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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– No podemos escoger a las personas con las que estamos emparentados, señor.

– Quizá también usted es un criminal de guerra, capitán Günther.

– No, señor.

– Vamos. Estuvo en el SD. Todos en el SD eran criminales de guerra.

– Mire, señor, el comandante me pidió que investigase el asesinato de Wolfgang Gebhardt. Me dio la curiosa impresión de que usted quería descubrir quién lo hizo. También me informó de que si usted no lo descubría, veinticinco de mis camaradas serían escogidos al azar y fusilados.

– Está mal informado, capitán. No existe la pena de muerte en la Unión Soviética. El camarada Stalin la abolió. Pero serán sometidos a juicio. Quizás usted mismo sea uno de los hombres escogidos al azar.

– Así que eso es lo que hay, ¿no?

– ¿Sabe ya quién lo hizo?

– Todavía no. Pero me parece que usted me acaba de ofrecer un incentivo más para descubrirlo.

– Bien. Veo que nos entendemos a la perfección. Está dispensado de trabajar durante los próximos tres días para que pueda resolver el caso. Informaré a los guardias. ¿Por dónde piensa empezar?

– Ahora que he visto el cuerpo pensaré en ello. Es lo que suelo hacer en estos casos. No es muy espectacular, pero da resultado. Me gustaría que me diera permiso para interrogar a algunos prisioneros, y quizá también a algunos guardias.

– A los prisioneros sí, a los guardias no. No estaría bien que un buen comunista fuera interrogado por un fascista.

– Muy bien. Me gustaría interrogar también al otro agente antifascista, a Kittel.

– Lo pensaré. Ahora bien, creo que no sería apropiado interrogar a los prisioneros mientras trabajan. Por lo tanto, puede utilizar la cantina para eso. Y para pensar. Quizá lo mejor sería que utilizase la cabaña de Gebhardt. Mandaré que retiren el cadáver de inmediato si ha acabado con él.

Asentí.

– Muy bien. Por favor, sígame.

Fuimos a la cabaña de Gebhardt. A mitad de camino Savostin se cruzó con algunos guardias y les dio unas órdenes en un idioma que no era ruso. Al advertir mi curiosidad, me dijo que era tártaro.

– La mayoría de los cerdos que vigilan este campo son tártaros -me explicó-. Hablan ruso, por supuesto, pero si quieres que te entiendan tienes que hablarles en tártaro. Quizá debería intentar aprenderlo.

No respondí.

Tampoco esperaba que lo hiciese. Estaba muy ocupado contemplando la enorme construcción.

– Piénselo -dijo-. Todo esto será un canal en 1950. Extraordinario.

Tenía mis dudas al respecto, y Savostin pareció darse cuenta.

– El camarada Stalin lo ha ordenado -añadió, como si fuese la única afirmación necesaria.

En aquel lugar y en aquel momento, sin duda tenía razón.

Cuando llegamos a la cabaña de Gebhardt, supervisó el traslado del cadáver.

– Si necesita cualquier cosa -dijo-, vaya al cuerpo de guardia. -Miró alrededor-. Por cierto, ¿dónde está? No conozco bien este campo.

Señalé con un dedo al oeste, más allá de la cantina. Me sentí como Virgilio mostrándole las visiones del infierno a Dante. Lo vi marchar y volví a la cabaña.

Lo primero que hice fue darle la vuelta al colchón, no porque buscase algo debajo sino porque tenía la intención de dormir en él y no quería tumbarme sobre las manchas de sangre de Gebhardt. Nunca dormía lo suficiente en el KA, pero estar cansado no es bueno para pensar. Me quité la chaqueta, me tumbé y cerré los ojos. No sólo era la falta de sueño lo que me cansaba, sino también el vodka. El balón deshinchado que era mi estómago no estaba acostumbrado a la bebida más que mi hígado. Cerré los ojos y me dormí, preguntándome qué nos harían las autoridades soviéticas a mí y a los otro veinticuatro si la pena de muerte había sido abolida. ¿Era posible que hubiese un campo peor que los que yo ya conocía?

Un poco más tarde -no tenía idea de cuánto había dormido, pero aún había luz en el exterior- me senté. Los cigarrillos aún estaban en el bolsillo de mi chaqueta, así que encendí otro, pero no era un cigarrillo como está mandado, sino unos tres o cuatro centímetros de tabaco envueltos en una hoja de papel; lo que los «ivanes» llamaban un papirossi. Estos eran Belomorkanal, un nombre muy apropiado, porque era una marca rusa creada para conmemorar la construcción de otro canal, el que unía el mar Blanco con el Báltico. La Abwehr opinaba que el Belomorkanal era un desastre. Se trataba de un canal demasiado poco profundo, y por lo tanto inutilizable para la mayoría de barcos procedentes de ultramar, por no hablar de las decenas de miles de prisioneros sacrificados en su construcción. Me pregunté si este canal en particular funcionaría mejor.

Me acabé el cigarrillo y arrojé la colilla contra Stalin. Hubo algo en la manera en que golpeó la nariz del gran líder que me hizo levantar y examinar de cerca el retrato de papel. Cuando lo arranqué de la pared me sorprendió ver que la ilustración ocultaba un pequeño hueco, del tamaño de un libro. En el estante había una libreta y un rollo de billetes. No era una caja de seguridad, pero en aquel lugar era el mejor sustituto.

En el rollo de billetes había casi cuatrocientos cinco rublos «oro»; más o menos el salario de tres o cuatro meses de un Azul. No era una fortuna, a menos que fueses un pleni. Con dos mil rublos más y una alianza de oro podría recibir un mejor trato en una celda del MVD en Stalingrado. Miré los rublos de nuevo, sólo para asegurarme, y para mi alivio todos tenían aquel grasiento y auténtico toque ruso. Incluso examiné los billetes a la luz que entraba a través de la ventana para comprobar las marcas de agua antes de plegarlos y metérmelos en el bolsillo trasero de mis pantalones, que era el único con botón y sin agujeros.

La libreta tenía tapas rojas y el tamaño de una tarjeta de identidad. Estaba llena de papel ruso barato que parecía algo aplastado por un objeto pesado, y contenía una sorpresa, porque en una página había un nombre escrito, debajo del cual podían verse algunas fechas y algunas cantidades, y todo parecía indicar que el pleni cuyo nombre constaba en la libreta estaba a sueldo de Gebhardt. No es que esto lo convirtiese en un asesino, pero ayudaba a explicar cómo era posible que los «azules» pudiesen vigilar a los prisioneros de guerra con tanta eficacia.

La fecha de un pago en particular me llamó la atención: miércoles 15 de agosto. Era la festividad de la Asunción de María, y para algunos católicos alemanes, sobre todo los de Saarland o Baviera, también era una importante fiesta oficial. Pero casi todos en el campo la recordaban por ser el día en que Georg Oberheuser -un sargento de Stuttgart- había sido arrestado por el MVD. Furioso porque en esta fecha nos hicieron trabajar como cualquier otro día, Oberheuser insultó a Stalin a voz en cuello, ante todos sus compañeros de barracón, llamándolo cabrón malvado y ateo. Usó otros epítetos no menos injuriosos y sin duda bien merecidos, pero todos nos sentimos un poco asustados cuando se llevaron a Oberheuser y no lo volvimos a ver nunca más, aunque sabíamos que en aquel momento no había «ivanes» en nuestra nuestro barracón. Por lo tanto, Oberheuser había sido denunciado a los «azules» por otro alemán.

El nombre que figuraba en la libreta de Gebhardt era Konrad Metelmann, el joven teniente al que yo, muy ingenuamente, había decidido cuidar. Al parecer, sabía cuidar de sí mismo a la perfección.

Después de aquello estuve reflexionando y recordé cómo los «azules» nos ordenaban en muchas ocasiones salir del barracón y presentarnos en la cantina para una comprobación de identidad. Le preguntaban a cada uno su nombre, rango y número de serie con la idea -suponíamos- de pillarnos por sorpresa, porque se daba el caso de oficiales de las SS buscados por crímenes de guerra que se hacían pasar por otros, en general por soldados muertos en la guerra. Siempre nos interrogaban a solas, con Gebhardt haciendo de traductor, y cualquiera de nosotros hubiese podido aprovechar la oportunidad para pasarle información al MVD. La única razón por la que ninguno de nosotros había relacionado esto con Oberheuser era porque el día que lo arrestaron no hubo ningún control de identidad, y eso significaba que Metelmann y Gebhardt debían de haber utilizado algún escondrijo para dejar mensajes.

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