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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– Ana -dice en un jadeo y se acerca para besarme la garganta. Me agarra con fuerza y sigue entrando y saliendo lentamente, acercándome… cada vez más y más… con ese ritmo tan exquisito; una fuerza carnal fluida. Un placer delicioso irradia desde lo más profundo mientras él me abraza tan íntimamente-. Te quiero, Ana -me susurra al oído con voz baja y ronca y vuelve a levantarme… Arriba y abajo, arriba y abajo. Le rodeo la nuca con una mano y deslizo los dedos entre su pelo.

– Yo también te quiero, Christian. -Abro los ojos y lo encuentro mirándome y todo lo que veo es su amor que brilla con fuerza en la tenue luz del cuarto de juegos. Parece que su pesadilla ha quedado olvidada. Y cuando empiezo a sentir que mi cuerpo se está acercando a la liberación, me doy cuenta de que esto es lo que quería: esta conexión, esta demostración de nuestro amor.

– Córrete para mí, nena -me pide en voz muy baja. Cierro los párpados con fuerza y mi cuerpo se tensa al oír el sonido de su voz. Entonces me dejo llevar por el clímax y me corro en una espiral poderosa e intensa. Él se queda quieto con la frente apoyada contra la mía y susurra mi nombre muy bajito, me abraza y también se abandona al orgasmo.

Me levanta con cuidado y me tumba en la cama. Me quedo tumbada en sus brazos, agotada y al fin satisfecha. Christian me acaricia el cuello con la nariz.

– ¿Mejor ahora? -me pregunta en un susurro.

– Mmm.

– ¿Nos vamos a la cama o quieres dormir aquí?

– Mmm.

– Señora Grey, hábleme -pide divertido.

– Mmm.

– ¿Eso es todo lo que puedes articular?

– Mmm.

– Vamos, te voy a llevar a la cama. No me gusta dormir aquí.

Me muevo a regañadientes y me giro para mirarlo.

– Espera -le digo. Me mira y parpadea, los ojos muy abiertos e inocentes. Se le ve satisfecho-. ¿Estás bien? -le pregunto.

Asiente sonriendo travieso como un adolescente.

– Ahora sí.

– Oh, Christian. -Frunzo el ceño y le acaricio su preciosa cara-. Te preguntaba por la pesadilla.

Su expresión se tensa un instante y después cierra los ojos y me abraza con más fuerza, escondiendo la cara en mi cuello.

– No -dice en un susurro ronco.

Me da un vuelvo el corazón y yo también le abrazo fuerte y le acaricio la espalda y el pelo.

– Lo siento -digo alarmada por su reacción. Maldita sea, ¿cómo puedo saber cómo va a reaccionar con estos cambios de humor? ¿De qué iba la pesadilla? No quiero causarle más dolor haciéndole revivir los detalles-. No pasa nada -murmuro suavemente, deseando que vuelva a ser el niño juguetón de hace un momento-. No pasa nada -repito tranquilizadora.

– Vamos a la cama -me dice en voz baja un momento después.

Se aparta de mí, dejándome vacía y necesitada de su contacto, y se levanta de la cama. Yo también me levanto, envuelta en la sábana de seda, y me agacho para recoger mi ropa.

– Déjala -me dice, y antes de que me dé cuenta me coge en brazos-. No quiero que tropieces con esa sábana y te rompas el cuello. -Le rodeo con los brazos, asombrada de que ya haya recobrado la compostura, y le acaricio con la nariz mientras me lleva al dormitorio en el piso de abajo.

Abro los ojos de par en par. Algo no está bien. Christian no está en la cama, aunque aún es de noche. Miro el despertador y veo que son las tres y veinte de la madrugada. ¿Dónde está Christian? Entonces oigo el piano.

Salgo rápidamente de la cama, cojo la bata y corro por el pasillo hasta el salón. La melodía que está tocando es muy triste, un lamento acongojado que ya he le oído tocar antes. Me paro en el umbral y le contemplo en medio del círculo de luz mientras la música dolorosamente lastimera llena la habitación. Termina de tocar y vuelve a empezar la misma pieza. ¿Por qué una melodía tan triste? Me abrazo el cuerpo y escucho lo que toca embelesada. Christian, ¿por qué algo tan triste? ¿Es por mí? ¿Yo te he provocado esto? Cuando termina y va a empezarla una tercera vez, ya no puedo soportarlo más. No levanta la cabeza cuando me acerco al piano, pero se aparta un poco para que pueda sentarme a su lado en la banqueta. Sigue tocando y yo apoyo mi cabeza en su hombro. Me da un beso en el pelo, pero no deja de tocar hasta que termina la pieza. Le miro y descubro que él también me está mirando cauteloso.

– ¿Te he despertado? -me pregunta.

– Me ha despertado que no estuvieras. ¿Cómo se llama esa pieza?

– Es Chopin. Es uno de sus preludios en mi menor. -Christian se detiene un momento-. Se llama Asfixia

Estiro el brazo y le cojo la mano.

– Te ha alterado mucho todo esto, ¿eh?

Ríe burlonamente.

– Un gilipollas trastornado ha entrado en mi piso para secuestrar a mi mujer. Ella no hace nunca lo que le dicen. Me vuelve loco. Utiliza la palabra de seguridad conmigo. -Cierra los ojos brevemente y cuando vuelve a abrirlos su mirada es dura y salvaje-. Sí, todo esto me tiene un poco alterado.

Le aprieto la mano.

– Lo siento.

Él apoya su frente contra la mía.

– He soñado que estabas muerta -me susurra.

– ¿Qué?

– Tirada en el suelo, muy fría, y no te despertabas.

Oh, Cincuenta…

– Oye… Solo ha sido un mal sueño. -Le rodeo la cabeza con las manos. Sus ojos arden cuando le miro y la angustia que hay en ellos es terrible-. Estoy aquí y solo estoy fría cuando no estás conmigo en la cama. Vamos a la cama, por favor. -Le cojo la mano y me pongo de pie. Espero un momento para ver si me sigue. Por fin se pone de pie también. Lleva solo los pantalones del pijama, de esa forma holgada que hace que tenga unas ganas tremendas de meterle los dedos por debajo de la cinturilla… Pero me resisto y le llevo de nuevo al dormitorio.

Cuando me despierto, Christian está acurrucado junto a mí, durmiendo plácidamente. Me relajo y disfruto de su calor que me envuelve, piel contra piel. Me quedo muy quieta porque no quiero perturbar su sueño.

Dios, qué noche. Siento como si me hubiera arrollado un tren; el tren de mercancías que es mi marido. Es difícil de creer que el hombre que está tumbado a mi lado y que parece tan sereno y tan joven cuando duerme, era anoche una persona profundamente torturada… y profundamente torturadora por mí. Miro al techo y se me ocurre que siempre he pensado en Christian como alguien muy fuerte y muy dominante, cuando en realidad es tan frágil, mi pobre niño perdido… Y lo más irónico es que él me ve a mí como alguien frágil (y yo no creo que lo sea). Yo soy la fuerte en comparación con él.

Pero ¿tengo suficiente fuerza para los dos? ¿Suficiente para hacer lo que me dice y proporcionarle así un poco de serenidad mental? Suspiro. No me está pidiendo tanto. Repaso nuestra conversación de anoche. ¿Hemos decidido algo aparte de que ambos vamos a intentarlo con más ahínco? Lo importante de todo es que quiero a este hombre y necesito establecer un rumbo que nos sirva a ambos. Uno que me permita mantener mi integridad y mi independencia y a la vez seguir siendo lo que soy para él. Soy su más y él es mío. Decido hacer un esfuerzo especial este fin de semana para no darle ninguna causa de preocupación.

Christian se revuelve, levanta la cabeza de mi pecho y me mira adormilado.

– Buenos días, señor Grey -le digo sonriendo.

– Buenos días, señora Grey. ¿Ha dormido bien? -Se estira a mi lado.

– Una vez que mi marido dejó de aporrear el piano, sí.

Me dedica esa sonrisa tímida y yo me derrito.

– ¿Aporrear? Tengo que escribirle un correo a la señorita Kathie para decirle eso que me has dicho.

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