Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
Le entregué la libreta roja al comandante.
– Metelmann -dijo en voz baja.
– Como verá, la página contiene detalles de los pagos entregados a este oficial a cambio de información. En otras palabras, el culpable estaba actuando como delator a sueldo del hombre asesinado. Creo que discutieron por dinero, señor. Entre otras cosas. Es posible que Gebhardt rehusase pagarle al asesino cinco rublos -su tarifa habitual- por la información recibida. Después de cometer el asesinato, el culpable se llevó el dinero.
Le entregué a Savostin cien de los billetes de cinco rublos que había encontrado detrás del cartel de Stalin. Savostin le dio la libreta al coronel.
– Encontré estos billetes escondidos en la cabaña de Gebhardt. Como puede ver, todos los billetes están marcados en la esquina superior derecha con una pequeña marca de lápiz, creo que una cruz ortodoxa rusa.
Savostin miró uno de los billetes y asintió.
– ¿Todos? -preguntó.
– Sí, señor. -Lo sabía porque fui yo quien marcó cada uno de los billetes-. Creo que si ordena registrar al oficial mencionado en la libreta, encontrarán uno o más billetes de cinco rublos con la misma marca de lápiz en la esquina superior derecha, señor. Ese oficial es zurdo y en su brazo conserva la cicatriz de una herida reciente que muy probablemente sufrió durante la pelea con Gebhardt.
Todavía con la gorra en la mano, me froté la cabeza afeitada con los nudillos. Sonó como si raspara un trozo de madera en el aserradero del campo.
– ¿Puedo hablar con franqueza, señor?
– Hable, capitán.
– No sé qué hará usted con este hombre, señor. Por ser quien es y por lo que ha hecho, me doy cuenta de que puede representar un problema. Después de todo, era el hombre de su hombre. Pero ahora ya no le sirve de nada, ¿verdad? No ahora, que sabemos quién es y lo que hace. Supongo que siempre podría utilizarlo para reemplazar a Gebhardt como oficial antifascista, aunque su ruso no esté a la altura. Pero tendrá que deportarlo para su reeducación política. En cualquier caso, está acabado en este campo. Sólo quiero que usted lo sepa, señor.
– ¿No se está precipitando un poco, Günther? Aún no ha demostrado nada. Incluso si encuentro el dinero marcado en posesión de Metelmann no hay nada que pruebe que él no recibiese el dinero antes de que asesinasen a Gebhardt. ¿Ha considerado la posibilidad de que si este hombre es un delator me vendría mejor dejarle a él aquí, y transferirlos a usted y al coronel a otro campo?
– He pensado en ello, señor. Es verdad que nada le impide hacerlo. Pero usted no puede estar seguro de que no les hayamos dicho a todos nuestros camaradas lo que le acabo de decir. Es una buena razón para no enviarnos a otro campo. La otra razón es que el coronel está haciendo un excelente trabajo como comandante. Los hombres lo escuchan. Con el debido respeto, señor; usted le necesita.
El comandante Savostin miró al coronel.
– Quizá tenga razón -dijo.
Me encogí de hombros.
– En cuanto a probar lo que sea a su completa satisfacción, comandante, es asunto suyo. Yo le he entregado el arma. No puede esperar que también apriete el gatillo. Sin embargo, si usted decide registrar a Metelmann, quizá pueda preguntarle también el nombre de su esposa, señor.
– ¿A qué se refiere?
– El nombre de la esposa de Konrad Metelmann es Vera, señor. -Le entregué a Savostin el anillo que había encontrado y que supuse que era la alianza de Gebhardt-. Hay una inscripción en el interior.
Savostin entrecerró los ojos mientras leía lo que estaba grabado en el interior de la alianza de oro. «A Konrad, con todo mi amor, de Vera, febrero de 1943». Me miró.
– Estaba en el dedo de Gebhardt, señor. El dedo estaba roto, y creo que Metelmann intentó quitarle el anillo a Gebhardt después de matarlo y no pudo. Quizás incluso le rompió el dedo. No lo sé. Pero tuve que utilizar jabón para sacárselo.
– Quizá Gebhardt se lo compró a Metelmann.
– Gebhardt lo compró, no lo dudo. Pero estoy seguro de que no se lo compró a Metelmann. Metelmann mantuvo ese anillo escondido en el culo durante semanas. Luego sufrió un ataque de diarrea y tuvo que llevarlo colgado de un cordel alrededor del cuello. Pero uno de los guardias lo vio y se lo tuvo que entregar. Es más, yo vi como ocurría.
– ¿Quién fue?
– El sargento Degermelkoy. Yo diría que Gebhardt se lo compró y le prometió a Metelmann que se lo devolvería, pero nunca lo hizo. Quizás utilizaba el anillo como un medio para obtener información de Metelmann. En cualquier caso, creo que el anillo fue la causa de la pelea. Estoy seguro de que el sargento confirmará lo que le he dicho, señor. Que le vendió el anillo a Gebhardt.
– Degermelkoy es un cerdo mentiroso -afirmó el comandante Savostin-. Pero no dudo que tiene usted razón en cuanto a lo sucedido. Lo ha hecho muy bien, capitán. En su momento interrogaré a los dos hombres. Gracias, capitán. A usted también, coronel, por recomendarme a este hombre. Ahora pueden volver a su trabajo.
Mrugowski y yo salimos del cuerpo de guardia.
– ¿Está seguro de todo esto?
– Sí.
– Suponga que Savostin ordena registrar a Metelmann y no encuentra ningún billete de cinco rublos.
– Lo tenía hace media hora -dije-. Lo sé porque se lo di yo. Y está marcado con algo más que una cruz ortodoxa. También tiene una huella del pulgar con sangre. Y seguro que es muy buena, aunque me atrevería a decir que los «ivanes» no comprobarán si coincide con las suyas.
– No lo entiendo -dijo Mrugowski-. ¿La huella del pulgar de quién?
– De Gebhardt. Marqué la huella en el billete utilizando su mano muerta. Le pedí cinco rublos a Metelmann anteayer, sólo para poder devolverle un billete marcado. Yo mismo marqué los billetes con una cruz. Añadí la huella sólo para causar mayor efecto.
– Sigo sin entender.
– Yo lo marqué. A Metelmann. Hice encajar las pruebas para que pudiese recibir su castigo.
Mrugowski se detuvo y me miró horrorizado.
– ¿Quiere decir que no mató a Gebhardt?
– Oh, claro que lo mató. Estoy seguro de ello. Pero demostrarlo es otra cosa. Sobre todo en este lugar. En cualquier caso, no me importa mucho. Metelmann se lo tenía merecido. Era un maldito delator y haremos bien en librarnos de él.
– No me gustan sus métodos, capitán Günther.
– Usted quería un detective del Alex, coronel, y es lo que consiguió. ¿Cree que esos cabrones juegan limpio? ¿Con el manual? ¿Con las reglas acerca de las pruebas? Piénselo de nuevo. Los polis de Berlín han falsificado más pruebas que los antiguos egipcios. Así es como funciona, señor. El verdadero trabajo de la policía no es el de un caballeroso detective que toma notas en el puño almidonado de la camisa con una pluma de plata. Eso era en el pasado, cuando la hierba era verde y sólo nevaba en la víspera de Navidad. Usted hace al sospechoso, no el castigo correspondiente al crimen. Siempre ha sido así. Pero sobre todo aquí. Ese comandante Savostin no es un policía educado y sonriente. Trabaja para el Ministerio de Asuntos Internos. Confío en que usted no me venda demasiado bien a ese cabronazo, porque le voy a decir una cosa: no es el teniente Metelmann el que me preocupa, soy yo. Le he sido útil a Savostin. Y eso le ha gustado. La próxima vez que tenga las manos frías es probable que me utilice como si fuera un par de guantes.