Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
– Una chica simpática -comentó Havers cuando estuvieron solos-. Se sabe las instrucciones de pe a pa, ¿verdad? Alfombra roja y todo eso.
Lynley aprovechó la oportunidad para examinar las fotografías y dibujos que documentaban la historia del colegio en una pared del estudio. La sargento Havers le imitó.
Las fotos abarcaban los últimos ciento cincuenta años. Descoloridos daguerrotipos representaban los primeros registros gráficos. A lo largo de las décadas, los escolares se congregaban bajo la estatua de Enrique Tudor, formaban impecables filas delante del colegio, avanzaban en columna por los campos de deportes, circulaban en carros de gruesas ruedas por el camino particular. Iban uniformados, limpios y sonrientes, del primero al último.
– ¿Observa un detalle similar en todas ellas, sargento?
– No aparecen chicas hasta hace poco. Demos gracias a Dios por la segunda mitad del siglo veinte.
– Sí, en efecto. Pero hay algo más.
Havers pasó de una foto a otra, acariciándose la barbilla.
– Las minorías raciales -comentó-. ¿Dónde están?
– Alguna cara de vez en cuando. Hace doscientos años era normal, pero bastante raro desde hace unos diez.
– ¿Volvernos a la discriminación?
– No creo que podamos descartarla todavía, Havers.
– Supongo que siempre es una posibilidad. ¿Por qué no probarla?
Se volvieron cuando la puerta del estudio se abrió, pero no fue Alan Lockwood quien entró en la habitación, sino su mujer. Iba cargada con un gran ramo de flores, dispuesto en un cuenco de porcelana sin vidriar bastante vulgar.
No aminoró el paso cuando vio a Lynley y a Havers. Les dirigió una sonrisa fugaz, movió la cabeza a modo de saludo y llevó las flores hasta la mesa encajada en el hueco creado por el amplio mirador.
– Las he preparado para la sala del consejo -explicó con tono afable-. Las flores dan a una habitación un aire mucho más cálido, y como Alan se reúne con los padres allí, pensé que las flores… -Volvió a colocar tres nardos. Su dulce fragancia impregnó la atmósfera-. Me temo que no las tuve preparadas a tiempo. La reunión ha empezado hace rato, así que las he traído aquí. -Apartó a un lado el candelabro situado en el centro de la mesa-. Es excesivo, ¿no les parece? El candelabro y las flores. -Frunció el entrecejo, paseó la mirada por la habitación y depositó el candelabro sobre la repisa de la chimenea. Ocultó en parte el retrato de Holbein. Satisfecha en apariencia con este arreglo, asintió con la cabeza y tiró hacia atrás un mechón de cabello gris que le caía sobre la frente-. Preparo todas las flores del colegio. Las saco de nuestro jardín de invierno. Creo que ya se lo había dicho, ¿verdad? A veces me olvido de lo que digo y de lo que no. Alan afirma que es el primer signo de senilidad.
– No creo -sonrió Lynley-. Lo que pasa es que hay muchas cosas que recordar. Imagino que habla con docenas de personas al día. Eso es mucho.
– Sí, por supuesto.
La mujer se acercó al escritorio de su marido y, sin que hiciera ninguna falta, enderezó una pila de carpetas que había encima, para empezar perfectamente enderezada. La actividad dio a entender que había entrado en el estudio con un propósito diferente al de colocar las flores.
– Trabaja tanto y se agota hasta tal punto que no siempre piensa antes de hablar, inspector. La irritación provoca que suelte exabruptos, como ese comentario sobre la senilidad. Sin embargo, mi Alan es un buen hombre. Un hombre muy bueno. Decente. Respetable. -Encontró un lápiz encajado entre dos carpetas y lo puso al lado de una pluma-. La gente no aprecia a Alan tanto como se merece. La gente no sabe lo que hace entre bastidores, y él tampoco lo dice. No es su estilo. Ahora está al otro lado de la antesala, reunido con cuatro parejas de padres cuyos hijos podrían ir a Eton o a Harrow. A Rugby. A Westminster. Pero él les convencerá de elegir Bredgar. Siempre lo hace.
– Debe de ser la faceta más angustiosa del trabajo de rector -señaló Lynley-. Procurar que el nivel de matriculaciones se mantenga estable.
– Para Alan representa mucho más que eso -replicó ella-. Está decidido a que el colegio vuelva a ser igual que después de la guerra. Esa es su misión. Antes de que Alan llegara, la matriculación era baja. Los resultados de los exámenes habían bajado de calidad, en especial los de ingreso en la universidad. Tiene la intención de remediarlo, y ya ha empezado. El nuevo teatro fue idea suya, inspector. Una forma de atraer más estudiantes al colegio. Bueno, al tipo adecuado de estudiantes, por supuesto.
– ¿Matthew Whateley pertenecía al tipo adecuado de estudiante?
– Le di clases de violín. Antes de Bredgar, yo tocaba en la Filarmónica de Londres. Supongo que usted no lo sabía. Nadie lo sabe, de hecho. No me parecía correcto comentarlo a las mujeres de los profesores, pero al final cambié de idea, porque ser esposa de un rector requiere cierto esfuerzo para estar a la altura. Y Alan me necesitaba, al igual que nuestros hijos, por supuesto. Tenemos dos niños pequeños que van a la escuela primaria. ¿No les ha hablado Alan de ellos? Ahora toco con la orquesta de Bredgar, y doy algunas clases particulares. No es lo mismo -sonrió con tristeza-. Pero algo es algo. No pierdo el contacto.
Lynley no pasó por alto el hecho de que la mujer había eludido su pregunta.
– ¿Veía a Matthew con frecuencia?
– Una vez a la semana. No practicaba tanto como debía, pero eso es muy típico de los chicos, ¿verdad? De todos modos, me atrevería a afirmar que esperaba más de un becario.
– No era una beca de música sino escolar, ¿verdad?
– Sí, pero siempre se espera que un estudiante becado se aplique más, inspector. En realidad, Matthew no era el candidato más brillante para la beca.
– ¿Conocía a los demás aspirantes?
– No exactamente, sólo lo que Alan mencionó durante la cena. Siempre dijo que Matthew no colmaba todas las esperanzas de Bredgar Chambers. Claro que no fue culpa de Alan, ni tampoco que Matthew fuera elegido para la beca, así que tampoco hay que imputarle la culpa de su muerte, ¿verdad? Él creyó que debía…
– Kathleen.
Lynley y Havers se giraron en redondo y vieron que Alan Lockwood había entrado en la habitación. Se hallaba de pie en el umbral, el rostro ceniciento.
Al oírle, Kathleen Lockwood cerró la boca poco a poco y tragó saliva.
– Alan. -Movió una mano temblorosa en dirección a la mesa-. Te he traído flores. Creí que las tendría a tiempo para la reunión, pero no pude, así que las he dejado aquí.
– Gracias. -Se colocó a un lado de la puerta, transmitiendo un claro mensaje.
Su mujer lo comprendió y, sin mirar ni a Lynley ni a Havers, salió del estudio. Lockwood cerró la puerta y se encaró con los detectives. Les concedió un frío y calculador escrutinio, antes de dirigirse hacia su escritorio y quedarse de pie detrás, sabiendo que, permaneciendo erguido, proyectaba una imagen de autoridad y confianza.
– Me he enterado de que su sargento ha pasado casi toda la mañana merodeando por el colegio, inspector -dijo Lockwood, pronunciando cada sílaba con sequedad-. Me gustaría saber por qué. En este colegio hay seiscientos alumnos, inspector, sin contar los miembros de la plantilla. ¿De veras cree que este chico fue secuestrado, retenido, asesinado y que, a continuación, su cuerpo desnudo fue sacado fuera del colegio sin que nadie se diera cuenta de nada? Es lo más ridículo que he escuchado en mi vida.
– Si considera las circunstancias implicadas en la desaparición, no -dijo Lynley-. Fuera cual fuese el método de transporte, parece razonable concluir que se realizó en plena noche, cuando todo el mundo dormía. Además, sucedió durante un fin de semana. ¿Cuántos estudiantes se hallaban ausentes? ¿Cuántos habían acudido al torneo de hockey del que me han hablado? ¿Cuántos se quedaron aquí? ¿Cuántos miembros de la plantilla estaban en el colegio? Los dos sabemos lo desierto que se queda un colegio durante los fines de semana, señor Lockwood. Ahora, sabiendo que Matthew estuvo aquí, vamos a comenzar el interrogatorio de la plantilla. La policía local vendrá a tal efecto.