Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Gris de campaña - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
1 ... 60 61 62 63 64 65 66 67 68 ... 105
Перейти на страницу:

A Konrad Metelmann se lo llevaron los «azules» aquel mismo día, y la vida en Krasno-Armeesk recuperó su implacable, tremenda, gris y brutal rutina. Al menos eso es lo que creí hasta que otro pleni me comentó que me estaban sirviendo raciones dobles en la cantina. Las personas siempre se fijan en esas cosas. Al principio a ninguno de mis camaradas pareció importarles, porque ahora todos sabían que había descubierto a un delator y salvado a veinticinco de nosotros de la farsa de un juicio en Stalingrado. Pero la memoria es corta, sobre todo en un campo de trabajos soviético, y a medida que llegaba el invierno y continuaba el trato de preferencia -no sólo más comida, sino prendas más calientes-, comencé a percibir un cierto resentimiento entre mis compañeros prisioneros. Fue Ivan Yefremovich Pospelov quien me explicó lo que estaba pasando.

– He visto antes esto -dijo-. Y me temo que acabará mal, a menos que hagas algo al respecto. Los «azules» te han escogido para el tratamiento Astoria. Como el hotel. Mejor comida, mejores ropas y, por si no te habías dado cuenta, menos trabajo.

– Yo trabajo -protesté-. Como todos los demás.

– ¿Eso crees? ¿Cuándo fue la última vez que un Azul te gritó que te dieses prisa o te llamó cerdo alemán?

– Ahora que lo mencionas, de un tiempo a esta parte han sido más corteses conmigo.

– Llegará un momento en que los otros plenis acabarán por olvidarse de lo que hiciste y sólo recordarán que eres un protegido de los «azules». Entonces llegarán a la conclusión de que hay algo más de lo que se ve y creerán que les estás dando a los «azules» alguna otra cosa a cambio.

– Eso es una tontería.

– Yo lo sé y tú también lo sabes. Pero ¿lo saben ellos? Dentro de seis meses creerán que eres un agente antifascista, lo seas o no. Es lo que esperan los rusos. Que al verte apartado por tu propia gente no tengas más opción que acudir a ellos. Incluso si no llega a ocurrir, algún día tendrás un accidente. Se desplomará un talud sin ninguna razón aparente y acabarás enterrado vivo. Pero tardarán en llegar a rescatarte. Y si te rescatan, no tendrás otra alternativa que ocupar el lugar de Gebhardt. Suponiendo que quieras seguir con vida. Eres uno de ellos, amigo mío. Un Azul. Sólo que todavía no lo sabes.

Sabía que Pospelov tenía razón. Pospelov lo sabía todo de la vida en el KA. No era para menos. Llevaba allí desde la gran purga de Stalin. Como profesor de música de la familia de un alto cargo político soviético detenido y ejecutado en 1937, le impusieron una condena de veinte años; un simple caso de culpa por asociación. Pero sólo como medida de prudencia, agentes de la NKVD -como entonces se llamaba el MVD- le rompieron las manos con un martillo para asegurarse de que nunca más volvería a tocar el piano.

– ¿Qué puedo hacer? -pregunté.

– Una cosa está clara, no puedes vencerles.

– No querrás decir que debo unirme a ellos.

Pospelov se encogió de hombros.

– Es extraño a donde te puede llevar algunas veces un sendero torcido. Además, la mayoría de ellos son como nosotros, sólo que llevan charreteras azules.

– No, no puedo hacerlo.

– Entonces tendrás que vigilar por ti mismo, con tres ojos, y por cierto, no se te ocurra bostezar.

– Tiene que haber algo que pueda hacer, Ivan Yefremovich. Puedo compartir parte de mi comida, ¿no? Darle mis prendas de abrigo a otro hombre.

– Sólo tienen que buscar otras maneras de demostrarte su favor. O intentarán perseguir a aquellos a los que ayudes. Debiste de impresionar mucho a aquel comandante del MVD, Günther. -Exhaló un suspiro, miró el cielo gris blanquecino y olió el aire-. Cualquier día de estos nevará. El trabajo entonces será más pesado. Si vas a hacer algo, será mejor que lo hagas antes de que los días sean más cortos y las temperaturas más bajas, y los «azules» nos odien más por tener que vigilar en el exterior. En cierta modo son prisioneros como nosotros. Tienes que recordarlo.

– Ves el bien en una manada de lobos, Pospelov.

– Quizá. Sin embargo, tu ejemplo es muy útil, amigo mío. Si quieres evitar que los lobos laman tu mano, tendrás que morder a uno de ellos.

El consejo de Pospelov no era muy convincente. Asaltar a uno de los guardias era una ofensa grave -casi demasiado grave como para contemplarla-, y sin embargo no dudaba de lo que me había dicho: si los «ivanes» continuaban otorgándome un trato de favor, pronto sufriría un accidente fatal a manos de mis camaradas. Muchos de ellos eran nazis implacables y odiosos para mí, pero aun así eran mis compatriotas y, enfrentado a la decisión de mantenerme fiel a ellos o pasarme a los bolcheviques para salvar mi propio pellejo, no tardé en llegar a la conclusión de que ya había vivido más de lo que esperaba, y quizá no tenía ninguna alternativa. Odiaba a los bolcheviques tanto como había odiado a los nazis y ahora, dadas las circunstancias, quizá más de lo que odiaba a los nazis. El MVD era como la Gestapo con tres letras cirílicas, y yo ya había estado lo bastante involucrado en el funcionamiento de un aparato de seguridad del Estado para permitir que esa situación se prolongase durante el resto de mi vida.

Ahora tenía claro lo que debía hacer. A la vista de casi todos los plenis que trabajaban en las obras del canal, me acerqué al sargento Degermenkoy y me detuve frente a él. Le quité el cigarrillo de la boca de su asombrado rostro y fumé alegremente por un momento. No tuve el coraje de pegarle pero conseguí reunir el valor suficiente para quitarle la gorra azul de la cabeza, que parecía un tocón.

Fue la primera y última vez que oí risas en el KA. Y fue la última cosa que oí durante un tiempo. Estaba saludando a los plenis cuando algo me golpeó con fuerza en la cabeza -quizá la culata de la metralleta de Degermenkoy- y sin duda más de una vez. Me cedieron las piernas y el duro y frío suelo pareció engullirme como si me hundiera en las aguas del Volga. La tierra negra me envolvió, me llenó la nariz, la boca y las orejas, luego sentí que me sumergía en aquel horrible lugar que el gran Stalin y sus asesinos rojos habían preparado para mí en su república socialista. Mientras caía en aquel insondable pozo permanecían de pie y me saludaban con las manos enguantadas desde lo alto del mausoleo de Lenin, mientras a mi alrededor numerosas personas aplaudían mi desaparición, reían contentos de su buena fortuna y me arrojaban flores.

Supongo que debería estar habituado. Después de todo, estaba acostumbrado a visitar prisiones. Cuando era poli había entrado y salido del talego para entrevistar a sospechosos y tomar declaraciones a otros. De vez en cuando incluso me había encontrado a mí mismo en el lado malo del agujero de Judas: una vez en 1934, cuando hice que se enfadara el jefe de policía de Potsdam; y de nuevo en 1936, cuando Heydrich me envió a Dachau como agente encubierto para ganarme la confianza de un pequeño delincuente. Dachau fue una mala experiencia, aunque no tanto como Krasno-Armeesk, y desde luego, no como el lugar donde estaba ahora. No es que el lugar fuese sucio o algo por estilo; la comida era buena; incluso me dejaban duchar y me daban cigarrillos. ¿Entonces qué era lo que me preocupaba? Supongo, que era el hecho de estar por primera vez solo desde que había salido de Berlín en 1944. Había estado compartiendo alojamientos con uno o más alemanes durante casi dos años, y ahora, de pronto, no tenía a nadie con quien hablar, excepto conmigo mismo.

Los guardias no decían nada. Les hablaba en ruso y no me hacían caso. La sensación de estar separado de mis camaradas, de verme aislado, comenzó a crecer y, a medida que pasaban los días, fue de mal en peor. Una vez más tuve la terrible sensación de estar emparedado; lo más probable era que fuese una consecuencia de haber pasado demasiado tiempo trabajando en el exterior. De la misma manera que, en su día, la enorme extensión de Rusia me había dejado abrumado, ahora era la pequeñez de mi celda sin ventanas -tres pasos de largo y la mitad de ancho – lo que comenzaba a pesar sobre mí. Cada minuto del día parecía durar una eternidad. ¿De verdad había vivido tanto sólo para tener tan pocos pensamientos y recuerdos? Con todo lo que había hecho, podía esperar con cierta lógica mantenerme ocupado durante horas con los recuerdos del pasado. Ni por asomo. Era como mirar por el lado erróneo de un telescopio. Mi pasado parecía absolutamente insignificante, casi invisible. En cuanto al futuro, los días transcurrían tan vastos y vacíos como las propias estepas. Pero la peor sensación de todas era cuando me acordaba de mi esposa; sólo con pensar en ella, en nuestro pequeño apartamento en Berlín, suponiendo que aún estuviese en pie, podía echarme a llorar. Era lógico suponer que ella me creía muerto. Para el caso, bien podría estarlo. Estaba encerrado en una tumba. Y lo único que me quedaba era morir.

1 ... 60 61 62 63 64 65 66 67 68 ... 105
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)