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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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Conseguí marcar el paso del tiempo en las paredes de azulejos con mis propios excrementos. Y de esta manera anoté el paso de los días. Mientras tanto gané algo de peso. Incluso recuperé mi tos de fumador. La monotonía amortiguaba mis pensamientos. Yacía en el camastro de tablas sobre un colchón de yute y miraba la bombilla en su jaula metálica encima de la puerta, preguntándome a cuánto tiempo te condenaban por quitarle la gorra a un Azul. Dada la inmensidad del crimen y el castigo de Pospelov, llegué a la conclusión de que podía esperar que me cayeran entre seis meses y veinticinco años. Intenté encontrar en mí algo de su fortaleza y optimismo, pero no sirvió de nada: no podía sino recordar otra cosa que me había comentado. Un chiste que, con el paso del tiempo, se parecía cada vez más una profecía.

– Los primeros diez años son siempre los más difíciles- me había dicho.

Me acosaba aquel comentario. La mayor parte del tiempo me aferraba a la certidumbre de que antes de que me sentenciasen debía celebrarse un juicio. Pospelov decía que siempre había un juicio. Pero el juicio llegó y concluyó antes de que me diera cuenta.

Vinieron y me sacaron de allí cuando menos me lo esperaba. Estaba tomando mi desayuno y al minuto siguiente me encontré en una gran habitación, donde un pequeño hombre con barba me tomó las huellas digitales y me fotografió con una cámara de cajón. Sobre la caja de madera pulida había un pequeño niveclass="underline" una burbuja de aire en un líquido amarillo que se parecía a los ojos llorosos y muertos del fotógrafo. Le formulé unas cuantas preguntas en mi mejor y más sumiso ruso, pero las únicas palabras que utilizó fueron: «Por favor, póngase de perfil» y «por favor, estese quieto». Oír «por favor» fue agradable.

Después de aquello esperaba que me llevasen de nuevo a mi celda. En cambio me hicieron subir un tramo de escaleras y me llevaron a la pequeña sala de un tribunal. Había una bandera soviética, una ventana, un gran mural de héroes donde aparecía el terrible trío Marx, Lenin y Stalin, y, en un estrado, una mesa detrás de la cual se sentaban tres oficiales del MVD, a ninguno de los cuales reconocí. El oficial superior, que estaba sentado en medio de la troika, me preguntó si necesitaba un traductor, una pregunta que fue traducida por otro oficial del MVD. Respondí que no, pero el traductor se quedó de todas maneras y tradujo, muy mal, todo lo que se decía de mí o a mí, a partir de aquel momento. Incluida la acusación, que leyó la fiscal, una mujer de aspecto razonable que también era oficial del MVD. Era la primera mujer que había visto desde la marcha de K6-nigsberg y a duras penas podía apartar la mirada de ella.

– Bernhard Günther -comenzó, con voz trémula; ¿estaba nerviosa? ¿Sería su primer caso? -Se le acusa…

– Espere un minuto -dije en ruso-. ¿No tengo un abogado que me defienda?

– ¿Se puede permitir pagar uno? -preguntó el presidente del tribunal.

– Tenía dinero cuando salí del campo de Krasno-Armeesk -respondí-. Mientras me traían aquí desapareció.

– ¿Sugiere que se lo robaron?

– Sí.

Los tres jueces conferenciaron por un momento. Luego el presidente dijo:

– Tendría que haberlo dicho antes. Me temo que el procedimiento no se puede demorar mientras se investigan sus alegaciones. Debemos continuar. ¿Camarada teniente?

La fiscal continuó leyendo la acusación:

– Que voluntariamente y con premeditación atacó a un guardia del campo de Voinapleni número tres, en Krasno-Armeesk, un acto contrario a la ley marcial; que le robó un cigarrillo al mismo guardia en el campo número tres, también en contra de la ley marcial. Y que cometió estas acciones con el intento de fomentar un motín entre los otros prisioneros del campo tres, otra infracción de la ley marcial. Estos son crímenes contra el camarada Stalin y contra los pueblos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Ahora sabía que estaba metido en problemas. Por si no me hubiera dado cuenta antes, ahora lo sabía: quitarle la gorra a un hombre era una cosa, pero incitar a un motín era algo muy diferente. El amotinamiento no era la clase de acusación que se pudiese tomar a la ligera.

– ¿Tiene algo que alegar en su defensa? -preguntó el presidente.

Esperé con cortesía a que el traductor acabase y hablé en mi defensa. Admití el ataque y el robo del cigarrillo. Luego, casi como una coletilla, añadí:

– Desde luego no tenía ninguna intención de provocar un motín, señor.

El presidente asintió, escribió algo en un papel -sin duda, el recordatorio de comprar cigarrillos y vodka cuando volviese a casa esa noche- y miró expectante a la fiscal.

En la mayoría de las circunstancias me gustan las mujeres con uniforme. El problema era que a ésta no parecía gustarle yo. No nos habíamos conocido antes y sin embargo parecía saberlo todo de mí: los perversos procesos mentales que me habían llevado a organizar el motín; mi devoción a la causa de Adolf Hitler y el nazismo; el placer que había experimentado con el pérfido ataque contra la Unión Soviética en junio de 1941; mi participación importante en la culpa colectiva de todos los alemanes por el asesinato de millones de rusos inocentes; y, no contento con todo esto, había intentado incitar a los plenis del campo tres a asesinar a muchos más.

La única sorpresa fue que el tribunal se retiró durante varios minutos para deliberar un veredicto y, lo más importante, para fumarse un cigarrillo. El humo continuaba saliendo por la nariz de uno de los miembros del tribunal cuando volvieron a la sala.

La fiscal se puso en pie. El traductor se levantó. Yo me levanté. El veredicto fue anunciado. Se me acusaba de ser un cerdo fascista, un cabrón alemán, un cochino capitalista, un criminal nazi; y era culpable de todos los cargos.

– De acuerdo con las peticiones de la fiscal y a la vista de sus antecedentes, se le condena a muerte.

Sacudí la cabeza, seguro de que la fiscal no había formulado tal petición -quizá se había olvidado- y de que mis antecedentes no se parecían en nada a los mencionados. A menos que consideraran la invasión de la Unión Soviética como uno de ellos, lo cual era cierto.

– ¿Muerte? -Me encogí de hombros-. Supongo que puedo sentirme afortunado de no tocar el piano.

Me pareció curioso que el traductor no tradujese mis últimas palabras. Esperaba a que el presidente acabase de hablar.

– Tiene la suerte de que este país esté fundado en la misericordia y el respeto a los derechos humanos -decía-. Después de la Gran Guerra Patriótica, en la que murieron tantos ciudadanos soviéticos inocentes, fue deseo del camarada Stalin que la pena de muerte fuese abolida en nuestro país. En consecuencia, la pena capital será conmutada en su caso por veinticinco años de trabajos forzados.

Atónito por el destino declarado, fui sacado de la sala y llevado a un patio donde me esperaba un furgón celular con el motor en marcha. El conductor ya conocía los detalles, lo cual indicaba que el veredicto del tribunal ya estaba dictado de antemano. El coche celular estaba dividido en cuatro celdas pequeñas, cada una tan baja y estrecha que tenías que doblarte casi por la mitad para entrar. La puerta de metal tenía unas pequeñas perforaciones, como el auricular de un teléfono. Así eran de considerados los «ivanes». Partimos a gran velocidad -cualquiera hubiese creído que el chófer conducía el coche de unos atracadores después de asaltar un banco- y nos detuvimos de improviso, como si la policía nos hubiese obligado a pararnos. Oí que subían a otros prisioneros al vehículo y arrancamos, otra vez a gran velocidad, con el conductor riéndose a carcajadas cada vez que derrapábamos al doblar las esquinas. Por fin nos detuvimos, se apagó el motor, se abrieron las puertas y de pronto todo resultó evidente. Estábamos junto a un tren cuya locomotora ya echaba vapor y daba evidentes señales de estar impaciente por marchar, pero nadie dijo hacia donde. Nos ordenaron a todos los que íbamos en el furgón celular subir a un vagón de ganado junto con otros varios alemanes cuyos rostros mostraban la misma gravedad que sentía yo. ¡Veinticinco años! ¡Si vivía tanto, regresaría a casa en 1970! La puerta del vagón de ganado se cerró con estrépito y nos dejó sumergidos en una negrura parcial; el vagón se bamboleó un poco, arrojándonos a unos contra otros, y el tren se puso en marcha.

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