La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¡Qué salvajada! -exclamó Hérault-. ¡Qué irresponsabilidad! Han saqueado el monasterio de Saint-Lazare. Se han llevado los muebles y la plata. También han vaciado las bodegas. En estos momentos están tendidos en la calle, vomitando como descosidos. ¿Cómo dices? ¿Versalles? ¿Has dicho «acaba con ello» o «acaba con ellos?». En tal caso, iré a cambiarme, no quiero presentarme en palacio con esta pinta. Esto es más divertido que archivar documentos, ¿no crees? -preguntó, soltando una carcajada. Jamás se había sentido tan feliz.
El duque Philippe había pasado el día 12 en su castillo de Raincy, en el bosque de Bondy. Al enterarse de los sucesos ocurridos en París, expresó su «asombro y conmoción». «Lo cual -dijo su ex amante, la señora Elliot- me pareció sincero.»
En la mañana del día 13, durante la recepción real, el Monarca ignoró a Philippe y más tarde le ordenó (con malos modos) que se largara. Philippe partió para su casa en Mousseaux de un humor de perros, y juró (según la señora Elliot) «que jamás volvería a poner los pies en palacio».
Por la tarde, Camille regresó al distrito de los cordeliers. Lo seguía el granadero borracho, que repetía insistentemente: «¿No nos hemos visto antes?». También lo seguían cuatro guardias franceses bajo amenaza de linchamiento si algo malo le sucedía, y varios presos fugados de La Forcé. Y una vendedora del mercado, con una camisa rayada y un gorro de lana, esgrimiendo un cuchillo de cocina y una lengua más afilada que éste, la cual se había encaprichado de Camille. Y una bonita joven que lucía una pistola en la cintura de su traje de amazona y el pelo sujeto con una cinta roja y otra azul.
– ¿Y la cinta verde? -le preguntó Camille.
– Alguien recordó que el verde es el color del conde d’Artois, de modo que hemos adoptado los colores de París, el rojo y el azul -contestó la muchacha sonriendo amablemente-. Me llamo Anne Théroigne. Nos conocimos en una de las audiciones de Fabre. ¿Se acuerda?
Tenía un rostro luminoso. Camille observó que estaba calada hasta los huesos.
– El tiempo ha cambiado -dijo la joven-. Y muchas otras cosas.
Al llegar a la Cour de Commerce, Camille comprobó que el conserje había cerrado las puertas, de modo que habló con Gabrielle a través de la ventana. Estaba despeinada y tenía mala cara.
– Georges salió con nuestro vecino, el señor Gély -dijo-, para reclutar a gente para la milicia ciudadana. Hace unos minutos vino maître Lavaux. Ya lo conoces, vive al otro lado de la calle. Estoy muy preocupada por Georges. Está subido en una mesa gritando que debemos proteger nuestros hogares de los militares y bandoleros. ¿Quiénes son esas personas que te acompañan?
En aquel momento apareció Louise Gély.
– Hola -dijo-. ¿Quiere entrar o va a quedarse en la calle?
Gabrielle abrazó a la muchacha y dijo:
– Su madre está en casa. Se ha desmayado. Georges dijo a maître Lavaux: «Únete a nosotros, has perdido el cargo, la monarquía está acabada.» No entiendo cómo se le ocurrió decir semejante cosa. ¿Cuándo regresará? ¿Qué voy a hacer?
– Georges tiene razón -respondió Camille-. No temas, no tardará en volver. No le abras la puerta a nadie.
El granadero borracho le dio un codazo en las costillas y preguntó:
– ¿Es tu mujer?
Camille retrocedió y miró asombrado al granadero. De pronto sintió que le estallaba algo en la cabeza y se apoyó en la pared. Alguien le obligó a beber un trago de coñac y acto seguido perdió el conocimiento.
Otra noche por las calles. A las cinco sonó el toque a rebato.
– Ahora empezará en serio -dijo Anne Théroigne, quitándose las cintas del pelo y colocándoselas en el ojal de la casaca. Rojo y azul-. Rojo por la sangre -dijo-. Azul por el cielo. Los colores de París: sangre-cielo.
A las seis llegaron al cuartel de los Inválidos para conseguir armas. Alguien señaló las bayonetas del Campo de Marte, que relucían bajo los primeros rayos de sol, y dijo:
– No vendrán.
Tenía razón. Camille oyó su propia voz pronunciando frases sosegadas, destinadas a calmar los ánimos, mientras contemplaba las bocas de los cañones, junto a los cuales había unos soldados sosteniendo unas velas encendidas. No tenía miedo. Una vez concluidas las negociaciones para conseguir armas, todos echaron a correr gritando como locos. Por primera vez, Camille sintió miedo y se apoyó en la pared. La joven con el pelo castaño le entregó una bayoneta. Camille tocó la fría hoja y preguntó:
– ¿Es difícil?
– No, es muy fácil -contesto el granadero-. Al fin recordé de qué te conocía. Hace un par de años, cuando se produjo un motín frente a los tribunales de justicia, te derribé al suelo y te di unas cuantas patadas en las costillas. Lo siento. Espero no haberte lastimado.
Camille lo miró fijamente. El soldado sonreía estúpidamente, empapado en sangre. De pronto ejecutó unos torpes pasos de baile y canturreó:
– Ahora iremos a la Bastilla.
De Launay, el gobernador de la Bastilla, era un civil. En el momento de rendirse llevaba una levita gris. Poco después trató de suicidarse con su espada, pero sus ayudantes se lo impidieron.
La multitud gritaba: «¡Matadlo!» Unos miembros de la guardia francesa trataron de proteger a De Launay, cubriéndolo con sus cuerpos, pero al llegar a la iglesia de Saint-Louis, un grupo de personas le escupieron, lo golpearon y lo derribaron. Cuando los guardias consiguieron rescatarlo, tenía la cara cubierta de sangre, le habían arrancado grandes mechones de cabello y apenas se sostenía en pie.
Al llegar al Ayuntamiento, unas personas les interceptaron el paso. Se produjo una acalorada discusión entre los que querían juzgar a De Launay antes de colgarlo y los que querían acabar con él allí mismo. Unos hombres le sujetaron por los brazos. Aterrado, De Launay se puso a dar patadas para liberarse y alcanzó a un hombre llamado Desnot. Desnot -un cocinero sin trabajo- soltó un grito y cayó de rodillas.
De pronto, un desconocido se detuvo frente al prisionero y lo miró fijamente. Tras unos segundos de vacilación, le hundió la bayoneta en el vientre. De Launay avanzó unos pasos y cayó sobre las puntas de otras seis bayonetas. Alguien le golpeó repetidas veces en la cabeza con un trozo de madera. Sus protectores retrocedieron mientras unos hombres lo arrastraban hacia la cuneta, donde murió. Alguien lo remató de un tiro. Un hombre se giró hacia Desnot y dijo: «Es tuyo.» Desnot, con el rostro contraído todavía en una mueca de dolor, se arrodilló junto al cuerpo. Sacó una pequeña navaja, agarró a De Launay por el escaso pelo que le quedaba y empezó a rebanarle el cuello. Alguien le ofreció una espada, pero la rechazó, pues no estaba seguro de poder manejarla, y prosiguió su macabra tarea hasta conseguir separar la cabeza de De Launay del tronco.
Camille dormía profundamente. Soñaba con unas imágenes rurales, de verdes pastos y límpidos arroyos. Pero de pronto las aguas aparecían teñidas de sangre.
– ¡Dios mío! -exclamó la voz de una mujer.
Camille se dio cuenta de que dormía con la cabeza apoyada en un pecho no precisamente maternal.
– Me siento profundamente conmovida -dijo Louise Robert.
– Has llorado -dijo Camille.
¿Cuánto hacía que había caído dormido? ¿Una hora, medio día? No comprendía qué hacía tendido en el lecho de los Robert, ni cómo había llegado hasta allí.
– ¿Qué hora es? -preguntó.
– Siéntate y escucha -respondió Louise. Era una joven de facciones delicadas, pálida, menuda. Se levantó y empezó a pasearse por la habitación-. Esta no es nuestra revolución. Esto no tiene nada que ver con nosotros, ni con Brissot, ni con Robespierre. -Se detuvo unos instantes y luego continuó-: Conozco a Robespierre. Supongo que si me hubiera empeñado hubiera llegado a ser la señora de la Vela de Arras. ¿Crees que hubiera hecho bien?