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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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Ni siquiera sabía qué era preferible. Si escogía libremente, había escogido libremente matar a un hombre indefenso en la calle. Mejor creer que el Alma Suprema lo había obligado o lo había persuadido mediante un subterfugio. O que había algo en sus genes o en su educación que lo había obligado a cometer ese acto. Mucho mejor era creer que no había otra elección posible, en vez de atormentarse preguntándose si no hubiera bastado con robar la ropa de Gaballufix, sin necesidad de matarlo. Ser responsable de lo que hacía era una carga mayor de la que Nafai deseaba soportar.

Zdorab entró en la bóveda. Nafai lo siguió y se detuvo al ver una gran mesa donde la fortuna que Gaballufix les había robado esa tarde estaba cuidadosamente apilada.

—Como ves, señor, íbamos a terminar la evaluación —dijo Zdorab mientras ambulaba entre los anaqueles—. He mantenido todo muy limpio y organizado. Eres amable al visitarme.

¿Me está retrasando en la bóveda, pensó Nafai, aguardando a que llegue ayuda?

Zdorab salió de los anaqueles del fondo de la habitación. Era un hombre menudo, mucho más bajo que Nafai, y ya le raleaba el cabello, aunque no tenía más de treinta años. Un hombre cómico, en verdad… pero si sospechaba lo que estaba ocurriendo, podía causarle la muerte.

—¿Es esto?—preguntó Zdorab.

Nafai no tenía la menor idea. Había visto muchos índices, pero la mayoría eran pequeños ordenadores autónomos con acceso inalámbrico a una biblioteca importante. Éste no se parecía en nada a los que conocía Nafai. Zdorab sostenía una esfera metálica color bronce, de veinticinco centímetros de diámetro, un poco achatada en los polos.

—Déjame ver —gruñó Nafai.

Zdorab parecía reacio a desprenderse del objeto. Nafai sintió una oleada de pánico. No quiere dármelo porque sabe quién soy.

Zdorab explicó su preocupación.

—Señor, dijiste que siempre debemos mantenerlo muy limpio.

Temía que Gaballufix estuviera sucio debajo de su traje de soldado. A fin de cuentas, parecía borracho perdido y apestaba. Podía tener las manos sucias de cualquier cosa.

—Tienes razón —convino Nafai—. Llévalo tú.

—Como digas, señor.

—Es éste, ¿verdad? —preguntó Nafai.

Tenía que cerciorarse. Sólo esperaba que su actuación de borracho fuera tan convincente como para que las preguntas estúpidas no despertaran sospechas.

—Es el índice Palwashantu, si a eso te refieres. Sólo me preguntaba si es el que buscas. Nunca me lo habías pedido.

Conque Gaballufix ni siquiera lo había sacado de la bóveda. Nunca, ni por un momento, había pensado en darles el índice, por muy hábil que fuera Elemak en sus regateos. Nafai se sintió un poco más tranquilo. No se había perdido ninguna oportunidad. Cualquier negociación hubiera llevado al mismo resultado.

—¿Adonde lo llevamos? —preguntó Zdorab.

Excelente pregunta, pensó Nafai. No puedo decirle que se lo daremos a los hijos de Wetchik, que aguardan en la oscuridad frente al Embudo.

—Tengo que mostrárselo al consejo del clan.

—¿A estas horas de la noche?

—¡Sí, a estas horas de la noche! Los muy mamones me interrumpieron. Estaba de celebración y los imbéciles quisieron ver el índice porque temían que esos asesinos, embusteros y ladrones hijos de Wetchik lo hubieran robado.

Zdorab carraspeó, agachó la cabeza y continuó la marcha, precediendo a Nafai en el pasadizo.

Conque a Zdorab no le gustaba que Gaballufix hablara así de los hijos de Wetchik. Muy interesante. Pero no tan interesante como para que Nafai pensara en confiar sus problemas a Zdorab.

—¡Más despacio, maldito enano! —gruñó Nafai.

—Sí, señor —dijo Zdorab. Aminoró la marcha y Nafai lo siguió dando tumbos.

Llegaron a la puerta, donde el mismo hombre estaba de guardia. El hombre miró inquisitivamente a Zdorab. He aquí el momento, pensó Nafai. Una señal entre ambos.

—Por favor, ábrele la puerta al amo Gaballufix —dijo Zdorab—. Saldremos de nuevo.

La única señal, comprendió Nafai, era que el guardián preguntaba si el hombre con traje holográfico era Gaballufix, y Zdorab respondía asegurándole que aquel patán borracho que había dentro del traje era el mismo que había entrado antes.

—¿Vas de juerga, señor? —preguntó el guardia. ;

—Parece que el consejo decidió imponer su autoridad esta noche —respondió Zdorab.

—¿Quieres escolta? —preguntó el guardia—. Sólo tenemos una veintena de hombres a mano, pero podemos llamar a algunos de Villa del Perro, si los necesitas.

—No —barbotó Nafai.

—Sólo pensé… El consejo tal vez necesite un recordatorio, como la última vez.

—¡Recordarán! —gruñó Nafai, preguntándose a qué se refería.

Zdorab precedió la marcha. Nafai salió a trompicones. La puerta se cerró detrás.

Mientras recorrían las desiertas calles de Basílica, Nafai comenzó a comprender lo que acababa de conseguir. Después de todos los fracasos de ese día, acababa de salir de casa de Gaballufix con el índice. O al menos con un hombre que llevaba el índice.

—El aire es muy estimulante, ¿verdad? —comentó Zdorab.

—Mm —gruñó Nafai.

—Es decir… pareces más despejado.

Nafai comprendió que se había olvidado de seguir en su papel de borracho. Pero era demasiado tarde para reiniciarlo. Sería estúpido tropezar cuando Zdorab acababa de comentar que parecía menos ebrio. Así que Nafai se detuvo, encaró a Zdorab y lo miró severamente. Claro que Zdorab no podía verle la expresión. No, el hombre tendría que imaginarla.

Al parecer Zdorab tenía una excelente imaginación. De inmediato se intimidó.

—Claro que tu cabeza estaba despejada antes. Es decir, tu cabeza está siempre despejada, señor. Y esta noche tienes una reunión con el consejo del clan, así que eso es bueno, ¿verdad?

Maravilloso, pensó Nafai.

—¿Dónde se reunirá esta noche? —preguntó Zdorab. Nafai no tenía la menor idea. Sólo sabía que tenía que reunirse con sus hermanos frente al Embudo.

—¿Dónde crees? —gruñó—.

—Bien, es decir, es sólo… me pareció que te dirigías hacia el Embudo, y… claro, podrían celebrar una reunión en Villa del Perro, sólo que no es habitual… aunque por supuesto yo nunca voy. Bien podrían reunirse en un sitio diferente cada noche, sólo que una vez oí mencionar una reunión del consejo en casa de tu madre, cerca de Puerta Trasera, pero eso fue sólo… pudo haber sido sólo por esa vez.

Nafai siguió caminando, dejando que Zdorab se enredara cada vez más en su temor.

—¡Oh, no! —exclamo Zdorab.

Nafai se detuvo. Si cojo el índice y echo a correr hacia la puerta, ¿podré llegar antes de que él dé la voz de alarma?

—Dejé la bóveda abierta —dijo Zdorab—. Estaba tan preocupado por el índice… Perdóname, señor. Sé que la puerta sólo debe estar abierta cuando yo estoy allí, y yo… cielos, acabo de recordar que también la dejé abierta antes, cuando salí a recibirte. ¿Qué me sucede? Comprenderé que me despidas después de esto, señor. Nunca he descuidado la puerta de la bóveda. ¿Quieres que regrese a cerrarla? Con todos esos tesoros… nunca se sabe si algún sirviente… Señor, puedo regresar a la casa y volver aquí en pocos minutos, tengo los pies muy ágiles, te lo aseguro.

Era la oportunidad perfecta para librarse de Zdorab: coger el índice, dejar que el hombre se fuera y salir del Embudo antes de que pudiera regresar. ¿Pero y si era una treta? ¿Y si Zdorab intentaba deshacerse de él para advertir a los soldados de Gaballufix que un impostor con traje holográfico huía con el índice? No podía permitir que Zdorab se fuera hasta que hubiera cruzado la puerta.

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