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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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Intercambiamos noticias y, como todos los demás alemanes en el KA, el coronel estaba ansioso por saber algo de su hermano, que era un médico de las Waffen SS, pero nadie pudo decirle nada.

Estábamos en pleno verano en la estepa y, con poca o ninguna sombra, el trabajo -cavar un canal entre los ríos Don y Volga- era duro y el calor asfixiante. Pero, al menos por un tiempo, mi situación era casi tolerable. Aquí también había rusos trabajando -saklutshonnis [3]-, convictos de crímenes políticos que, en muchos casos, no se trataba de actos criminales en absoluto, o al menos de crímenes que los alemanes -ni siquiera la Gestapo- reconociesen como tales. Gracias a estos prisioneros comencé a perfeccionar mis conocimientos del idioma ruso.

El lugar era una enorme trinchera cubierta con tablas, pasarelas y destartalados puentes de madera; y desde el amanecer hasta el atardecer estaba lleno de centenares de hombres que empuñaban picos y palas, o empujaban toscas carretillas -un tráfico de pleni en Potsdamer Platz- y vigilado por «azules» de rostros pétreos, que era como llamábamos a los guardias del MVD, con sus chaquetas gimnasterka, cinturones portupeya, y charreteras azules. El trabajo tenía sus riesgos. De vez en cuando los costados del canal se desplomaban sobre alguien y teníamos que cavar como locos para salvarle la vida. Esto ocurría casi todas las semanas y, para nuestra sorpresa y vergüenza -porque no eran esos seres inferiores que los nazis nos habían dicho-, por lo general eran los prisioneros rusos los que más prisa se daban por ayudar. Uno de estos hombres era Iván Yefremovich Pospelov, que llegó a ser lo más parecido a un amigo que tuve en el KA, y que creía estar muy bien, aunque su frente, dentada como un sombrero de fieltro, narraba una historia diferente a la que me contó:

– Lo que importa sobre todo, Herr Bernhard, es que estamos vivos, y en eso somos afortunados. Porque, ahora mismo, en este mismo momento, alguien en Rusia, alguien está recibiendo un injusto final a manos del MVD. Mientras nosotros estamos hablando, un pobre ruso está siendo llevado al borde de un pozo y dedicando sus últimos pensamientos a su hogar y su familia antes de que le peguen un tiro y una bala sea lo último que atraviese su mente. Así que ¿a quién le importa si el trabajo es duro y la comida mala? Tenemos el sol y el aire en nuestros pulmones y este momento de compañerismo que no nos pueden arrebatar, amigo. Algún día, cuando volvamos a ser libres, piense en lo mucho que significará para nosotros el simple hecho de poder comprar un periódico y unos cuantos cigarrillos. Y otros hombres nos envidiarán por hacer frente con semejante fortaleza a lo que sólo parecen ser los trabajos de la vida.

»¿Sabe lo que me hace reír más? Pensar que alguna vez me quejé en un restaurante. ¿Se lo puede imaginar? Devolver algo a la cocina porque no estaba bien cocinado. O regañar al camarero por servirme una cerveza caliente. Le digo que ahora me sentiría muy contento de aceptar aquella cerveza caliente. La felicidad consiste en eso, en la aceptación de esa cerveza caliente y en recordar que teníamos suficiente con aquello y no con este sabor del agua salobre en los labios partidos. Ése es el significado de la vida, amigo mío. Saber cuándo estás bien y no odiar ni envidiar a nadie.

Pero había un hombre en el KA al que resultaba difícil no odiar o envidiar. Entre los «azules» había varios agentes políticos, politruks, cuyo trabajo consistía en convertir a los fascistas alemanes en buenos antifascistas. De vez en cuando, estos politruks nos ordenaban ir al comedor para oír un discurso sobre el imperialismo occidental, las maldades del capitalismo y el gran trabajo que el camarada Stalin estaba haciendo para salvar al mundo de otra guerra. Por supuesto, los politruks no hablaban alemán y no todos nosotros hablábamos ruso, y la traducción por lo general corría a cargo del alemán más impopular del campo, Wolfgang Gebhardt.

Gebhardt era uno de los dos agentes antifascistas en el KA. Era un antiguo cabo de las SS, de Paderborn, un futbolista profesional que una vez había jugado en el SV 07 Neuhaus. Después de ser capturado en Stalingrado, en febrero de 1943, Gebhardt proclamó haberse convertido a la causa del comunismo y como resultado recibía un tratamiento especiaclass="underline" su propia habitación, mejor ropa y calzado, mejor comida, cigarrillos y vodka. Había otro agente antifascista llamado Kittel, pero Gebhardt era, de lejos, el más impopular de los dos, cosa que probablemente explica por qué en algún momento del otoño de 1945 fue asesinado. A primera hora de una mañana lo encontraron muerto en su choza, apuñalado hasta la muerte. Los «ivanes» estaban muy enfadados, porque los convertidos al bolchevismo eran, a pesar de los beneficios materiales que les proporcionaba convertirse en rojos, bastante escasos. Un comandante del MVD del Oblast de Stalingrado vino para inspeccionar el cadáver y, por lo visto, cuando se reunió con el oficial superior alemán hubo un concurso de gritos. Después me sorprendió que me ordenaran presentarme ante el coronel Mrugowski. Nos sentamos en su cama, detrás de una cortina que era uno de los pocos pequeños privilegios que se le permitían como oficial superior.

– Gracias por venir, Günther -dijo-. Supongo que ya sabe lo de Gebhardt.

– Sí. He oído tocar las campanas de la catedral.

– Me temo que no es la buena noticia que todos imaginaban.

– ¿No dejó cigarrillos?

– Acabo de tener una charla con un comandante del MVD, y me ha gritado hasta desgañitarse. Me ha puesto a caldo por lo sucedido.

– Muéstreme un Azul al que no le guste gritar y yo le mostraré un unicornio rosa.

– Quiere que hagamos algo al respecto. Con Gebhardt, me refiero.

– Siempre podemos enterrarlo, supongo. -Exhalé un suspiro-. Mire, señor, creo que debo decírselo. Yo no le maté. Y no sé quién lo hizo. Pero deberían concederle la cruz de hierro al autor.

– El comandante Savostin ve las cosas de otra manera. Me ha dado setenta y dos horas para que le entregue al asesino, o seleccionarán al azar a veinticinco soldados alemanes y los someterán a juicio ante un tribunal del MVD en Stalingrado.

– Donde es poco probable que les declaren inocentes.

– Así es.

Me encogí de hombros.

– Por lo tanto, usted apelará a los hombres y pedirá que el culpable dé un paso al frente.

– ¿Qué pasará si no funciona? -Sacudió la cabeza-. No todos los plenis de aquí son alemanes. Sólo la mayoría. Le recordé este hecho al comandante. Sin embargo, sostiene la opinión de que los alemanes tenían mejores motivos para matar a Gebhardt.

– Es verdad.

– El comandante Savostin tiene muy mala opinión de los valores morales alemanes, pero al mismo tiempo considera muy valiosa nuestra capacidad para el razonamiento y la lógica. Dado que un alemán tendría mejores motivos para cometer ese asesinato, entonces él cree con toda lógica que somos nosotros quienes tenemos más que perder si no se identifica al asesino. Y cree que ése es el mejor incentivo para que nosotros hagamos su trabajo.

– ¿Por qué me explica todo esto, señor?

– Vamos, Günther. Todos en el Krasno-Armeesk sabemos que usted fue detective en el Alexander Praesidium de Berlín. Como su comandante, le pido que se haga cargo de la investigación del asesinato.

– ¿Eso es todo?

– Quizá nada de esto sea necesario. Al menos debería echarle una mirada al cadáver, mientras yo paso lista a los hombres y le pido al culpable que dé un paso al frente.

Crucé el campo azotado por el viento. Se acercaba el invierno. Lo notabas en el aire. También lo podías oír cuando sacudía las ventanas de la cabaña privada de Gebhardt. Era un sonido deprimente, casi tan fuerte como el ruido de mis propias tripas, y ya me estaba reprochando a mí mismo por no haber puesto un precio a mis servicios forenses. Un trozo de chleb. Un segundo cuenco de kasha. Nadie en el KA se ofrecía voluntario para nada a menos que pudiese sacar algo para él, y ese algo casi siempre era comida.

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