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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– Creo que conozco bien tus problemas, Christian. -Hay ironía en mi voz y él entorna los ojos para ocultar la diversión que ha aparecido en ellos momentáneamente.

¿Vamos a pelear? Doy un paso atrás para prepararme. Tengo que establecer una distancia física con éclass="underline" con su olor, su mirada y su cuerpo que me distrae con esos vaqueros. Frunce el ceño y se aparta.

– ¿Por qué volviste de Nueva York? -le pregunto directamente. Acabemos con esto cuando antes.

– Ya sabes por qué. -Su tono es de clara advertencia.

– ¿Porque salí con Kate?

– Porque no cumpliste tu palabra y me desafiaste, exponiéndote a un riesgo innecesario.

– ¿Que no cumplí mi palabra? ¿Así es como lo ves? -exclamo ignorando el resto de la frase.

– Sí.

Madre mía. Hablando de reacciones exageradas… Empiezo a poner los ojos en blanco pero paro al ver que me mira con el ceño fruncido.

– Christian, cambié de idea -le explico lentamente, con paciencia, como si fuera un niño-. Soy una mujer. Es muy normal en las mujeres cambiar de opinión. Lo hacemos constantemente.

Parpadea como si no comprendiera lo que acabo de decir.

– Si se me hubiera ocurrido que ibas a cancelar tu viaje por eso… -Me faltan las palabras y me doy cuenta de que no sé qué decir. Me veo por un momento volviendo a la discusión sobre los votos. No he prometido obedecerte, estoy a punto de decir, pero me muerdo la lengua porque en el fondo me alegro de que haya regresado. A pesar de su enfado, me alegro de que esté de vuelta sano y salvo; enfadado y echando chispas, pero aquí delante de mí.

– ¿Cambiaste de idea? -No puede ocultar su desdén y su incredulidad.

– Sí.

– ¿Y no me llamaste para decírmelo? -Se me queda mirando, todavía incrédulo, antes de continuar-. Y lo que es peor, dejaste al equipo de seguridad corto de efectivos en la casa y pusiste en peligro a Ryan.

Oh. No se me había ocurrido.

– Debería haberte llamado, pero no quería preocuparte. Si te hubiera llamado, me lo habrías prohibido, y echaba de menos a Kate. Quería salir con ella. Además, eso hizo que estuviera fuera del piso cuando vino Jack. Ryan no debería haberle dejado entrar. -Es todo tan confuso… Si Ryan no le hubiera permitido entrar, Jack seguiría por ahí.

Los ojos de Christian brillan salvajemente. Los cierra un momento y su cara se tensa por el dolor. Oh, no. Niega con la cabeza y antes de que me dé cuenta me está abrazando, apretándome contra él.

– Oh, Ana -susurra mientras me aprieta aún más, hasta que casi no puedo respirar-. Si te hubiera pasado algo… -Su voz es apenas un susurro.

– No me ha ocurrido nada -consigo decir.

– Pero podría haber ocurrido. Lo he pasado fatal hoy, todo el día pensando en lo que podría haber pasado. Estaba tan furioso, Ana. Furioso contigo, conmigo, con todo el mundo. No recuerdo haber estado nunca tan enfadado, excepto… -Deja de hablar.

– ¿Excepto cuándo? -le animo a continuar.

– Una vez en tu antiguo apartamento. Cuando estaba allí Leila.

Oh, no quiero recordar eso.

– Has estado tan frío esta mañana… -le digo y la voz se me quiebra en la última palabra al recordar lo mal que me he sentido por su rechazo en la ducha. Deja de abrazarme y sube las manos hasta mi nuca. Yo inspiro hondo mientras me echa atrás la cabeza.

– No sé cómo gestionar toda esta ira. Creo que no quiero hacerte daño -dice con los ojos muy abiertos y cautos-. Esta mañana quería castigarte con saña y… -No encuentra las palabras o le da demasiado miedo decirlas.

– ¿Te preocupaba hacerme daño? -termino la frase por él. No he creído ni un segundo que él pudiera hacerme daño, pero me siento aliviada de todas formas; una pequeña y despiadada parte de mí temía que su rechazo hubiera sido porque ya no me quería.

– No me fiaba de mí mismo -confiesa.

– Christian, sé que no eres capaz de hacerme daño. Ni físicamente ni de ninguna forma. -Le cojo la cabeza entre las manos.

– ¿Lo sabes? -me pregunta y oigo escepticismo en su voz.

– Sí, sé que lo que dijiste era una amenaza vacía. Sé que no quieres azotarme hasta que no lo pueda soportar.

– Sí que quería.

– Realmente no. Creías que querías.

– No sé si eso es así -murmura.

– Piénsalo -le digo abrazándole otra vez y acariciándole el pecho con la nariz por encima de la camiseta negra-. Piensa en cómo te sentiste cuando me fui. Me has dicho muchas veces cómo te dejó eso, cómo alteró tu forma de ver el mundo y a mí. Sé a lo que has renunciado por mí. Piensa cómo te sentiste al ver las marcas de las esposas durante la luna de miel.

Su cuerpo se tensa y sé que está procesando la información. Aprieto el abrazo con las manos en su espalda y siento los músculos tensos y tonificados bajo la camiseta. Se va relajando gradualmente.

¿Eso era lo que le estaba preocupando? ¿Que fuera capaz de hacerme daño? ¿Por qué tengo yo más fe en él que él mismo? No lo entiendo. No hay duda de que hemos avanzado. Normalmente es tan fuerte, tan dueño del control… pero sin él está perdido. Oh, Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta… Lo siento. Me da un beso en el pelo y yo levanto la cara. Sus labios se encuentran con los míos y me buscan, me dan y se llevan, me suplican… pero no sé el qué. Quiero seguir sintiendo su boca sobre la mía y le devuelvo el beso apasionadamente.

– Tienes mucha fe en mí -murmura cuando se separa.

– Sí que la tengo. -Me acaricia la cara con el dorso de los nudillos y la yema del pulgar, mirándome intensamente a los ojos. La furia ha desaparecido. Mi Cincuenta ha vuelto de donde estaba. Me alegro de verle. Le miro y le sonrío con timidez.

– Además -le susurro-, no tienes los papeles.

Se queda con la boca abierta por el asombro, divertido, y me aprieta contra su pecho otra vez.

– Tienes razón. -Ríe.

Estamos de pie en medio del salón, abrazados.

– Vamos a la cama -me pide tras no sé cuánto tiempo.

Oh, madre mía…

– Christian, tenemos que hablar.

– Después -dice.

– Christian, por favor. Habla conmigo.

Suspira.

– ¿De qué?

– Ya sabes. De no contarme las cosas.

– Quiero protegerte.

– No soy una niña.

– Soy perfectamente consciente de eso, señora Grey. -Me acaricia el cuerpo con una mano y al final la deja apoyada sobre mi culo. Mueve las caderas y su erección creciente se aprieta contra mí.

– ¡Christian! -le regaño-. Que me lo cuentes.

Vuelve a suspirar, exasperado.

– ¿Qué quieres saber? -pregunta resignado y me suelta. No me gusta eso; que me hable no quiere decir que tenga que soltarme. Me coge la mano y se agacha para recoger mi correo del suelo.

– Muchas cosas -digo mientras dejo que me lleve hasta el sofá.

– Siéntate -me ordena. Hay cosas que no cambian, me digo, pero hago lo que me pide. Christian se sienta a mi lado, se inclina hacia delante y apoya la cabeza en las manos.

Oh, no. ¿Esto es demasiado duro para él? Pero entonces se incorpora, se pasa las dos manos por el pelo y se vuelve hacia mí expectante y aceptando su destino.

– Pregunta -me dice directamente.

Oh. Bueno, esto va a ser más fácil de lo que creía.

– ¿Por qué le has puesto seguridad adicional a tu familia?

– Hyde también era una amenaza para ellos.

– ¿Cómo lo sabes?

– Por su ordenador. Tenía detalles personales míos y del resto de mi familia. Sobre todo de Carrick.

– ¿Carrick? ¿Y por qué?

– Todavía no lo sé. Vámonos a la cama.

– ¡Christian, dímelo!

– ¿Que te diga qué?

– Eres tan… irritante.

– Y tú también. -Me mira fijamente.

– No aumentaste la seguridad cuando descubriste la información sobre tu familia en el ordenador. ¿Qué pasó para que lo hicieras? ¿Por qué aumentarla ahora y no antes?

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