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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– Tú y yo nunca seremos buenas enfermeras -sentenció Irina.

– Y encima, están sedados. Eso hace que seamos incluso más negadas -le respondí.

Irina y yo nos echamos a reír. Fue el único momento de alegría que conoceríamos durante toda la noche.

El aullido del exterior pasó a ser un rugido frenético. En una ráfaga, el aire propulsó un árbol arrancado contra el cobertizo. Se clavó en la pared, abollando el metal hacia dentro. Las puertas del armario se abrieron, y las bandejas y las tazas se estrellaron contra el suelo. La anciana dejó de bailar, espantada como un niño al que han sorprendido fuera de la cama después de la hora de acostarse. Se encaramó a su lecho, cubriéndose la cabeza con las mantas.

El viento golpeaba el árbol contra el cobertizo. Surgieron pequeñas fisuras por todas partes, y las hojas comenzaron a asomarse entre los huecos. Irina y yo tiramos los libros que había encima de la mesa, la volcamos sobre un costado y pegamos el tablero a la pared, como refuerzo.

– Esto no me gusta nada -dijo Irina, apagando la linterna-. Estoy oyendo cómo se acercan las olas.

– No, no es posible -le contesté-. Tiene que ser otra cosa.

– No -replicó Irina-. Es el océano. Escucha.

– ¡¡¡Es Joe, como Poe, ya lo sabéis!!! -gritó Joe.

– ¡Shhhhh! -le reñí.

Joe se sorbió las lágrimas, se metió debajo de su cama y siguió murmurando en voz baja.

Las gotas de lluvia golpeaban los laterales del cobertizo y sonaban como si fueran balas. Los tornillos que mantenían unidas las paredes al suelo de cemento gimieron bajo la presión del viento. Irina me cogió de la mano. Le apreté la suya, recordando lo que Ruselina había dicho sobre que no debíamos separarnos. La anciana se echó a mis brazos y me agarró tan fuerte que me impedía cualquier movimiento. El joven y su gato dormían tranquilamente. Joe se arrinconó aún más en las sombras. No podía oírle.

De repente, la puerta dejó de repiquetear y todo se quedó en silencio. Las paredes se volvieron a colocar en su posición. Las lonas y los árboles dejaron de agitarse. Pensé que me había quedado sorda. Tardé un momento en darme cuenta de que el viento se había calmado en el exterior. Irina levantó la cabeza y encendió la linterna. Joe salió de debajo de la cama. Podía oír voces en las colinas, gemidos y vítores. La gente se estaba llamando mutuamente desde donde estaba en la jungla. Un hombre le gritaba a su esposa:

– ¡Valentina! ¡Te quiero! ¡Después de todos estos años, sigo queriéndote!

No obstante, nadie se movió. Incluso aquella calma tenía algo de maligno.

– Voy a ir a ver qué tal está la abuela -dijo Irina.

– ¡No salgas! -Había perdido toda la sensibilidad en las piernas. No habría podido ponerme de pie aunque lo hubiera intentado-. Todavía no ha terminado. Es sólo el ojo.

Irina me miró frunciendo el ceño. Apartó la mano bruscamente del picaporte de la puerta, con la boca abierta mostrando una expresión de horror. El mango estaba vibrando. Lo observamos fijamente. En la distancia, el océano emitió un rugido. Se elevó el pánico de las voces en la jungla. El viento se levantó de nuevo, gimiendo a través de los árboles desvencijados. En poco tiempo, cambió y comenzó a chirriar como un demonio, moviéndose en dirección contraria y recogiendo todos los escombros producidos por la cabeza de la tormenta. Unas ramas se estrellaron contra el cobertizo. Irina sacudió al joven dormido para despertarlo y lo arrastró bajo la cama. Colocó firmemente al gato en el hueco del brazo de él. Juntas, pusimos de pie la mesa y empujamos a Joe y a la anciana debajo. Nosotras también nos metimos allí.

– Soy Joe, como Poe. Como Poe. Como Poe -me gimoteó Joe al oído.

Irina y yo presionamos nuestros rostros el uno contra el otro. Nos envolvió una peste fétida. Joe se había hecho de vientre.

Algo se estrelló contra el techo. Trozos de metal cayeron a nuestro alrededor. La lluvia comenzó a entrar en el cobertizo. Al principio sólo eran unas gotas, que luego se convirtieron en una auténtica cascada. El viento producía un ruido sordo contra las paredes. Exhalé un grito cuando vi cómo el lateral del cobertizo se levantaba, manteniéndose unido al resto de la estructura solamente por los tornillos del otro lado. El metal chirrió y el cobertizo se abrió como una caja de zapatos. Miramos boquiabiertas el enfurecido cielo. Los libros revolotearon a nuestro alrededor antes de caer en todas las direcciones. Nos agarramos a las patas de la mesa, pero ésta comenzó a avanzar lentamente por el suelo. Joe se zafó de mi mano y se puso en pie, mirando hacia arriba.

– ¡Agáchate! -le gritó Irina.

Pero era demasiado tarde. Una rama arrastrada por el viento le golpeó en la parte posterior de la cabeza. El golpe le hizo caer. El viento lo arrastró por el suelo de cemento como si fuera una hoja. Irina logró cogerle, haciendo un movimiento de cizalla con las piernas, antes de que saliera volando entre las enormes mandíbulas de metal y el suelo. Si en ese momento la pared volvía a caer, Joe acabaría cortado por la mitad. Pero estaba mojado y se deslizó entre las piernas de Irina. Traté de agarrarle la mano, pero la anciana me retenía y no logré alcanzársela. Lo que sí pude cogerle fue el pelo. Joe comenzó a gritar, porque mis dedos le desgarraban el cuero cabelludo.

– ¡Suéltalo! -gritó Irina-. ¡Te arrastrará con él!

Logré deslizarle una mano bajo el brazo y lo aferré por el hombro, pero, en aquella posición, mi cabeza quedaba al descubierto. Las hojas y las ramas se me clavaban en el rostro, hiriéndome la piel como nubes de insectos. Cerré los ojos, preguntándome qué objeto acabaría conmigo. Qué escombro terminaría con mi vida…

– ¡Me llamo Joeeeeeee! -gritaba el enfermo. Se desprendió de mí y salió despedido contra el armario. El mueble se vino abajo, pero cayó encima la cama bajo la que se guarecía el joven del gato. El armario se había quedado a apenas unos centímetros de la cabeza de Joe. Él estaba atrapado, pero, mientras la cama no se moviera, estaría a salvo.

– ¡No te muevas! -le grité. Mi voz se ahogó en un chirrido ensordecedor. Contemplé como la pared se desprendía definitivamente de sus últimos puntos de unión. Me dio la sensación de que giró durante una eternidad, una siniestra sombra flotando en el cielo. Me preguntaba adónde iría a parar. A quién mataría.

– ¡Dios, ayúdanos! -gritó Irina.

Entonces, sin previo aviso, el viento paró. La pared del cobertizo cayó y se ensartó en un árbol cercano, enganchándose entre sus ramas. Aquel árbol había dado su vida por nosotros. Podía oír el océano agitarse y rugir, mientras atraía la tormenta de nuevo a su seno.

Algo cálido me goteó por el brazo. Me lo froté. Era pegajoso. Sangre. Pensé que debía de ser de Irina, porque yo no sentía nada. Encendí la linterna y tanteé con los dedos en busca de su cabeza, pero no encontré ninguna herida. Y aun así, la sangre seguía goteando. Me volví hacia la anciana. Me dio un vuelco el estómago. Se había mordido el labio inferior. Me rompí las enaguas, doblé la tela para formar una bola y la presioné contra su boca, para detener la pérdida de sangre.

Irina se apretó el rostro contra las rodillas, tratando de no llorar. Yo parpadeé para apartarme el agua de los ojos y examiné los daños. Joe estaba tumbado en el suelo como un pez varado en la playa. Tenía rasguños en la frente y en los codos, pero, por lo demás, parecía ileso. El joven estaba despierto, pero inmóvil. Su gato estaba empapado, con el lomo arqueado, siseando en una esquina.

– Me llamo Joe como Poe, como Poe -murmuró Joe.

Durante la siguiente media hora, nadie más pronunció ni una sola palabra.

10

PAÍSES DE ACOGIDA

La tormenta transformó la isla en un cenagal estancado. Con las primeras luces, emergimos de los escombros y nos reunimos en la plaza. Parecíamos diminutos en medio de los árboles partidos y oscilantes. Las raíces cubiertas de barro sobresalían de hondos y enormes agujeros en la tierra. La gente bajaba tambaleándose por el camino de la montaña, con las ropas rasgadas y húmedas y el pelo endurecido por la arena. Busqué a Iván, conteniendo la respiración hasta que lo vi al final de la comitiva, con rollos de cuerda colgados de los hombros como si fueran serpientes muertas.

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