La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
Tanis suspiró, antes de consultar a sus amigos:
—¿Alguno de vosotros tiene idea de cómo hemos llegado hasta aquí o por qué vestimos tan singulares ropajes?
Todos menearon la cabeza en ademán negativo.
—Recuerdo el Mar Sangriento y el remolino —apuntó Goldmoon—. Pero el resto lo veo en una nebulosa, como un sueño.
—Yo recuerdo a Raist... —empezó a decir Caramon con el rostro grave pero, al sentir la mano de Tika deslizándose bajo la suya, la miró y se dulcificó su expresión—. También...
—Silencio —le amonestó Tika ruborosa, a la vez que apoyaba su rostro en el brazo del guerrero y dejaba que éste besara sus rojizos bucles—. No fue ningún sueño —le murmuró.
—En mi mente se agolpan ciertas imágenes —declaró Tanis con la mirada prendida en Berem—, pero fragmentadas e inconexas. No hay dos que logren encajar de un modo revelador. En cualquier caso, no debemos apoyarnos en la memoria sino mirar hacia el futuro. Iremos a Kalaman para averiguar qué ha sucedido en nuestra ausencia.¡Ni siquiera sé qué día es hoy! Ni qué mes, por supuesto. Luego...
—Nos encaminaremos hacia Palanthas —le atajó Caramon.
—Ya veremos —repuso el semielfo. Davey había regresado con un carro tirados por un esquelético caballo, y todos se pusieron en movimiento—. ¿Estás seguro de querer encontrar a tu hermano? —susurró Tanis en el oído del guerrero cuando se hubieron incorporado.
Caramon no contestó.
Los compañeros llegaron a Kalaman a media mañana.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó Tanis a Davey cuando el joven conducía el destartalado vehículo por las calles de la ciudad—. ¿Se celebra alguna fiesta?
La urbe estaba atestada, y la mayoría de los comercios permanecían cerrados. Los habitantes se congregaban en pequeños círculos para hablar en tonos apagados.
—Más parece un funeral—comentó Caramon—. Debe haber muerto alguna personalidad.
—O se avecina la guerra —apostilló el semielfo. Las mujeres sollozaban, los hombres adoptaban expresiones entre tristes e iracundas y los niños, que correteaban a su alrededor, miraban a los mayores en actitud temerosa.
—No puede tratarse de la guerra, señor —declaró Davey— y la Fiesta de Primavera concluyó hace dos días. No sé qué es lo que sucede, pero si queréis puedo enterarme —ofreció a la vez que tiraba de las riendas del cansino caballo.
—Sigue adelante —ordenó el semielfo—. Pero dime, ¿por qué no puede haber estallado una guerra?
—¡Por que ya la hemos ganado! —exclamó Davey perplejo—. Por los dioses, señor, debíais estar muy borrachos si no lo recordáis. El Aureo General y los Dragones del Bien...
—¡Ah, sí! —se apresuró a interrumpirle Tanis.
—Me detendré en el mercado de los pescadores —decidió Davey saltando del pescante—. Ellos lo sabrán.
—Te acompañaremos. —El semielfo hizo señal a los otros para que se apearan.
—¿Qué noticia ha creado este revuelo? —inquirió Davey frente a un grupo de hombres y mujeres que se habían reunido en torno a un puesto rebosante de oloroso pescado.
Algunos de los interpelados dieron media vuelta y empezaron a hablar todos a la vez. Tanis, que se había acercado por detrás del muchacho, sólo logró oír algunas frases de la excitada conversación:
—El Áureo General ha sido capturado... ciudad maldita... los habitantes huyen... los dragones perversos...
Pese a sus esfuerzos, los compañeros no sacaron nada en claro de tan entrecortada cháchara. Los lugareños parecían reticentes a hablar con desconocidos y, en lugar de explicarse mejor, se limitaron a lanzarles miradas de desconfianza, más aún al reparar en su rico atuendo.
Después de agradecer una vez más a Davey la excursión hasta la ciudad, el grupo le dejó junto a sus amigos. Tras una breve discusión resolvieron dirigirse a la plaza central, con la esperanza de averiguar más detalles de lo sucedido. La multitud se intensificaba a medida que avanzaban, hasta tal punto que tuvieron que abrirse camino a empellones en las intransitables calles. Corrían todos de un lado para otro, indagando sobre los últimos rumores y meneando la cabeza presas de la desesperación. Algunos ciudadanos cargadas sus pertenencias al hombro, se alejaban en dirección a las puertas de la urbe, sin duda deseosos de emprender la fuga cuanto antes.
—Deberíamos comprar armas —propuso Caramon preocupado—. Las nuevas no auguran nada bueno. ¿ Quién creéis que es el Aureo General? Mucho respeto inspira a los habitantes de Kalaman cuando su captura provoca tanto dolor e inquietud.
—Probablemente un Caballero de Solamnia —aventuró Tanis—. y tienes razón, debemos comprar armas. —Se llevó la mano al cinto y exclamó—: ¡Maldita sea! Tenía una bolsa llena de curiosas monedas de oro, pero parece haberse esfumado. Como si no nos enfrentásemos ya a bastantes, problemas...
—¡Esperad un momento! —gruñó Caramon palpando también su cinturón—. ¿Qué diablos...? ¡Mi saquillo estaba en su lugar hace un segundo! —Al dar media vuelta el fornido guerrero vislumbró una figura que trataba de confundirse en el gentío, armada con una raída bolsa de cuero—. ¡Eso es mío! —rugió y, apartando a los presentes como si fueran briznas de paja, emprendió la persecución del ladrón. Cuando le dio alcance estiró su descomunal mano para agarrar al escurridizo individuo por su lanuda zamarra y arrancarlo de la calle en volandas—.Devuélveme ahora mismo... ¡Tasslehoff!
—¡Caramon! —exclamó el kender.
El guerrero soltó a su presa sin dar crédito a sus ojos, mientras Tas buscaba a los otros con la mirada.
—¡Tanis! —vociferó al ver que se acercaba entre la muchedumbre—. ¡Oh, Tanis! —Corrió a su encuentro, abrazándole y prorrumpiendo en sollozos con el rostro enterrado en su pecho.
Los habitantes de Kalaman acudieron en masa a los muros de su ciudad, como hicieran sólo unos días antes. Entonces, sin embargo, les embargaba la felicidad. Con ánimo festivo contemplaron el triunfante desfile de los caballeros y los dragones de plata y oro, mientras que ahora guardaban el silencio que sólo inspira el más profundo desaliento. Las miradas confluían en la llanura atentas a los rayos del sol que se elevaban hacia su cénit, próximo ya el mediodía Esperaban. Esperaban que la Dama Oscura apareciera de un momento a otro.
Tanis estaba junto a Flint, apoyada su mano en el hombro del enano. Este último casi se había desplomado al ver a su amigo.
El suyo fue un triste encuentro. En tonos apagados, Flint y Tasslehoff se turnaron para explicar a sus compañeros todo lo ocurrido desde que se separaran en Tarsis unos meses antes. Hablaba uno hasta que la emoción le impedía continuar, y entonces el otro tomaba el hilo de la historia. Así conocieron Tanis y los demás el hallazgo de las Dragonlance, la destrucción del Orbe de los Dragones y la muerte de Sturm.
Cuando Tanis oyó esta triste nueva bajó la cabeza incapaz de contener su dolor, de imaginar el mundo sin tan noble amigo. Flint, aunque también apesadumbrado, se apresuró a narrar la gran victoria del caballero y la paz que había hallado en las tinieblas.
—Ahora es un héroe en Solamnia —dijo—. Se cuentan leyendas sobre él, al igual que hicieran en torno a la figura de Huma. Todos están de acuerdo en que salvó a su estirpe y eso, Tanis, es lo que él habría deseado.
El semielfo, esbozando una sonrisa, asintió en silencio antes de rogarle que prosiguiera.
—Relátame lo que hizo Laurana al llegar a Palanthas —le rogó——. ¿Aún está allí? Si es así, quizá vayamos...
Flint y Tas intercambiaron una penosa mirada. El enano bajó los ojos, mientras el kender desviaba el rostro para secar su pequeña nariz con un pañuelo.
—¿Qué ocurre? —inquirió Tanis en una voz que no reconoció como suya—. Debo saberlo.
Despacio, Flint contó la historia.