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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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—Qué bien —exclamó Mebbekew—. Vayamos hacia una de las puertas mejor vigiladas. Atravesemos el barrio más pobre, donde Gaballufix compra a todos los que están en venta, es decir a todos los que están vivos.

—Cállate —ordenó Issib.

—Déjale hablar —rezongó Nafai—. Así atraerá a todos los hombres de Gaballufix y nos hará matar de inmediato, que es precisamente lo que Mebbekew quiere, porque mientras morimos podrá decir: «¡Mira, Nyef, nos has hecho matar!» Con lo cual morirá feliz.

Mebbekew quiso acercarse a Nafai, pero Elemak lo detuvo.

—Nos callaremos —dijo Elemak.

Nafai los condujo hasta la Calle Mayor, que iba desde Villa de la Puerta hasta Villa del Perro. Aunque abundaban las casas, no era segura a esas horas de la noche y había poca gente. Nafai los condujo hasta el centro del camino, miró a izquierda y derecha y cruzó a la carrera. Aguardó en una zanja seca del otro lado del camino.

Los demás no lo seguían.

No lo seguían.

Han decidido abandonarme ahora, pensó Nafai. Bien, así sea.

Pero aparecieron. No a la carrera, como Nafai, sino caminando. Los tres. Desde luego, pensó Nafai. Habían esperado para sacar a Issib de la silla. Debí haber pensado en eso.

Mientras se aproximaban, Nafai comprendió que Issib no flotaba, sino que los otros dos le ayudaban, cogiéndole los brazos y llevándolo a rastra. Para cualquier observador, Issib parecía un borracho a quien sus amigos llevaban a casa.

Y no caminaban en línea recta, sino que zigzagueaban como si siguieran los ángulos de la calle pero se extraviaran en la oscuridad, o como si el borracho los obligara a desviarse. Al fin cruzaron y se internaron entre los arbustos.

Nafai se les acercó mientras bajaban a Issib y le ayudaban a ajustar los flotadores.

—Eso ha estado muy bien —susurró—. Mil personas pudieron haberos visto y nadie os habría dado importancia.

—Fue idea de Elemak —dijo Issib.

—Tú deberías ser el líder —dijo Nafai.

—No según el Alma Suprema —respondió Elemak.

—La silla de Issib, querrás decir —masculló Mebbekew.

—También fue prudente que tú cruzaras primero, Nyef —señaló Elemak—. Los guardias buscarán a cuatro hombres, uno de ellos flotando. En cambio vieron a tres, uno de ellos borracho.

—¿Adonde vamos ahora? —preguntó Issib. Nafai se encogió de hombros.

—Por aquí, supongo.

Encabezó la marcha, atravesando el terreno desierto que mediaba entre la Calle Mayor y el Embudo.

Se distrajo. No sabía qué hacer a continuación. No se le ocurría nada.

—Alto —dijo. Pensó en seguir adelante con ellos, pero no le convencía. En cambio, le atraía la idea de continuar solo—. Esperad aquí. Entraré solo en la ciudad.

—Pero qué listo —se burló Mebbekew—. Pudimos haber esperado allá con los camellos.

—No. Por favor. Os necesito aquí. Necesito tener la certeza de que al salir por la puerta os encontraré aquí.

—¿Cuánto tardarás? —preguntó Issib.

—No lo sé.

—Bien, ¿qué piensas hacer?

No podía decirles que no tenía la menor idea.

—Elemak no nos dijo cuál era su plan.

—Espléndido —protestó Mebbekew—. Juega a ser el gran hombre.

—Aguardaremos —convino Elemak—. Pero si seguimos aquí cuando salga el sol, estaremos a la vista de todos y nos atraparán. ¿Comprendes?

—Con las primeras luces del alba, si no he regresado, coged la silla de Issib y volved adonde están los camellos.

—De acuerdo —asintió Elemak.

—Si nos viene en gana —añadió Mebbekew.

—Nos vendrá en gana —intervino Elemak—. Y Meb estará aquí con nosotros.

Nafai sabía que Elemak aún lo odiaba, aún lo despreciaba, pero también sabía que Elemak cumpliría con su palabra. Aunque Elemak deseaba su fracaso, le daba una razonable oportunidad de triunfar.

—Gracias —dijo Nafai.

—Consigue el índice —replicó Elemak—. Tú eres el chico del Alma Suprema. Consigue el índice.

Nafai los abandonó y enfiló hacia el Embudo. Al aproximarse, oyó el murmullo de los guardias. Había demasiados. Seis o siete, en vez de los dos habituales. ¿Por qué? Se aplastó contra la pared y se acercó con sigilo para oír lo que decían.

—Yo digo que es Gaballufix —dijo un guardia—. Tal vez mató primero al hijo del Wetchik, para que no pudiera abandonar la ciudad, y luego mató a Roptat y culpó a quien no podía defenderse.

—Parece cosa de Gaballufix —respondió el otro—. Pura bazofia, él y sus hombres.

Roptat había muerto. Nafai sintió un escalofrío de miedo. Después de tantas conspiraciones frustradas, había sucedido. Gaballufix había asesinado. Y había culpado a un hijo de Wetchik.

A mí, comprendió Nafai. Me ha culpado a mí. Soy el único que no salió de la ciudad por una puerta vigilada. Para el ordenador de la ciudad, aún estoy dentro. Gaballufix se percató y aprovechó la oportunidad, hizo matar a Roptat y propagó el rumor de que el hijo menor de Wetchik era el culpable.

Pero las mujeres saben. Las mujeres saben que miente. Él no se da cuenta, pero mañana todas las mujeres de Basílica conocerán la verdad: que cuando daban muerte a Roptat yo estaba en el lago con Luet. Ni siquiera tengo que entrar esta noche. Gaballufix será destruido por su propia estupidez y podremos aguardar riendo frente a las murallas.

Sólo que no le convencía la idea de aguardar fuera. No era el deseo del Alma Suprema. Al Alma Suprema no le interesaba que Gaballufix fuera víctima de sus mentiras. Al Alma Suprema le interesaba el índice, y la caída de Gaballufix no pondría el índice en manos de Padre.

¿Cómo burlo a los guardias?, se preguntó Nafai.

Por toda respuesta, sólo sintió su propio miedo. Sabía que eso no venía del Alma Suprema. Así que esperó. Al cabo de un rato, los guardias dejaron de conversar.

—Demos un paseo por Villa del Perro —sugirió uno.

Cinco de ellos salieron para internarse en la oscuridad de las calles. Si hubieran dado la vuelta para mirar hacia la puerta, habrán visto a Nafai, apoyado contra la muralla a dos metros de la entrada. Pero no miraron hacia atrás.

Era el momento; aún sentía temor, pero ahora también ansiaba actuar, ponerse en movimiento. ¿El Alma Suprema? resultaba difícil de saber, pero tenía que hacer algo. Conteniendo el aliento, Nafai avanzó hacia la luz.

Un guardia sentado en un taburete se apoyaba en la puerta. Dormido, o casi. El otro orinaba contra la pared de enfrente, de espaldas a la entrada. Nafai pasó sigilosamente. Ninguno de los dos cambió de posición hasta que Nafai se alejó de la luz. Luego oyó las voces a sus espaldas. Pero no hablaban de él ni daban la alarma. Así debía de haber sido cuando Luet fue a prevenirnos. El Alma Suprema interfiriendo para permitirle pasar como si fuera invisible. Tal como he pasado yo.

Despuntaba la luna. Había transcurrido buena parte de la noche. La ciudad dormía, excepto Villa de las Muñecas y el Mercado Interior, e incluso allí reinaría cierta calma en esos días de tensión y turbulencia en que los soldados patrullaban las calles. Pero en aquel barrio, bastante protegido, sin vida nocturna, no había nadie merodeando. Nafai no sabía si las calles desiertas eran favorables. Le convenían porque había menos gente para verlo; pero también eran desfavorables porque si alguien lo veía no pasaría inadvertido.

Pero esa noche el Alma Suprema le ayudaba a pasar desapercibido. Se ocultó en las sombras para no tentar al destino y cuando vio un grupo de soldados, se aplastó contra un portal mientras pasaban de largo.

Este debe de ser el límite del poder del Alma Suprema, pensó Nafai. Con Luet, con Padre y conmigo, el Alma Suprema puede comunicar ideas. Y a través de una máquina, la silla de Issib, pero quién sabe cuánto le costó al Alma Suprema. Al llegar directamente a la mente de estas otras personas no puede hacer más que distraerlas, tal como cuando impide que alguien conciba ideas prohibidas. No puede desviar a los soldados, pero puede impedir que vean al sujeto que se oculta en un portal, puede quitarles el afán de investigar, de averiguar qué hace. No puede impedir que los guardias de la puerta cumplan con su deber, pero puede ayudar al guardia adormilado a soñar, para que el ruido de mis pasos forme parte de la trama del sueño y él no mire.

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