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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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Frunzo el ceño y él suspira.

– Ana, la negación del orgasmo es una práctica estándar en… Tú nunca… -No acaba la frase.

Me revuelvo en su regazo y él hace una mueca de dolor.

Oh. Me ruborizo.

– Perdona -le susurro.

Él pone los ojos en blanco y se echa hacia atrás de repente, arrastrándome con él para que quedemos los dos tumbados en la cama conmigo en sus brazos. El sujetador me resulta incómodo y me lo ajusto un poco.

– ¿Te ayudo? -me pregunta en voz baja.

Niego. No quiero que me toque los pechos. Cambia de postura para poder mirarme. Levanta una mano con precaución y la lleva hasta mi cara para acariciarme con los dedos. Se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas. ¿Cómo puede ser tan insensible a veces y tan tierno otras?

– No llores, por favor -murmura.

Este hombre me aturde y me confunde. Mi furia me ha abandonado cuando más la necesito… Me siento entumecida. Solo quiero acurrucarme y abstraerme de todo. Parpadeo intentando controlar las lágrimas y le miro a los ojos angustiados. Inspiro hondo, todavía temblorosa, sin apartar los ojos de los suyos. ¿Qué voy a hacer con este hombre tan controlador? ¿Aprender a dejarle que me controle? No lo creo…

– Yo nunca ¿qué? -le pregunto.

– Nunca haces lo que te digo. Cambias de idea y no me dices dónde estás. Ana, estaba en Nueva York, furioso e impotente. Si hubiera estado en Seattle te habría obligado a volver a casa.

– ¿Por eso me estás castigando?

Traga saliva y después cierra los ojos. No tiene respuesta para eso, pero yo sé que castigarme era lo que pretendía.

– Tienes que dejar de hacer esto -le digo.

Arruga la frente.

– Primero, porque al final solo acabas sintiéndote peor que cuando empezaste.

Él ríe burlón.

– Eso es cierto -murmura-. No me gusta verte así.

– Y a mí no me gusta sentirme así. Me dijiste cuando estábamos en el Fair Lady que yo no soy tu sumisa, soy tu mujer.

– Lo sé, lo sé -reconoce en voz baja y ronca.

– Bueno, pues deja de tratarme como si lo fuera. Siento no haberte llamado. Procuraré no ser tan egoísta la próxima vez. Ya sé que te preocupas por mí.

Me mira fijamente, examinándome de cerca con los ojos sombríos y ansiosos.

– Vale, está bien -dice por fin.

Se inclina hacia mí, pero se para justo antes de que sus labios toquen los míos en una petición silenciosa de permiso. Yo acerco mi cara a la suya y él me besa tiernamente.

– Después de llorar tienes siempre los labios tan suaves… -murmura.

– No prometí obedecerte, Christian -le susurro.

– Lo sé.

– Tienes que aprender a aceptarlo, por favor. Por el bien de los dos. Y yo procuraré tener más en cuenta tus… tendencias controladoras.

Se le ve perdido y vulnerable, completamente abrumado.

– Lo intentaré -murmura con una evidente sinceridad en la voz.

Suspiro profundamente para tranquilizarme.

– Sí, por favor. Además, si yo hubiera estado aquí…

– Lo sé -me dice y palidece. Vuelve a tumbarse y se coloca el brazo libre sobre la cara. Yo me acurruco junto a él y apoyo la cabeza en su pecho. Los dos nos quedamos en silencio un rato. Su mano baja hasta el final de mi trenza y me quita la goma, soltándome el pelo, para después lenta y rítmicamente peinármelo con los dedos. De eso es de lo que va todo esto: de su miedo, un miedo irracional por mi seguridad. Me viene a la mente la imagen de Jack Hyde tirado en el suelo del piso con la Glock al lado de la mano. Bueno, tal vez no sea un miedo tan irracional. Por cierto, eso me recuerda…

– ¿Qué querías decir antes, cuando has dicho «ni que»…? -insisto.

– ¿«Ni que»?

– Era algo sobre Jack.

Levanta la cabeza para mirarme.

– No te rindes nunca, ¿verdad?

Apoyo la barbilla en su esternón disfrutando de la caricia tranquilizadora de sus dedos entre mi pelo.

– ¿Rendirme? Jamás. Dímelo. No me gusta que me ocultes las cosas. Parece que tienes la incomprensible idea de que necesito que me protejan. Tú no sabes disparar, yo sí. ¿Crees que no podría encajar lo que sea que no me estás contando, Christian? He tenido a una de tus ex sumisas persiguiéndome y apuntándome con un arma, tu ex amante pedófila me ha acosado… No me mires así -le digo cuando me mira con el ceño fruncido-. Tu madre piensa lo mismo de ella.

– ¿Has hablado con mi madre de Elena? -La voz de Christian sube unas cuantas octavas.

– Sí, Grace y yo hablamos de ella.

Christian me mira con la boca abierta.

– Tu madre está muy preocupada por eso y se culpa.

– No me puedo creer que hayas hablado de eso con mi madre. ¡Mierda! -Vuelve a tumbarse y a cubrirse la cara con el brazo.

– No le di detalles.

– Eso espero. Grace no necesita saber los detalles escabrosos. Dios, Ana. ¿A mi padre también se lo has dicho?

– ¡No! -Niego con la cabeza con vehemencia. No tengo tanta confianza con Carrick. Y sus comentarios sobre el acuerdo prematrimonial todavía me escuecen-. Pero estás intentando distraerme… otra vez. Jack. ¿Qué pasa con él?

Christian levanta el brazo un momento y me mira con una expresión impenetrable. Suspira y vuelve a taparse con el brazo.

– Hyde estuvo implicado en el sabotaje de Charlie Tango. Los investigadores encontraron una huella parcial, pero no pudieron establecer ninguna coincidencia definitiva. Pero después tú reconociste a Hyde en la sala del servidor. Le arrestaron algunas veces en Detroit cuando era menor, así que sus huellas están en el sistema. Y coinciden con la parcial.

Mi mente empieza a funcionar a mil por hora mientras intento absorber toda esa información. ¿Fue Jack el que averió el helicóptero? Pero Christian ha cogido carrerilla.

– Esta mañana encontraron una furgoneta de carga aquí, en el garaje. Hyde la conducía. Ayer le trajo no sé qué mierda al tío que se acaba de mudar, ese con el que subimos en el ascensor.

– No recuerdo su nombre.

– Yo tampoco -dice Christian-. Pero así es como Hyde consiguió entrar en el edificio. Trabaja para una compañía de transportes…

– ¿Y qué tiene esa furgoneta de especial?

Christian se queda callado.

– Christian, dímelo.

– La policía ha encontrado… cosas en la furgoneta. -Se detiene de nuevo y me aprieta con más fuerza.

– ¿Qué cosas?

Permanece callado unos segundos y yo abro la boca para animarle a seguir, pero él empieza a hablar por su propia voluntad.

– Un colchón, suficiente tranquilizante para caballos para dormir a una docena de equinos y una nota. -Su voz ha ido bajando hasta convertirse en apenas un susurro y noto que le embargan el horror y la repulsión.

Maldita sea…

– ¿Una nota? -Mi voz suena igual que la suya.

– Iba dirigida a mí.

– ¿Y qué decía?

Christian niega con la cabeza para decirme que no lo sabe o que no me va a revelar lo que ponía.

Oh.

– Hyde vino aquí ayer con la intención de secuestrarte. -Christian se queda petrificado y con la cara tensa. Cuando lo dice recuerdo la cinta americana y, aunque ya lo sabía, un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

– Mierda -murmuro.

– Eso mismo -responde Christian, todavía tenso.

Intento recordar a Jack en la oficina. ¿Siempre estuvo loco? ¿Cómo ha podido seguir adelante con algo así? Vale, era un poco repulsivo, pero esto es una locura…

– No entiendo por qué -le digo-. No tiene sentido.

– Lo sé. La policía sigue indagando y también Welch. Pero creemos que la conexión tiene que estar en Detroit.

– ¿Detroit? -Le miro confundida.

– Sí. Tiene que haber algo allí.

– Sigo sin comprender…

Christian levanta la cabeza y me mira con una expresión inescrutable.

– Ana, yo nací en Detroit.

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