Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– Siéntate bien -me ordena.
Hago un mohín.
– Te voy a azotar si haces mohínes. Abre bien la boca.
Oh, mierda. Abro la boca y él mete un tenedor con cordero caliente y especiado cubierto por una salsa de yogur fría y con sabor a menta. Mmm… Mastico.
– ¿Te gusta?
– Sí.
Él emite un sonido de satisfacción y sé que también está comiendo.
– ¿Más?
Asiento. Me da otro trozo y yo lo mastico con energía. Deja el tenedor y parte algo… pan, creo.
– Abre -me manda.
Esta vez es pan de pita con humus. Veo que la señora Jones (o tal vez Christian) ha ido de compras a la tienda de delicatessen que yo descubrí hace unas cinco semanas a solo dos manzanas del Escala. Mastico encantada. El Christian juguetón me aumenta el apetito.
– ¿Más? -me pregunta.
Asiento.
– Más de todo. Por favor. Me muero de hambre.
Oigo su sonrisa de placer. Me va dando de comer lenta y pacientemente, en ocasiones me quita un resto de comida de la comisura de la boca con un beso o con los dedos. De vez en cuando me ofrece un sorbo de vino de esa forma suya tan particular.
– Abre bien y después muerde -me dice, y yo lo hago.
Mmm… Una de mis comidas favoritas: hojas de parra rellenas. Están deliciosas, aunque frías; las prefiero calientes pero no quiero arriesgarme a que Christian vuelva a quemarse. Me las va dando lentamente y, cuando termino, le chupo los dedos para limpiárselos.
– ¿Más? -me pregunta con voz baja y ronca.
Niego con la cabeza. Estoy llena.
– Bien -me susurra al oído-, porque ha llegado la hora de mi plato favorito. Tú. -Me coge en sus brazos por sorpresa y yo chillo.
– ¿Puedo quitarme el pañuelo de los ojos?
– No.
Estoy a punto de hacer un mohín, pero recuerdo su amenaza y me reprimo.
– Al cuarto de juegos -me avisa.
Oh, no sé si eso es una buena idea…
– ¿Lista para el desafío? -me pregunta. Y como ya se ha acostumbrado a la palabra «desafío» no puedo negarme.
– Allá vamos… -le respondo con el cuerpo lleno de deseo y de algo a lo que no quiero ponerle nombre. Cruza la puerta de la cocina conmigo en brazos y después subimos al piso de arriba.
– Creo que has adelgazado -dice con desaprobación. ¿Ah, sí? Bien. Recuerdo su comentario cuando llegamos de la luna de miel y lo poco que me gustó. Dios, ¿ya ha pasado una semana?
Cuando llegamos al cuarto de juegos me baja pero sigue rodeándome la cintura con el brazo. Abre la puerta con destreza.
Esa habitación siempre huele iguaclass="underline" a madera pulida y a algo cítrico. Se ha convertido en un olor que me resulta tranquilizador. Christian me suelta y me gira hasta que quedo de espaldas a él. Me quita el pañuelo y yo parpadeo ante la tenue luz. Desprende las horquillas del moño y mi trenza cae. Me la coge y tira un poco para que tenga que dar un paso atrás y pegarme a él.
– Tengo un plan -me susurra al oído, y eso provoca que un estremecimiento me recorra la espalda.
– Eso pensaba -le respondo. Me da un beso detrás de la oreja.
– Oh, señora Grey, claro que lo tengo. -Su tono es suave y cautivador. Tira de la trenza hacia un lado y me recorre la garganta con suaves besos-. Primero tenemos que desnudarte. -Su voz ronronea desde lo más profundo de su garganta y reverbera por todo mi cuerpo. Quiero esto, lo que sea que haya planeado. Quiero que volvamos a conectar. Me gira para que le mire. Yo bajo la mirada hasta sus vaqueros, que todavía tienen el primer botón desabrochado, y no puedo resistirme. Meto el dedo por debajo de la cintura, evitando la camiseta y siento que el vello de su vientre me hace cosquillas en el nudillo. Él inhala bruscamente y yo levanto la vista para mirarle. Me paro en el botón desabrochado y sus ojos adoptan un tono más oscuro de gris. Oh, madre mía…
– Tú deberías quedarte con estos puestos -le susurro.
– Esa era mi intención, Anastasia.
Y entonces se mueve y me pone una mano en la nuca y otra en el culo. Me aprieta contra él y su boca se cierra sobre la mía besándome como si su vida dependiera de ello.
¡Uau!
Me obliga a caminar hacia atrás, con nuestras lenguas todavía entrelazadas, hasta que noto la cruz de madera justo detrás de mí. Se acerca todavía más y su cuerpo se contonea y se aprieta contra el mío.
– Fuera el vestido -dice subiéndome el vestido por los muslos, las caderas, el vientre… deliciosamente lento, con la tela rozándome la piel y acariciándome los pechos-. Inclínate hacia delante -me ordena.
Obedezco y él me saca el vestido por la cabeza y lo tira a un lado, dejándome en sandalias, bragas y sujetador. Sus ojos arden cuando me coge las manos y me las levanta por encima de la cabeza. Parpadea una vez y ladea la cabeza y sé que es su forma de pedirme permiso. ¿Qué me va a hacer? Trago saliva y asiento y una leve sonrisa de admiración, casi de orgullo, aparece en sus labios. Me sujeta las muñecas con las esposas de piel que hay en la parte superior de la cruz y vuelve a sacar el pañuelo.
– Creo que ya has visto suficiente.
Me tapa los ojos de nuevo, y me recorre un escalofrío cuando noto que los demás sentidos se agudizan: percibo el sonido de su suave respiración, mi respuesta excitada, la sangre que me late en los oídos, el olor de Christian mezclado con el de la cera y los cítricos de la habitación… Todas las sensaciones están más definidas porque no puedo ver. Su nariz toca la mía.
– Te voy a volver loca -me susurra. Me agarra las caderas con las manos y baja para quitarme las bragas, acariciándome las piernas a su paso.
Volverme loca… uau.
– Levanta los pies, primero uno y luego el otro. -Obedezco y me quita primero las bragas y después una sandalia seguida de la otra. Me coge suavemente un tobillo y tira un poco de mi pierna hacia la derecha-. Baja el pie -me dice y después me esposa el tobillo derecho a la cruz. Seguidamente hace lo mismo con el izquierdo.
Estoy indefensa, con los brazos y las piernas extendidos y sujetos a la cruz. Christian se acerca a mí y noto su calor en todo el cuerpo aunque no me toca. Un segundo después me agarra la barbilla, me levanta la cabeza y me da un beso casto.
– Un poco de música y juguetes, me parece. Está preciosa así, señora Grey. Me voy a tomar un instante para admirar la vista. -Su voz es suave. Todo se tensa en mi interior.
Un minuto (o dos) después le oigo caminar hasta la cómoda y abrir uno de los cajones. ¿El cajón anal? No tengo ni idea. Saca algo que deja sobre la cómoda y luego algo más. Los altavoces cobran vida y un segundo después las notas de un piano que toca una melodía suave y cadenciosa llenan la habitación. Me suena: es Bach, creo, pero no sé qué pieza. Algo en esa música me inquieta. Tal vez es porque es demasiado fría, como distante. Frunzo el ceño intentando entender por qué me da esa sensación, pero Christian me agarra la barbilla, sobresaltándome, y tira un poco de mi labio inferior para que deje de mordérmelo. ¿Por qué siento esta incomodidad? ¿Es la música?
Christian me acaricia la barbilla, la garganta y va bajando hasta mis pechos, donde tira de la copa del sujetador con el pulgar para liberar el pecho de su aprisionamiento. Ronronea ronco desde el fondo de su garganta y me besa en el cuello. Sus labios recorren el mismo camino que han hecho sus dedos un momento antes hasta mi pecho, besando y succionando a su paso. Sus dedos se dirigen a mi pecho izquierdo, liberándolo también del sujetador. Gimo cuando me acaricia el pezón izquierdo con el pulgar y sus labios se cierran sobre el derecho, tirando y acariciando hasta que los dos pezones están duros y prominentes.
– Ah…
Él no se detiene. Con un cuidado exquisito aumenta poco a poco la intensidad sobre los dos pezones. Tiro infructuosamente de las esposas cuando siento unas punzadas de placer que salen de mis pezones y recorren mi cuerpo hasta la entrepierna. Intento retorcerme, pero apenas puedo moverme y eso hace la tortura más intensa.
– Christian… -le suplico.