Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– Lo sé -murmura con voz ronca-. Así me haces sentir tú.
¿Qué? Gruño y él empieza de nuevo a someter a mis pezones a esa agonía dulce una y otra vez… acercándome cada vez más.
– Por favor… -lloriqueo.
Emite un sonido grave y primitivo desde su garganta y se pone de pie, dejándome abandonada, sin aliento y tirando de las esposas que me atan. Me acaricia los costados con las manos. Deja una en la cadera y otra sigue bajando por mi vientre.
– Vamos a ver cómo estás -me dice con suavidad. Me cubre el sexo con la mano y me roza el clítoris con el pulgar, lo que me hace gritar. Lentamente mete un dedo en mi interior y después un segundo dedo. Gimo y proyecto las caderas hacia delante, ansiosa por acercarme a sus dedos y a la palma de su mano-. Oh, Anastasia, estás más que lista -me susurra.
Hace movimientos circulares con los dedos que tiene en mi interior, una y otra vez, y me acaricia el clítoris con el pulgar, arriba y abajo, sin parar. Es el único punto del cuerpo en que me está tocando y toda la tensión y la ansiedad del día se están concentrando en esa parte de mi anatomía.
Oh, Dios mío… esto es intenso… y extraño… la música… empiezo a acercarme… Christian se mueve, sin detener los movimientos de su mano dentro y fuera de mí, y de repente oigo un zumbido suave.
– ¿Qué es…? -pregunto casi sin aliento.
– Chis… -me dice para que me calle y aprieta sus labios contra los míos, su eficaz forma de silenciarme. Agradezco ese contacto más cálido y más íntimo y le devuelvo el beso vorazmente. Él rompe el contacto y oigo el zumbido más cerca-. Esto es una varita, nena. Vibra.
Me la apoya en el pecho y noto un objeto con forma de bola que vibra contra mi piel. Me estremezco cuando empieza a bajarla por mi cuerpo y entre mis pechos y a desplazarla para que entre en contacto con uno y después con el otro pezón. Me embargan un cúmulo de sensaciones: siento cosquillas por todo el cuerpo y el cerebro en llamas cuando una necesidad oscura, muy oscura, se concentra en el fondo de mi vientre.
– Ah -lloriqueo y los dedos de Christian siguen moviéndose dentro de mí. Estoy muy cerca… toda esta estimulación… Echo atrás la cabeza y dejo escapar un gemido muy alto. Entonces Christian para de mover los dedos y todas las sensaciones se esfuman-. ¡No! Christian… -le suplico y proyecto las caderas hacia delante para intentar lograr algo de fricción.
– Quieta, nena -me dice mientras siento que la posibilidad del orgasmo se aleja y se desvanece. Se acerca otra vez y me besa-. Es frustrante, ¿no? -me dice.
¡Oh, no! Acabo de entender de qué va este juego.
– Christian, por favor.
– Chis… -me dice y me da otro beso. Y vuelve a retomar el movimiento: la varita, los dedos, el pulgar… Una combinación letal de tortura sensual. Se acerca para que su cuerpo roce el mío. Él todavía está vestido: la tela de sus vaqueros me roza la pierna y su erección la cadera. Está tan cerca… Vuelve a llevarme casi hasta el clímax, mi cuerpo pidiendo a gritos la liberación, y entonces se detiene.
– No -gimoteo.
Me da unos besos suaves y húmedos en el hombro y saca sus dedos de mí a la vez que va bajando la varita. El juguete se desliza por mi estómago, mi vientre y mi sexo hasta tocarme el clítoris. Joder, esto es tan intenso…
– ¡Ah! -grito y tiro fuerte de las esposas.
Tengo todo el cuerpo tan sensible que siento que voy a explotar. Y justo cuando creo que ya ha llegado el momento, Christian vuelve a detenerse.
– ¡Christian! -chillo.
– Frustrante, ¿eh? -murmura contra mi garganta-. Igual que tú. Prometes una cosa y después… -No acaba la frase.
– ¡Christian, por favor! -le suplico.
Aprieta la varita contra mí una y otra vez, parando justo en el momento álgido cada vez. ¡Ah!
– Cada vez que paro, cuando vuelvo a empezar es más intenso, ¿verdad?
– Por favor… -le pido casi en un sollozo. Mis terminaciones nerviosas necesitan esa liberación.
El zumbido cesa y Christian me da otro beso y me acaricia la nariz con la suya.
– Eres la mujer más frustrante que he conocido.
No, no, ¡no!
– Christian, no he prometido obedecerte. Por favor, por favor…
Se coloca delante de mí, me coge con fuerza por el culo y aprieta su cadera contra mí. Eso me provoca un respingo porque su entrepierna está en contacto con la mía a pesar de la ropa. Los botones de sus vaqueros, que contienen a duras penas su erección, presionan contra mi carne. Con una mano me quita el pañuelo que me tapa los ojos y me coge la barbilla. Parpadeo y cuando recupero la vista me encuentro con su mirada abrasadora.
– Me vuelves loco -susurra empujándome con la cadera una vez, dos, tres, haciendo que mi cuerpo empiece a soltar chispas a punto de arder. Y otra vez me lo niega. Le deseo tanto… Le necesito tanto… Cierro los ojos y murmuro una oración. Me siento castigada, no puedo evitarlo. Estoy indefensa y él está siendo implacable. Se me llenan los ojos de lágrimas. No sé hasta dónde va a llegar esto.
– Por favor… -vuelvo a suplicarle en un susurro.
Pero me mira sin ninguna piedad. Tiene intención de continuar. Pero ¿cuánto? ¿Puedo jugar a esto? No. No. No… No puedo hacerlo. No va a parar. Va a seguir torturándome. Sus manos bajan por mi cuerpo otra vez. No… Y repentinamente el dique estalla: toda la aprensión, la ansiedad y el miedo de los últimos días me embargan y otra vez se me llenan los ojos de lágrimas. Aparto la mirada de la suya. Esto no es amor. Es venganza.
– Rojo -sollozo-. Rojo. Rojo. -Las lágrimas empiezan a correrme por la cara.
Él se queda petrificado.
– ¡No! -grita asombrado-. Dios mío, no…
Se acerca rápidamente, me suelta las manos y me agarra por la cintura mientras se agacha para soltarme los tobillos. Yo entierro la cabeza entre las manos y sollozo.
– No, no, no, Ana, por favor. No.
Me coge en brazos y me lleva a la cama, se sienta y me acaricia en su regazo mientras lloro inconsolable. Estoy sobrepasada… Mi cuerpo está tenso casi hasta el punto de romperse, tengo la mente en blanco y he perdido totalmente el control de mis emociones. Estira la mano detrás de mí, arranca la sábana de seda de la cama de cuatro postes y me envuelve con ella. La sábana fría me parece algo extraño y desagradable sobre mi piel demasiado sensible. Me rodea con los brazos, me abraza con fuerza y me acuna.
– Lo siento, lo siento -murmura Christian con voz ronca. No deja de darme besos en el pelo-. Ana, perdóname, por favor.
Giro la cara para ocultarla en su cuello y sigo llorando. Siento una liberación catártica. Han pasado tantas cosas en los últimos días: incendios en salas de ordenadores, persecuciones en la carretera, carreras que han planeado otros por mí, arquitectas putonas, lunáticos armados en el piso, discusiones, la ira de Christian y su viaje. No quiero que Christian se vaya… Utilizo la esquina de la sábana para limpiarme la nariz y gradualmente vuelvo a oír los tonos clínicos de Bach que siguen resonando en la habitación.
– Apaga la música, por favor -le pido sorbiendo por la nariz.
– Sí, claro. -Christian se mueve, sin soltarme, saca el mando a distancia del bolsillo de atrás de los vaqueros, pulsa un botón y la música de piano cesa y ya solo se oye mi respiración temblorosa-. ¿Mejor? -me pregunta.
Asiento y mis sollozos se van calmando. Christian me enjuga las lágrimas tiernamente con el pulgar.
– No te gustan mucho las Variaciones Goldberg de Bach, ¿eh? -me dice.
– No esas en concreto.
Me mira intentando ocultar la vergüenza que siente, pero fracasa estrepitosamente.
– Lo siento -vuelve a decir.
– ¿Por qué has hecho eso? -Apenas se me oye. Sigo tratando de procesar el torbellino de pensamientos y emociones que siento.
Niega con la cabeza tristemente y cierra los ojos.
– Me he dejado llevar por el momento -dice de forma poco convincente.