mu se dirigió a la puerta, lo más silenciosamente posible, para no interrumpir la purificación de Qing-jao.
Una vez en el pasillo, Mu-pao cerró la puerta de la habitación para que Qing-jao no pudiera oírla.
—El Maestro Han llama a su hija. Está muy agitado. Gritó hace un rato y asustó a todo el mundo.
—Oí el grito —asintió Wang-mu—. ¿Está enfermo?
—No lo sé. Está muy agitado. Me envió a buscar a tu señora para decirle que debe hablar con ella de inmediato. Pero si está comulgando con los dioses, lo comprenderá. Asegúrate de decirle que vaya a verlo en cuanto haya acabado.
—Se lo diré ahora. Me ha dicho que nada debe impedirle responder a la llamada de su padre.
Mu-pao pareció horrorizarse ante la idea.
—Pero está prohibido interrumpir cuando los dioses están…
—Qing-jao cumplirá una penitencia mayor más tarde. Querrá saber por qué la llama su padre.
Wang-mu sintió gran satisfacción al poner a Mu-pao en su sitio. «Puede que seas la gobernanta de los sirvientes de la casa, Mu-pao, pero yo soy la que tiene el poder de interrumpir incluso la conversación entre mi señora y los propios dioses.»
Como Wang-mu esperaba, la primera reacción de Qing-jao al ser interrumpida fue de amarga frustración, furia, llanto. Pero cuando Wang-mu se inclinó abyectamente en el suelo, Qing-jao se calmó de inmediato. «Por eso la amo y puedo soportar servirla —pensó Wang-mu—, porque no desea el poder que ejerce sobre mí y porque tiene más compasión que ninguno de los otros agraciados por los dioses de los que he oído hablar.» Qing-jao escuchó la explicación que le dio, y luego la abrazó.
—Ah, mi amiga Wang-mu, eres muy sabia. Si mi padre ha gritado de angustia y luego me ha llamado, los dioses saben que debo posponer mi purificación y acudir a verlo.
Wang-mu la siguió pasillo abajo, por las escaleras, hasta que se arrodillaron juntas en la esterilla ante la silla de Han Fei-tzu. Qing-jao esperó a que su padre hablara, pero él no dijo nada. Las manos le temblaban. Nunca le había visto tan ansioso.
—Padre —dijo Qing-jao—, ¿por qué me has llamado?
Él sacudió la cabeza.
—Algo tan terrible, y tan maravilloso, que no sé si gritar de alegría o matarme.
La voz de su padre era ronca y fuera de control. Desde la muerte de su madre (no, desde que la abrazó tras la prueba que demostró que era una elegida por los dioses), no le había oído hablar tan emocionalmente.
—Dime, padre, y luego yo te contaré mi noticia. He descubierto a Demóstenes, y tal vez haya encontrado la clave de la desaparición de la Flota Lusitania.
Los ojos de su padre se abrieron aún más.
—¿En este día de días has resuelto el problema?
—Si es lo que supongo, entonces el enemigo del Congreso puede ser destruido. Pero será difícil. ¡Cuéntame lo que has descubierto!
—No, cuéntamelo tú primero. Es extraño…, ambas cosas el mismo día. ¡Cuéntame!
—Fue Wang-mu quien me dio la clave. Me hacía preguntas sobre…, oh, sobre el funcionamiento de los ordenadores, y de repente me di cuenta de que si en cada ordenador ansible hubiera un programa oculto, uno tan sabio y poderoso que pudiera moverse de un sitio a otro para permanecer escondido, entonces ese programa secreto podría estar interceptando todas las comunicaciones ansibles. Puede que la flota esté aún allí, tal vez incluso enviando mensajes, pero nosotros no los recibimos y ni siquiera sabemos que existen a causa de esos programas.
—¿En cada ordenador ansible? ¿Trabajando siempre sin error?
Su padre parecía escéptico, naturalmente, porque en su ansiedad Qing-jao había contado la historia al revés.
—Sí, pero déjame que te cuente cómo puede ser posible semejante asombro. Verás, he encontrado a Demóstenes.