La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Vamos más adelante -dijo Phineas cuando alcanzaron las rocas; se veían a la luz entremezclada de las estrellas y el amanecer las huellas de un burdo pero bien delineado sendero que se abría paso entre las rocas-; es uno de nuestros antiguos chozos de caza. ¡Vámonos!
Phineas iba delante, saltando como una cabra por los riscos con el niño en brazos. Le seguía Jim, llevando a su temblorosa madre al hombro, y George y Eliza iban los últimos. El grupo de jinetes llegó a la valla y, entre gritos y juramentos, empezaron a desmontar y se dispusieron a seguirlos. Después de unos minutos de escalada, alcanzaron el saliente, donde el sendero se metió por un desfiladero, por el que tuvieron que pasar de uno en uno, hasta que llegaron a una hendidura o grieta de más de una yarda de anchura, al otro lado de la cual yacía un montón de rocas, separadas del resto del saliente y alcanzando treinta pies de altura, con muros altos y perpendiculares como los de un castillo. Phineas saltó la grieta sin dificultad y sentó al niño sobre un suave lecho de crujiente musgo blanco que cubría la superficie de la roca.
– ¡Cruzad! -gritó-. ¡Saltad de una vez, que vuestra vida depende de ello! decía, mientras fueron pasando uno tras otro. Varios fragmentos de piedra formaban una especie de parapeto que les ocultaba a la vista de los de más abajo.
– Bien, aquí estamos todos -dijo Phineas, asomándose al parapeto para ver a los asaltantes, que trepaban alborotados por las rocas-. ¡Que nos cojan si pueden! Los que vengan aquí tendrán que pasar en fila india entre aquellas dos rocas, bien al alcance de vuestras pistolas, muchachos, ¿lo veis?
– Sí, lo veo -dijo George-, y ahora, como es asunto nuestro, déjenos que nos arriesguemos y que peleemos nosotros.
– Estaré encantado de permitiros pelear solos, George -dijo Phineas, masticando unas hojas de gaultería mientras hablaba-, pero puedo divertirme mirando, supongo. Pero mirad, estos tipos están discutiendo y mirando como gallinas a punto de posarse en la percha. ¿No deberíais advertirles, antes de que suban, para que sepan lo fácil que os será dispararles si lo hacen?
El grupo de abajo, más visible ahora a la luz del amanecer, consistía en nuestros viejos conocidos Tom Loker y Marks, junto con dos alguaciles y un posse comítatus [27], constituido por todos los camorristas de la última taberna a los que podía tentar un poco de coñac para que participaran en la diversión de ir a atrapar a unos cuantos negros.
– Bien, Tom, ya tenemos prácticamente atrapados a tus mapaches.
– Sí, los he visto subir por ahí -dijo Tom- y aquí está el sendero. Estoy por subir directamente. No les será fácil bajar y podremos sacarlos en un periquete.
– Pero, Tom, podrían dispararnos desde detrás de las rocas -dijo Marks-. La cosa podría ponerse fea.
– ¡Bah! -dijo Tom con escarnio-. Siempre quieres salvar el pellejo, Marks. No hay peligro. Los negros están siempre demasiado asustados.
– No sé por que no voy a querer salvar el pellejo -dijo Marks-. Es el único que tengo; y a veces los negros pelean como demonios.
En este momento apareció George en lo alto de una roca por encima de ellos y, hablando con voz tranquila y clara, dijo:
– Caballeros, ¿quiénes son ustedes y qué desean?
– Queremos a una cuadrilla de negros fugados -dijo Tom Loker-. Un tal George Harris y Eliza Harris y su hijo, y Jim Selden y una anciana. Traemos a los alguaciles y una orden de arresto; y nos los vamos a llevar, ¿me oyes? ¿No eres tú George Harris, propiedad del señor Harris del condado de Shelby en Kentucky?
– Soy George Harris. Un tal señor Harris de Kentucky solía llamarme propiedad suya. Pero ahora soy un hombre libre sobre la tierra libre de Dios, y reclamo a mi esposa y a mi hijo como míos. Jim y su madre también están aquí. Tenemos armas para defendemos y pensamos usarlas. Podéis subir, si queréis; pero el primero que se ponga al alcance de nuestras balas es un hombre muerto, y el siguiente, y el siguiente y todos hasta que no quede ninguno.
– ¡Vamos, vamos! -dijo un hombre bajito y rechoncho, adelantándose y sonándose la nariz al mismo tiempo-. Joven, no deberías hablar de esa forma. Verás, nosotros somos oficiales de la justicia. Tenemos la ley y el poder y todo lo demás de nuestra parte, así que será mejor que os rindáis pacíficamente, porque al final no tendréis más remedio que entregaros.
– Sé muy bien que tenéis la ley y el poder de vuestra parte -dijo amargamente George-. Pensáis coger a mi esposa para venderla en Nueva Orleáns, colocar a mi hijo en el corral de un tratante como si fuese un ternero y devolver a la madre de Jim al bruto que la azotó y maltrató antes cuando no pudo maltratar a su hijo. Queréis mandar a Jim y a mí de vuelta para que nos azoten y torturen y nos pisoteen bajo sus botas los que vosotros llamáis amos; y vuestras leyes os apoyan, lo que es una vergüenza para ellas y para vosotros. Pero no nos tenéis. Nosotros no reconocemos vuestras leyes; no reconocemos vuestro país; estamos aquí de pie, tan libres bajo el cielo del Señor como lo sois vosotros; y juro por el gran Dios que nos creó que lucharemos por nuestra libertad hasta la muerte.
George estaba a la vista de todos encima de la roca mientras hacía su declaración de independencia; el resplandor de la aurora teñía con un rubor sus mejillas oscuras y la amarga indignación y la ira prendían fuego a sus ojos negros; tenía la mano alzada hacia el cielo mientras hablaba como si apelara a la justicia de Dios para el hombre.
Si hubiera sido un joven húngaro defendiendo valientemente en alguna plaza fuerte de las montañas la salida de fugitivos que se escapaban de Austria para huir a América, hubiese sido de un heroísmo sublime; pero como se trataba de un joven de ascendencia africana defendiendo la salida de fugitivos de América a Canadá, es natural que nos mostremos demasiado instruidos y patrióticos para apreciar el heroísmo de la situación; y si lo hace alguno de nuestros lectores, debe hacerlo bajo su propia responsabilidad. Cuando los desesperados fugitivos húngaros consiguen llegar a Áménca, a pesar de las autoridades y todas las órdenes de arresto de su legítimo gobierno, la prensa y los representantes políticos les aplauden y les dan la bienvenida [28]. Cuando los desesperados fugitivos africanos hacen lo propio, es… ¿pero qué es?
Sea como sea, lo cierto es que la actitud, la mirada, la voz y la manera de ser del orador dejaron sin habla a los miembros del grupo durante un momento. Hay algo en la valentía y la resolución que hace callar hasta a la naturaleza más bruta durante un rato. Marks era el único al que no le hizo ningún efecto. Amartilló pausadamente su pistola y, en el silencio momentáneo que siguió al discurso de George, le disparó.
– Es que dan lo mismo por él muerto que vivo en Kentucky-dijo fríamente, mientras se limpiaba la pistola con la manga de la chaqueta.
George saltó hacia atrás… Eliza gritó… la bala había pasado rozándole el cabello a él, casi surcando la mejilla de su esposa y había ido a parar en un árbol que estaba arriba.
– No es nada, Eliza -dijo George enseguida.
– Más te vale mantenerte oculto en vez de soltar discursos -dijo Phineas-; pues son unos granujas ruines.
– Bueno, Jim -dijo George-, comprueba que están bien tus pistolas y vigila el desfiladero conmigo. Yo dispararé al primer hombre que se asome; tú, al segundo y así sucesivamente. No debemos desperdiciar dos balas en uno.
– Pero si no le das, ¿qué?
– Le daré -dijo fríamente George.
– Bien, este tipo tiene agallas -murmuró Phineas entre dientes.
La cuadrilla de abajo se quedó algo indecisa un momento tras el disparo de Marks.
[27] Grupo de civiles armados que el alguacil puede alistar para fines policiales.
[28] Durante 1851 y 1852 el interés estadounidense en la escena política europea se centró en Hungría. La política centralista de la casa austríaca de Habsburgo había fomentado el descontento en este país, y se inició en 1820 un movimiento nacionalista-liberal que proclamó la república y eligió presidente al dirigente de dicho movimiento, Lajos Kossuth (1802-1894). Con la ayuda rusa, los austríacos disolvieron el Gobierno de Kossuth y reinstauraron el régimen absolutista y unitario. El emperador Francisco José, por el compromiso de 1867, dividió el imperio en dos Estados constitucionales de iguales derechos, con un gobierno central y un monarca, que adoptó los títulos de emperador de Austria y rey de Hungría. Kossuth se convirtió en símbolo de la lucha por la independencia del país con el papel que desempeñó en la revolución húngara de 1848-1849. En diciembre de 1851 inició una visita a Estados Unidos para recaudar financiación económica y el compromiso político de ayuda a una nueva revolución contra Austria y Rusia, y fue recibido con todos los honores de un héroe. Stowe respondió al entusiasmo que el revolucionario inspiraba entre sus compatriotas incorporando varias referencias a la lucha independentista húngara en La cabaña del tío Tom. Como explica Reynolds, si por una parte la escritora utilizó la revolución europea como fondo ominoso en el que sitúa los acontecimientos de su obra, apuntando hacia las consecuencias apocalípticas que un posible levantamiento de las masas oprimidas (los esclavos) en Estados Unidos acarrearía -Como estaba sucediendo en el Viejo Continente-; por otra, se valió de la lucha húngara por la libertad como nexo aglutinador del heroísmo de sus personajes principales. Así, aquí George, encaramándose a lo alto de una roca, realiza su declaración de independencia, y se le compara con un revolucionario húngaro. Y en el CAPÍTULO XXVIII, St. Clare vuelve a mencionar a los aristócratas húngaros, y tal como actúan ellos, él también lo hará. Para un estudio de la acogida e impresión de Kossuth en los Estados Unidos y en algunos escritores contemporáneos, véase Reynolds, 157-161.