Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Gris de campaña - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 105
Перейти на страницу:

Los rusos tienen un dicho: la mejor manera de mantener a tus amigos en la Unión Soviética es no traicionarlos nunca. Georg Oberheuser nunca me había caído bien, pero no se merecía ser traicionado por uno de sus camaradas. Según Mrugowski, Oberheuser fue juzgado por un tribunal popular y condenado a veinte años de trabajos forzados y reeducación. O al menos eso era lo que le había dicho el comandante del campo. Pero yo no tenía ningún motivo para creerme lo que el comandante Savostin me había dicho: que el gran Stalin había abolido la pena de muerte. Había visto a demasiados de mis compatriotas fusilados en las cunetas de la carretera, en la larga marcha desde Königsberg, para aceptar la idea de que las ejecuciones sumarias hubieran dejado de ser un procedimiento rutinario en la Unión Soviética. Quizás Oberheuser estuviera muerto, o quizás no. En cualquier caso, me correspondía a mí que se le hiciese justicia. Era la deuda que contraemos con los muertos. Que se les haga justicia, si podemos; o alguna clase de justicia, si no podemos.

Los plenis volvían del trabajo y me dirigí sin más dilación a la cantina para adelantarme a ellos. Cuando vi a Metelmann, me coloqué detrás de él en la cola, con la esperanza de detectar alguna señal de que estuviese inquieto. Pero Sajer habló primero:

– ¿Es cierto que vas a entregar a alguno de nosotros a los «ivanes», Günther?

– Eso depende -dije, mientras avanzaba en la cola.

– ¿De qué?

– De si encuentro a quien lo hizo. Ahora mismo no tengo ninguna pista. Por cierto, me han dicho que seré uno de los veinticinco que los «ivanes» van a escoger si no les damos un nombre. Te lo digo para que sepas que me estoy tomando esto muy en serio.

– ¿Crees que lo van a hacer de verdad? -preguntó Metelmann.

– Por supuesto -afirmó Sajer-. ¿Cuándo nos han amenazado en vano? Si depende de ellos, lo harán. Los muy cabrones.

– ¿Qué vamos a hacer, Bernie? -preguntó Metelmann.

– ¿Cómo voy a saberlo? -Miré furioso a Mrugowski-. Todo esto es culpa suya. De no haber sido por él, yo tendría las mismas probabilidades que todos los demás.

– Quizás encuentres algo -dijo Metelmann-. Eras un buen detective. Es lo que dice la gente.

– Ellos qué saben. Créeme, tendría que ser Sherlock Holmes para resolver este caso. Mi única oportunidad es sobornar a aquel comandante del MVD y conseguir que me saque de la lista. Oye, Metelmann, ¿podrías prestarme algún dinero?

– Te puedo prestar cinco rublos.

– Hace falta mucho más que cinco rublos para sobornar a ese comandante -señaló Sajer.

– Por algo tengo que empezar -dije, mientras Metelmann me daba cinco rublos de su bolsillo-. Gracias, Konrad. ¿Qué me dices tú, Sajer?

– Suponte que yo también necesito sobornar a alguien -Le dirigió una sonrisa desagradable a Metelmann-. Si te escogen a ti podrías lamentar haberle dado esos cinco, imbécil.

– Que te folien, Sajer -dijo Metelmann.

– Por cierto, ¿cómo alguien como tú tiene cinco rublos? -preguntó Sajer.

Metelmann hizo una mueca y cogió su trozo de chleb. Con la mano izquierda.

También me fijé en la reciente cicatriz de su antebrazo. Quizá se había herido en el canal. Pero, tal como estaban las cosas, me dije que era más probable que la hubiese recibido cuando mató a Gebhardt.

Pasé los tres días siguientes solo en la cabaña de Gebhardt, recuperando el sueño. Sabía lo que iba a hacer, pero no tenía sentido hacerlo antes de que el tiempo señalado por el MVD hubiese transcurrido. Estaba decidido a disfrutar mientras pudiera de cada minuto de vacaciones en el KA. Después de meses de trabajos forzados con raciones de hambre, estaba agotado y febril. Un día vino el comandante Mrugowski a preguntarme cómo iba mi investigación y le dije que, a pesar de todo, hacía progresos. Noté que no me creía, pero no me importaba. No iba a perder mi pensión de guerra por su opinión. Además, el comandante y yo éramos dos cabezas diferentes de la misma águila imperial; yo mirando a la izquierda y él mirando a la derecha. Incluso en un campo de prisioneros de guerra soviético, pocas veces salía de una habitación sin entrechocar los talones. Oh sí, nuestro coronel Mrugowski era todo un Fred Astaire.

Al tercer día aparté la piedra de la puerta y me dirigí al canal para encontrarme con Metelmann. Le devolví los cinco rublos.

– Ten -le dije-, más vale que te los quedes tú. No los voy a necesitar allá donde voy a ir.

Se apresuró a guardarse el billete antes de que alguno de los guardias pudiese verle e intentó no mostrarse demasiado aliviado por mi obvia desilusión.

– No has tenido suerte, ¿eh?

– Mi suerte se alejó de mí hace mucho tiempo -respondí-. Se alejó tan rápido que seguramente llevaba calzado deportivo.

– ¿Sabes?, quizás aquel comandante del MVD se estaba echando un farol -dijo.

– Lo dudo. Según he podido comprobar, las personas que tienen poder siempre lo utilizan, incluso cuando dicen que no quieren hacerlo. -Me alejé.

– Buena suerte -dijo Metelmann.

El comandante Savostin estaba jugando al ajedrez consigo mismo cuando lo encontré en el cuerpo de guardia. El coronel Mrugowski también estaba allí. Esperaban mi informe.

– Aquí no hay nadie que juegue -comentó el comandante-. Quizás usted y yo tendríamos que jugar, capitán.

– Estoy seguro de que es mucho mejor que yo, señor. Después de todo, casi es su juego nacional.

– ¿Por qué cree que es así? Uno tiende a pensar que un juego lógico como el ajedrez tendría que venirle muy bien al carácter alemán.

– Por qué es blanco y negro -sugerí-. Todo es blanco y negro en la Unión Soviética. O quizá porque es un juego que obliga a sacrificar a los más pequeños, a las piezas menos importantes. Además, señor, con usted me preocuparía cómo ganar sin perder. -Me quité la gorra-. Señor, en realidad he estado preocupado por ese tema durante los últimos tres días. Me refiero a cómo resolver este caso sin que usted se enfade. Y sigo sin encontrar una respuesta satisfactoria a esta pregunta.

– Pero sabe quién mató a Gebhardt, ¿verdad?

– Sí, señor.

– Entonces no entiendo cuál es su dificultad.

Me pregunté si le había juzgado maclass="underline" si no era tan inteligente como yo había creído. Claro que hay un enorme muro de incomprensión entre alguien que tiene hambre y alguien que no. No veía la manera de identificar a Metelmann como el culpable sin poner mi propia cabeza en la boca del león.

– Me refiero a que espero que no vaya a sugerir que fue un ruso -dijo, jugando con su reina.

– Oh no, señor. Un ruso nunca hubiese asesinado a un alemán sin reconocerlo. ¿Además, por qué matar a un pleni en secreto cuando puedes matarlo con toda facilidad a plena luz del día? Aunque sea un agente antifascista. No, tiene razón señor. El asesino de Gebhardt es un alemán.

Eché una mirada al tablero con la esperanza de ver allí alguna prueba de su inteligencia, pero lo único que podía decir era que las piezas correctas estaban en las casillas correctas y que el comandante necesitaba el servicio de una manicura tanto como yo un baño caliente. Quizá no hubiera manicuras en el paraíso de los trabajadores soviéticos. Por cierto, a los rusos no les preocupaban en absoluto los baños calientes. Me resultaba un poco difícil asegurarlo, pero creo que el comandante olía casi tan mal como yo.

– El asesinato no fue premeditado. Fue consecuencia del furor del momento. Este tipo de apuñalamientos frenéticos no suele tener un móvil sexual. Por supuesto, es difícil afirmar algo con certeza, en una escena del crimen como ésta, sin disponer siquiera de un termómetro para tomar la temperatura del cadáver. Y sin poder examinar las huellas que se hubiesen podido recoger en el arma asesina y el pomo de la puerta. Sin embargo, lo que sí puedo asegurar es que el asesino era zurdo. Debido al sentido de las heridas en el cuerpo de la víctima. En la cantina me fijé en todos los hombres del campo e hice una lista de todos los plenis zurdos. Éste fue mi primer grupo de sospechosos. Después identifiqué al asesino. No diré su nombre. Como oficial alemán, estaría mal que lo hiciese. Pero no hay ninguna necesidad, dado que su nombre aparece en la libreta de Gebhardt.

1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 105
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)