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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Cuando la puerta se hubo cerrado, Kate se dirigió a Piers.

– Podríamos probar con la señora Perrifield -propuso-. Tal vez ella sepa a qué hora llegó Ryan a casa. Parece la clase de mujer que está atenta a las actividades de sus vecinos.

Llamaron al timbre en la planta baja. Les abrió una mujer mayor y corpulenta. Iba maquillada con excesivo entusiasmo y lucía un peinado más bien rígido. Vestía un traje estampado con cuatro bolsillos en la chaqueta y adornado con enormes botones de bronce. Abrió la puerta sin retirar la cadenilla y los miró con recelo a través de la rendija. Sin embargo, cuando Kate le enseñó la placa y explicó que estaban interrogando a los vecinos acerca de Ryan Archer, quitó la cadena de inmediato y los invitó a entrar. Kate sospechó que quizá tuvieran dificultades para irse de allí, de modo que explicó que esperaban no entretenerla mucho tiempo y le preguntó si podía decirles a qué hora había llegado Ryan a casa la tarde anterior.

La señora Perrifield se mostró vehemente en sus reiteradas afirmaciones de que le habría gustado ayudar pero que ¡pobre de ella! le resultaba imposible. Los viernes por la tarde asistía a sus partidas de bridge. El día anterior había estado jugando con unas amigas en South Kensington y después del té se había quedado a tomar un poco de jerez. Había regresado a casa apenas quince minutos después de la atroz agresión. Piers y Kate tuvieron que escuchar hasta el último detalle de cómo la señora Perrifield había logrado salvarle la vida, de manera fortuita, al comandante gracias a su rápida reacción. Esperaba que a partir de ahora el anciano tomara conciencia de que no se podía ser tan confiado ni compasivo. Ryan Archer no era la clase de inquilino que querían en una casa respetable. Repitió lo mucho que lamentaba no estar en situación de ayudarlos y Kate le creyó: no tenía ninguna duda de que a la señora Perrifield le habría encantado decirles que Ryan había regresado a casa oliendo a gasolina directamente del lugar donde se había cometido el crimen.

En el camino de regreso al coche, Kate dijo:

– Así que Ryan no tiene coartada, al menos que nosotros sepamos. Pero me cuesta trabajo creer…

– ¡Oh, por el amor de Dios, Kate, tú también no! -la interrumpió Piers-. Ninguno de ellos parece un asesino. Es un sospechoso como los demás, y cuanto más tiempo permanezca desaparecido, más feas se le pondrán las cosas.

13

La casa de la señora Faraday era la octava de una hilera de viviendas adosadas de mediados del siglo xix en el lado sur de una plaza de Islington. Las casas, construidas sin duda para el estrato superior de la clase trabajadora, debían de haber sufrido la transformación habitual producida por el aumento de los alquileres, el abandono, las secuelas de la guerra y la ocupación múltiple, pero hacía ya tiempo que habían sido tomadas por los miembros de la clase media que valoraban la proximidad con la City, la cercanía de los buenos restaurantes y el teatro Almeida y la satisfacción de proclamar que vivían en una comunidad interesante y social y étnicamente diversa. Por el número de rejas en las ventanas y de sistemas de alarma contra robos, era obvio que los ocupantes habían tomado toda clase de preocupaciones contra cualquier manifestación inoportuna de dicha diversidad. La hilera de viviendas poseía una atractiva unidad arquitectónica. Las fachadas idénticas de estuco de color crema y los balcones de hierro negro se intercalaban con la pintura brillante de las puertas de distintos colores y la variedad de aldabas de bronce. En primavera, aquella armonía arquitectónica debía de revivir con las flores de los cerezos, cuyos troncos estaban protegidos por rejas, pero ese día, el sol otoñal lucía sobre una avenida estampada de ramas desnudas, tiñendo los troncos de oro. Alguna que otra maceta colgada de una ventana brillaba con la hiedra trepadora y el amarillo de los pensamientos de invierno.

Kate pulsó el timbre de la placa de bronce y obtuvo una rápida respuesta. Fueron cortésmente recibidos por un hombre de edad con el pelo blanco peinado hacia atrás con esmero y un rostro de expresión indefinida. Su atuendo tenía un toque de ambigüedad excéntrica: pantalones negros a rayas, chaqueta de lino marrón que parecía recién planchada y pajarita de lunares.

– ¿El comisario Dalgliesh y la inspectora Miskin? La señora Faraday los está esperando. Está en el jardín, pero tal vez no les importe ir hasta allí -dijo-. Yo soy Perkins -añadió, como si eso justificase de algún modo su presencia.

No era la casa ni el recibimiento que Kate había esperado. En aquellos tiempos había muy pocas casas en las que fuese el mayordomo quien salía a abrir la puerta, aunque el hombre al que estaban siguiendo tampoco tenía el aspecto de un mayordomo. Por su porte y el aire de seguridad semejaba un antiguo criado, ¿o acaso se trataba de un pariente de la familia que había decidido, para su perversa diversión, interpretar un papel?

El recibidor era estrecho, y lo parecía más aún por el esbelto reloj de pared de caoba que había a la derecha de la puerta. Las paredes estaban cubiertas de acuarelas, colgadas tan próximas las unas a las otras que apenas dejaban ver el papel estampado de color verde oscuro. A través de la rendija de una puerta, a la izquierda, Kate atisbo unas paredes repletas de libros, una elegante chimenea y un retrato al óleo encima de la misma. No cabía esperar encontrar en semejante casa láminas de caballos salvajes galopando por la orilla del mar ni de mujeres orientales con el rostro verdoso. Una barandilla de caoba elegantemente tallada conducía a la planta superior. Al final del pasillo, Perkins abrió una puerta pintada de blanco que daba a un invernáculo que abarcaba toda la anchura de la casa. La atmósfera que reinaba allí resultaba íntima e informal; había abrigos colgados de las sillas de mimbre, revistas encima de una mesa, también de mimbre, y una multitud de plantas verdes que oscurecían el cristal y conferían a la luz una ligera tonalidad verde como si estuviesen bajo el agua. Un pequeño tramo de escalones daba acceso al jardín, y un sendero de piedrecillas conducía hasta el invernadero. A través del cristal vieron la figura de una mujer que se agachaba y levantaba rítmicamente con la precisión de un baile formal. No detuvo sus movimientos ni siquiera cuando Kate y Dalgliesh llegaron a la puerta y observaron que estaba lavando y desinfectando unas macetas. Había un bol de agua jabonosa sobre el alféizar y la mujer cogía una a una las macetas, se inclinaba para sumergirlas en un cubo de desinfectante para plantas y a continuación las colocaba en un estante alto por orden de tamaño. Al cabo de unos segundos decidió ir a ver a sus visitantes y abrió la puerta. Los recibió con un fuerte olor a antiséptico.

Era alta, de casi un metro ochenta de estatura, y vestía unos pantalones de pana mugrientos, un suéter de lana estilo marinero de color azul oscuro, y botas y guantes rojos de goma. Tenía el cabello gris y lo llevaba peinado hacia atrás para retirárselo de una frente pronunciada, atado bajo un sombrero de fieltro que se había encajado con desenfado sobre un rostro de expresión inteligente y huesos marcados. Sus ojos eran oscuros y vivaces, y sus pestañas espesas, y aunque la piel de encima de la nariz y los pómulos estaba bastante curtida, apenas tenía arrugas en el cutis. Sin embargo, cuando se quitó los guantes, Kate vio por las líneas azules de las venas y la delicada y ajada piel de las manos que era mayor de lo que había supuesto; debía de tener más de cuarenta años cuando había dado a luz a su hijo. Kate miró a Dalgliesh, cuyo rostro no le transmitía nada, aunque sabía que seguramente estaba pensando lo mismo que ella. Se hallaban ante una mujer imponente.

– ¿La señora Faraday? -preguntó Dalgliesh.

– Pues claro -repuso la mujer en tono autoritario, articulando cuidadosamente las palabras-, ¿quién iba a ser si no? Ésta es mi casa, éste mi jardín, y éste mi invernadero, y ha sido mi mayordomo quien les ha invitado a pasar. -Su voz, pensó Kate, sonaba deliberadamente desenfadada, como si quisiera despojar a las palabras de cualquier atisbo de ofensa-. Y usted, claro está, debe de ser el comandante Dalgliesh -prosiguió-. No se moleste en enseñarme su placa o lo que sea que traigan. Estaba esperándolo, por supuesto, pero no sé por qué pensaba que vendría solo. A fin de cuentas, ésta no es una visita social.

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