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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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Un starshina, un sargento Azul llamado Degermenkoy que estaba de pie delante de la cabaña de Gebhardt, me vio y caminó sin prisas en mi dirección.

– ¿Por qué no está trabajando? -gritó, y me golpeó con fuerza en la espalda con su bastón.

Le expliqué mi misión bajo una lluvia de golpes, hasta que por fin dejó de pegarme y permitió que me levantase del suelo.

Le di las gracias y entré en la pequeña cabaña. Cerré la puerta por si aún quedaba algo ahí dentro que pudiese robar. Lo primero que vi fue una pastilla de jabón y un trozo de pan. No el shorni que recibíamos los plenis sino belii, pan blanco, y antes de mirar siquiera el cadáver de Gebhardt me llené la boca con lo que debía haber sido su última comida. Esto ya hubiese sido una recompensa suficiente por el trabajo que iba a hacer, pero entonces vi unos cuantos cigarrillos y cerillas, así que, tan pronto como me hube tragado el pan, encendí uno y me lo fumé en un estado de éxtasis. No había fumado un solo cigarrillo en los últimos seis meses. Sin hacer caso del cuerpo que yacía en la cama, busqué algo de beber. Mi mirada se fijó en una pequeña botella de vodka y, por fin, mientras me fumaba el cigarrillo y bebía sorbos de la botella de Gebhardt, comencé a comportarme como un detective de verdad.

La cabaña tenía unos diez metros cuadrados, con una ventana pequeña cerrada con una reja de hierro para mantener a salvo al ocupante del resto de nosotros, los plenis. No había funcionado. Había una cerradura en la puerta de madera, pero no se veía la llave por ninguna parte. Había una mesa, una estufa y una silla y, sintiéndome un poco débil -seguramente por efecto del cigarrillo y el vodka-, me senté. En la pared había dos carteles de propaganda: carteles baratos y sin enmarcar de Lenin y Stalin. Regurgité flema en el fondo de mi garganta y lancé un escupitajo al gran líder.

Luego acerqué la silla a la cama y examiné con atención el cadáver. Que estaba muerto era evidente; tenía heridas punzantes por todo el cuerpo, pero sobre todo en la cabeza, el cuello y el pecho. Menos evidente era la elección del arma asesina: un trozo de cuerno de alce que asomaba por la órbita del ojo derecho del muerto. La ferocidad del ataque era notable, como también lo había sido la brutal utilización del cuerno. Había visto escenas de crímenes muy violentos en mis tiempos de detective, pero pocas veces algo tan frenético como esto. Sentí un nuevo respeto por los alces. Conté diecisiete heridas separadas, incluidas dos o tres en los antebrazos, y por las manchas de sangre en las paredes parecía claro que Gebhardt había sido asesinado en la cama. Intenté levantarle una de las manos y descubrí que el rigor ya estaba bien asentado. El cuerpo estaba muy frío y llegué a la conclusión de que Gebhardt había recibido su merecida muerte entre las diez de la noche y las cuatro de la madrugada. Encontré algo de sangre bajo la uñas, y habría tomado una muestra de haber tenido un sobre donde guardarla, por no hablar de un laboratorio con un microscopio para analizarla.

En cambio, cogí el anillo de boda del muerto, que estaba tan apretado y el dedo tan hinchado que tuve que utilizar el jabón para quitárselo. El anillo se le hubiese caído del dedo a cualquier otro hombre, pero Gebhardt recibía mejores raciones que cualquiera de nosotros y conservaba un peso normal. Sopesé el anillo en la palma de mi mano. Era de oro y podría serme útil si alguna vez necesitaba sobornar a un Azul. Miré atentamente la inscripción en el interior, pero la letra era demasiado pequeña para mis ojos debilitados. Sin embargo, no me lo guardé en el bolsillo; para empezar los pantalones del uniforme estaban llenos de agujeros, y además, estaba el starshina delante de la puerta, que bien podría decidir registrarme. Así que me lo tragué, en la certeza de que mis intestinos, tan sueltos como una sopa de verduras, me ayudarían a recuperarlo más tarde. Oía al comandante dirigirse a los plenis alemanes en el exterior. Sonaron aplausos cuando confirmó lo que la mayoría ya sabía: que Gebhardt estaba muerto. A los vítores le siguió un sonoro gemido cuando les dijo cómo pensaba manejar el asunto el MVD. Me levanté y me acerqué a la ventana con la ilusión de ver a un valiente identificarse como el culpable, pero nadie se movió. Temiéndome lo peor, bebí otro sorbo de vodka y apoyé mi mano en la estufa. Estaba fría, pero de todas maneras la abrí, por si acaso el asesino había pensado en quemar su confesión firmada; pero allí no había nada, sólo unas pocas páginas de un viejo ejemplar de Pravda y algunos trozos de madera, preparados para cuando hiciese más frío.

Había un armario, no más profundo que una caja de zapatos, en una esquina de la cabaña, y allí encontré el uniforme de las Waffen SS que Gebhardt había dejado de usar cuando cambió de bando. No le hubiese servido de nada a un oficial antifascista continuar vistiendo un uniforme de las SS. Su nueva gimnasterka rusa estaba colgada en el respaldo de una silla. Busqué con rapidez en los bolsillos; encontré unos pocos kopecs, que me guardé, y unos cuantos cigarrillos más, que también me guardé.

El tiempo se agotaba. Me quité mi raída chaqueta del uniforme y me probé la de Gebhardt. En otro momento no me hubiese entrado, pero había perdido tanto peso que esto ya no era un problema, así que me la dejé puesta. Era una verdadera pena que sus botas fueran demasiado pequeñas, pero cogí los calcetines; me iban perfectos y, lo mismo que la chaqueta, estaban en mucho mejor estado que los míos. Encendí otro cigarrillo y, a gatas, comencé a buscar por el suelo alguna otra cosa aparte de polvo y astillas. Continuaba buscando pistas cuando se abrió la puerta de la cabaña y entró Mrugowski.

– ¿Alguien ha dado un paso al frente?

– No. Por lo tanto, me niego a creer que haya sido un alemán quien hiciese esto. Nuestros hombres tienen sentido del honor. Un alemán se hubiera entregado. Por el bien de los demás.

– Hitler no lo hizo -comenté.

– Aquello era diferente.

Empujé los cigarrillos de Gebhardt a través de la mesa.

– Tenga -dije-. Fume uno de los cigarrillos del muerto.

– Gracias. Lo haré. -Encendió uno y miró con incomodidad el cadáver-. ¿No cree que deberíamos cubrirlo?

– No. Mirarle me ayuda a tener ideas sobre cómo pudo haber sucedido.

– ¿Tiene alguna idea de quién lo mató?

– Hasta ahora estoy considerando la posibilidad de que fuese un alce que le tuviese manía. -Le mostré el arma asesina-. ¿Ve lo afilada que es?

Mrugowski tocó cuidadosamente con el índice el extremo manchado de sangre.

– Menuda navaja.

Sacudí la cabeza.

– En realidad, creo que un objeto de decoración. Aquí. Hay un par de clavos y una marca en la pared de la ventana que confirma la idea de que era parte de un pequeño trofeo. Pero no estoy seguro, porque nunca había estado aquí antes.

– Entonces, ¿dónde está el resto del trofeo?

– Quizás el asesino comprendió lo efectiva que podía ser como arma y se llevó el resto con él. Imagino que hubo una discusión. El asesino cogió el trofeo, lo partió contra la cabeza de Gebhardt y se encontró sujetando sólo un trozo. Un trozo muy afilado. Hay otras pequeñas heridas en la cabeza de Gebhardt que coinciden con esa posibilidad. Gebhardt cayó sobre la cama. El asesino se lanzó contra él con el trozo de trofeo en la mano y lo remató. Luego salió, cogió el metro y se fue a casa. En cuanto a quién fue y por qué lo hizo, cualquier cosa que usted diga vale tanto como lo que yo pueda decir. Si esto fuese Berlín les diría a los agentes que buscasen a un hombre con manchas de sangre en la chaqueta, pero eso, aquí, es muy habitual. Ahí fuera hay tipos que todavía llevan los uniformes manchados con la sangre de sus camaradas en Königsberg. Y supongo que el asesino también lo sabe.

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