Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
– No es necesario, inspector. Si es preciso interrogar a la plantilla, yo mismo lo haré.
La respuesta de Lynley aclaró al máximo el lugar de Lockwood en la investigación.
– ¿Dónde estuvo usted el viernes por la noche, señor rector?
Las fosas nasales de Lockwood se ensancharon.
– ¿Debo suponer que soy un sospechoso? No me cabe duda de que usted tiene un motivo sólido que esgrimir.
– Cuando se empieza una investigación por asesinato, todo el mundo es sospechoso. ¿Dónde estuvo usted el viernes por la noche?
– Aquí, en el estudio. Trabajando en un informe para la junta de gobierno.
– ¿Hasta qué hora?
– No lo sé. No me fijé.
– ¿Y cuando terminó su trabajo?
– Me marché a casa.
– ¿Echó un vistazo a alguna residencia, de camino?
– ¿Para qué?
– Para ir a su casa ha de pasar frente a las residencias femeninas, Galatea y Eirene, ¿no es cierto? Es razonable preguntarse si echó una ojeada.
– Razonable para usted, tal vez, pero no para mí. Y un viernes por la noche, no, desde luego. Como usted ha dicho, son las residencias femeninas. No se me ocurriría pasearme por ellas de noche.
– Pero podría entrar si quisiera. A nadie le extrañaría verle.
– Tengo cosas mejores que hacer que vigilar a los directores de las residencias. Ellos hacen su trabajo y yo el mío.
– ¿Qué me dice de la residencia Ion, donde está el club social de sexto? Los alumnos mayores que no se marchan del colegio se reúnen en él los viernes, ¿no? ¿Nunca les hace una visita?
– Los alumnos se vigilan mutuamente. No necesitan que yo haga de policía. Usted lo sabe tan bien como yo. Para eso se instituyó el sistema de prefectos.
– ¿Confía en sus prefectos, pues?
– Por completo. Absolutamente. Nunca me han dado un motivo de duda.
– ¿Qué opina de Brian Byrne?
Lockwood movió los hombros con impaciencia.
– Ya hemos comentado este tema anteriormente, inspector. Brian no me ha dado ningún motivo para lamentar que fuera nombrado prefecto.
– Al parecer, Elaine Roly piensa que está demasiado necesitado para ser un prefecto eficaz.
– ¿Necesitado? ¿Qué demonios…?
– Necesitado de amistad y aprobación. No es el más idóneo para controlar a los demás chicos.
Lockwood pareció divertido.
– Aquí se juntan el hambre y las ganas de comer. Si hay alguien necesitado de amistad y aprobación, yo diría que el ama de llaves Roly va en cabeza de la lista. Es Roly quien emplea casi todo su tiempo libre en intentar ganarse el afecto de Frank Orten, como si ese viejo misógino fuera a mirar a otra mujer después de que su mujer le pegó el salto. En cuanto a Brian Byrne, llegó a prefecto por la vía habitual. Un miembro del equipo docente le propuso.
– ¿Quién?
– Temo que no lo recuerdo.
Lockwood extendió la mano y tocó un lirio que formaba parte del ramo preparado por su mujer. Recorrió el tallo con los dedos. Al observarlo, Lynley se quedó maravillado por la forma en que el cuerpo revelaba la verdad, a pesar de que la mente intentara mentir.
– ¿Se considera a su mujer un miembro de la plantilla? -preguntó-. Al fin y al cabo, toca en la orquesta del colegio. Da clases de música. Aunque no le paguen por ello, seguro que ocupa un puesto honorario en la plantilla. Seguro que influye en las decisiones. Decisiones como…
La flor se desgajó de su tallo.
– Muy bien. Kathleen propuso a Brian. Yo le pedí que lo hiciera. Giles Byrne quería que su hijo fuera prefecto. ¿Es eso lo que quería saber? No tiene ninguna relación con la muerte de Matthew Whateley.
– ¿Quiso Giles Byrne que su hijo fuera prefecto de alguna residencia en particular?
– Erebus. No es ningún delito. Es la antigua residencia de Byrne. Considero lógico su deseo de que su hijo viviera en ella.
– Da la impresión de que el señor Byrne está relacionado de diversas formas con Erebus, ¿verdad? -Insistió Lynley-. Vivió allí. Su hijo vive allí. Matthew Whateley, a quien propuso para una beca, vivió allí. Y tiempo atrás, Edward Hsu también vivió allí. ¿Qué sabe de las relaciones que sostenía Byrne con él?
– Sólo que era profesor particular del muchacho y que mandó colocar el memorial de la capilla. Apreciaba mucho a Edward Hsu, pero eso sucedió mucho antes de que yo llegara.
– ¿Y el suicidio de Edward Hsu?
Lockwood no consiguió ocultar su irritación.
– ¿Está insinuando que existe alguna relación? Edward Hsu murió en 1975.
– Lo sé. ¿Sabe cómo murió?
– Todo el mundo lo sabe. Entró en el campanario, subió al tejado de la capilla y se arrojó al vacío.
– ¿Por qué?
– No lo sé.
– ¿Conserva el expediente del chico?
– No entiendo qué importancia…
– Me gustaría verlo, rector.
Lockwood se levantó de la silla con furia. Salió del estudio sin decir palabra y llamó a su secretaria. Cuando volvió, llevaba una carpeta de papel manila abierta sobre la palma de su mano izquierda. Había muy pocas páginas en su interior, y Lockwood las leyó por encima a toda prisa, deteniéndose para examinar una carta escrita en papel cebolla.
– Edward Hsu vino al colegio desde Hong Kong -dijo-. Sus padres todavía vivían en esa ciudad en 1982, de acuerdo con esta carta. Habían pensado instituir una beca en su memoria, pero todo quedó en nada, naturalmente -Lockwood siguió leyendo-. Enviaron a Edward a Inglaterra para que se educara en el país, igual que su padre. Los resultados de su examen de entrada fueron altos. Por lo visto, era un estudiante muy dotado. Habría triunfado en la vida, pero no consiguió llegar más allá de sus pruebas de ingreso en la universidad. No consta nada más, pero estoy seguro de que querrá comprobarlo personalmente.
Lockwood le entregó la carpeta. En grandes letras rojas se había escrito diagonalmente fallecido. Lynley leyó el escaso material, sin encontrar nada más que una foto de Edward Hsu cuando entró en Bredgar Chambers, a los trece años de edad. Levantó la cabeza. Lockwood le estaba observando.
– ¿No hay ninguna nota indicando por qué el chico se suicidó? -preguntó Lynley.
– No, que yo sepa.
– Me fijé en las fotografías que adornaban sus paredes. Reparé en que había muy pocas de niños pertenecientes a las minorías raciales.
Los ojos de Lockwood se desviaron hacia las fotografías, y después volvieron a Lynley. Su expresión era indescifrable. No dijo nada.
– ¿Ha pensado alguna vez en las implicaciones del suicidio de Edward Hsu? -preguntó Lynley.
– El que sólo un estudiante chino se haya suicidado en quinientos años de historia del colegio no significa nada para mí. Tampoco veo ninguna relación entre esa muerte y la de Matthew Whateley. Si usted la ve, le agradecería que me la indicara. A menos que, por supuesto, saque a relucir de nuevo a Giles Byrne y a su relación con ambos muchachos. En ese caso, también debería relacionarla con Elaine Roly, y con Frank Orten, y con todos los que trabajaban en el colegio en 1975.
– ¿Trabajaba Cowfrey Pitt en aquel tiempo?
– Sí.
– ¿Ya existían los Voluntarios de Bredgar?
– Sí. ¿Qué demonios tiene eso que ver con…?
Lynley le impidió continuar.
– Su mujer nos habló largamente sobre los esfuerzos que ha llevado a cabo usted para aumentar el número de matriculaciones, rector, y para mejorar los resultados de los exámenes. Sin embargo, para conseguir un alto nivel de resultados tendrá que haber seleccionado con mucho cuidado a los estudiantes que ingresaban, mediante una beca u otros conductos, ¿verdad?